El país de las palancas

7 de septiembre del 2011

Con las elecciones cerca el espíritu ”lagartero” de los colombianos sale a flote, es el tiempo en el que se apoyan candidatos con la esperanza de tener un trabajo y es el momento preciso en el que esos candidatos aprovechan las necesidades de los desempleados para lograr la deseada curul. Favor con favor se paga, […]

Con las elecciones cerca el espíritu ”lagartero” de los colombianos sale a flote, es el tiempo en el que se apoyan candidatos con la esperanza de tener un trabajo y es el momento preciso en el que esos candidatos aprovechan las necesidades de los desempleados para lograr la deseada curul. Favor con favor se paga, parece ser un principio en la política colombiana.

Hace poco estuve en la reunión de un candidato que aspira a su tercer período en el concejo de la ciudad. La reunión fue en la casa de un amigo así que fue él quien tuvo que comprar las 40 empanadas para los aproximadamente 20 invitados que asistieron. Todo de su bolsillo, todo por colaborarle al concejal liberal. Gran creyente en sus propuestas e ideas, pensé equivocadamente. Mi amigo ni siquiera va a votar por él, sólo necesitaba congraciarse con alguien que seguramente será elegido.

Así como él, son miles las personas que quieren ser recordados por un político que en el futuro les pueda ayudar: un estudiante que busca su primer empleo, una madre que quiere un subsidio de vivienda o un constructor que desea la adjudicación de un contrato. Todos buscan algo, todos quieren una palanca.

Es ese comportamiento, el de querer ser preferido u obtener un beneficio sin merecerlo, el que causa corrupción. ¿Por qué se le debe dar el contrato de una obra al amigo o a quien invirtió en la campaña? ¿Por qué dar subsidios a las líderes que consiguieron votos si existen otras mujeres con mayor necesidad? ¿Por qué darle el puesto al recomendado y no a quien está más capacitado?

Los servidores públicos están en sus cargos para cumplir con sus funciones y no para hacer favores. Orgulloso el concejal contaba que en la administración municipal tenía más de 1500 personas trabajando gracias a él, recomendados que obtuvieron su trabajo por palanca. Tal vez para él era algo bueno, para mí no fue más que otro ejemplo de la manera errónea de hacer política.

El tráfico de influencias no debería existir, no se debería votar pensando en la contraprestación que se pudiera recibir sino en lo que el candidato podría hacer para el bien común en caso de ganar, las ideas deberían ser más importantes que las promesas y los méritos lo único a tener en cuenta.

Un voto no solo se vende al recibir dinero, mercados o cemento. El voto de cada persona debería ser libre de favores y responsable. En el país de las palancas pensar así puede parecer utópico, pero definitivamente sería lo mejor.

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