Un piropo nunca dura un instante

19 de junio del 2013

Hoy decidí dejar de tomar café por un tiempo, me di cuenta de que la rutina nos hace dependientes de cosas que no necesitamos.

Paso por la puerta de su casa todos los días, vive frente al mejor café de la ciudad. Siempre parado en la entrada, a la misma hora, con la misma mueca en su rostro. Es alto, fornido, con el pelo oscuro contrastando sus ojos miel, casi transparentes. El color no importa, la mirada es lo que se me ha fijado en la mente. Me sigue desde que cruzo la calle en la esquina contraria. Me persigue, me amenaza. Sus ojos son flechas que sin tocarme me cuentan algo nuevo paso a paso. Siempre con esa mueca, una especie de sonrisa nostálgica que deja asomar una cicatriz en su labio. Cuanto más me acerco más grande se vuelve. Parece un chico malo y me gusta.

Cuando cada día llego a la altura del banco que está justo al lado de su casa, él abre la boca y su cicatriz se convierte en misil. En el trayecto desde la esquina hacia el café me gusta imaginar que esa marca es la herida de una guerra en la que peleó para defender una causa noble. Pero indefectiblemente, cada día y poco a poco, esa cicatriz se convierte en el envase de una máquina perversa que sin pedir permiso emite sonidos innecesarios.

– Buenos días, qué linda estás. Tengo una cama de dos plazas esperando. ¿Hoy entras o no?

Cada día, a la misma hora, durante los últimos 4 meses, Pedro vocifera un cuento nuevo. A veces sube de tono, otras veces es tierno. Pero no se cansa. Religiosamente, cuando paso a la altura del banco presenta su descargo del día y yo, como esperándolo, sigo pasando por la puerta, de lunes a viernes.

Ayer Pedro no estaba. Lo busqué con la mirada desde la esquina contraria pero la entrada estaba vacía. Volví a pasar en la tarde y tampoco lo vi. Soñé con sus ojos. Hoy lo esperé un rato en el banco y tampoco apareció.

Me pregunto qué le habrá pasado. Creo que lo extraño, esa frase innecesaria que día tras día invadía mi espacio y después me dejaba ir. Esa fantasía alimentada periódicamente por su mirada y que nunca se hacía realidad.

Hoy decidí dejar de tomar café por un tiempo, me di cuenta de que la rutina nos hace dependientes de cosas que no necesitamos. En cuanto a Pedro, me pregunto si alguna vez habrá existido. ¿Qué creen?

Café mascotas, Kienyke

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO