El pueblo Wayuu nos necesita

6 de mayo del 2015

La tragedia que vive el pueblo Wayuu en la Guajira es tan cruel que por más que las busque, las palabras de mi idioma no logran abarcar todo mi dolor. Quisiera tener un argumento lo suficientemente poderoso para que el país dejara de una vez por todas su indiferencia y reaccionara ante lo que yo […]

La tragedia que vive el pueblo Wayuu en la Guajira es tan cruel que por más que las busque, las palabras de mi idioma no logran abarcar todo mi dolor. Quisiera tener un argumento lo suficientemente poderoso para que el país dejara de una vez por todas su indiferencia y reaccionara ante lo que yo no dudaría en llamar un etnocidio. Es increíble, pero esta comunidad sobrevivió a la conquista y colonización españolas y en pleno siglo XXI está a punto de sucumbir ante nuestra colombiana omisión o negligencia. Escribo esto porque tengo el corazón descarnado desde que el 18 de abril la periodista Claudia Morales publicara en El Espectador una nota que nuevamente trae a la luz pública un tema que lleva años pidiendo soluciones.

Siempre he sabido que como seres humanos podemos ser muy duros e indiferentes ante el dolor ajeno, máxime si éste ocurre lejos de nuestros intereses directos, pero eso no significa que no me afecte. No sé qué me aporreó más: si saber de la muerte de miles de niños y viejos wayuu por físico hambre, o si leer algunos comentarios que recibí en mi Twitter. Efectivamente, ante mi llamado público a la acción me respondieron cosas de la siguiente factura: “Al pueblo wayuu lo está exterminando su propia manera de pensar”, “Ellos merecen lo que les sucede: permanecen todo el tiempo ebrios”, “No se dejan ayudar, ponen muchas trabas “. Fuerte, pero nada como estas últimas dos afirmaciones: “Mar, la verdad [creo que] para el progreso del poder de la mujer en la sociedad esas dizque culturas deberían desaparecer, ¿no conoces el machismo que reina ahí?”, o esta otra: “En esa comunidad debe alimentarse el hombre antes que cualquier infante, mujer o anciano”.

La verdad no puedo evitar sentir compasión por estas personas, quiero pensar que dicen todas esas cosas por ignorancia y no por falta de alma; es para mí más fácil creer que no leen y que desconocen quiénes son los Wayuu y su gran valor como cultura y patrimonio ancestral. Sería insoportable reconocer en ellos cuerpos sin alma, muñecos fríos sin ningún deber ser o, peor aún, humanos realmente despiadados sin ningún sentido de valor por la vida, sin la capacidad de entender la injusticia social.
No, me niego a creer eso, mejor insistiré en pensar que quienes son indiferentes ante los Wayuu o, incluso, quieren su extinción, simplemente desconocen que este pueblo Arawak está en esta tierra desde el año 150 ac, que son nuestros ‘hermanos mayores’ y que por sólo ese hecho les debemos gratitud.

Como sea, los colombianos no podemos decir que no sabíamos lo que está pasando con los Wayuu: recordemos la carta que hizo una líder de la comunidad al propio presidente Santos en el año 2012 denunciando sus problemas y pidiendo respuestas concretas. Si quisiéramos recordar todas las veces que este pueblo ha pedido auxilio sin obtener respuesta solo encontraríamos la vergüenza de reconocernos como ciudadanía dura de corazón donde reina de la indiferencia.

Y, dedo admitirlo, mi propio regaño también cae sobre mí: ¿con qué autoridad me pongo a dar cátedra cuando yo misma llevo mucho rato posponiendo mi llamado a la acción para proteger a mis hermanos mayores, los Wayuu? La primera vez que tuve la intención de pronunciarme y llamar al despertar de la conciencia colectiva fue en 2012, cuando la famosa carta (¿La recuerdan? por si no, en esta dirección web la puede encontrar: http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/carta-de-una-escritora-wayuu-santos-articulo-338238).

La carta es muy clara: el pueblo Wayuu está muriéndose porque le robaron su fuente de vida, el río Ranchería. No son sus tradiciones machistas y patriarcales las que están asesinando miles de niños y personas de hambre, si no el Estado que les arrebato su sustento. Cuando la leí se me arrugo el corazón y quise hacer alguna cosa, pero una causa y otra me fueron absorbiendo y no hice nada. Terminé dejando pasar el tema. Han pasado tres años desde entonces y la realidad de los wayuu no mejora en nada.
Tengo absoluta conciencia de que salir a las calles a gritar no garantiza cambios estructurales, pero aún así defiendo esa acción porque construye una nueva conciencia social. Precisamente hace poco hablé con una mujer wayuu que ya no vive en el país y me dijo: “¿qué crees que va cambiar una protesta? Al Gobierno no le importa mi pueblo, por eso yo sólo quiero reunir dinero para mandarlo”. No tuve nada que replicarle. ¿Cómo le decía algo? ¿Qué se replica ante décadas de olvido?

Aunque me sienta culpable por mi silencio anterior y tenga impotencia, rabia y desaliento, sé que si no sacudimos las conciencias, que si no levantamos la voz dejándole claro al Estado que no seremos cómplices de su etnocidio, no podré ver a los ojos a mi hija y decirle que el derecho a la vida digna existe y que no es negociable. Ojalá pudiera convencerles de que como ciudadanía debemos hacer una manifestación nacional que deje escrito en piedra que exigimos respuestas concretas, inmediatas y eficientes.

Que el Estado responda por lo que suceda con los Wayuu, porque permitió que le quitaran la fuente de vida a este pueblo de pastores, granjeros e, incluso, pescadores que sin agua no son auto sostenibles. No hay limosna que alcance para salvarles la vida mientras no les devuelvan el río. ¡Que el Estado no pretenda convencernos de que la caridad es lo mismo que solidaridad y justicia social! ¡Catorce mil niños y niñas Wayuu están falleciendo por desnutrición antes de llegar a los tres años!
El abandono del Estado al pueblo Wayuu es una muestra de que la paz va mucho más allá de una simple firma entre actores de un conflicto; la paz significa solidaridad, justicia social, pero por sobre todas las cosas, la paz jamás es silencio cómplice.

¡Tengo claro que las masacres no sólo se perpetran con balas! Llamo a todas las personas que tengan poder en su voz: ¡vamos a las calles a dejar claro que como ciudadanía no seremos cómplices de este etnocidio! Esta es la convocatoria: https://www.facebook.com/groups/337459236444004/
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