El rating de mi muerto

4 de junio del 2012

Todos tenemos un muerto en Medellín.

Una canción que todavía no se ha compuesto dirá que todos tenemos un muerto en Medellín. En la segunda o tercera estrofa aclarará que la diferencia es que unos lo llevamos en el pecho y otros lo cargan en la espalda.

Tendrá un estribillo pegajoso que pondrá la piel de gallina, nos hará tomar aguardiente y llegaremos a abrazar en medio de la borrachera a los parceros y a los mancitos de la mesa del lado.

Sonará en los bares, en las rumbas de garaje, en los sancochos callejeros y, sobre todo, en los taxis y buses en los que se subirá el volumen cada vez que la pasen. Será un himno al orgullo paisa, al dolor paisa, al velorio paisa, a la novena paisa, a la venganza paisa, a la violencia paisa.

Sí, todos tenemos un muerto en Medellín. Especialmente los que nacimos allí y muy especialmente los que ya no estamos allí.

Volvió Pablo Escobar, cuando ya los años nos habían ayudado a enterrar un poco esos viejos tiempos en los que en la mañana nos despertaba nuestra madre o la vecina para contarnos que a fulano lo habían muñequeado o lo habían puesto a mirar pa’entro o a cargar tierrita.

No siempre el fulano ése era tan fulano. Nada de raro había en que el muerto de la noche anterior fuera un amigo, un hermano, el alcalde, el ministro o el gobernador.

Mientras mi Medellín limpiaba sangre, yo, en mi impotente silencio aprendí que, ante un crimen, además del asesino y la víctima hay dos grupos de personas: quienes se acercan a mirar (y hasta a tocar) el muerto y quienes huyen de la escena.

Sí, todos tenemos un muerto en Medellín por cuenta de esos malditos tiempos. Y yo también tengo el mío. Era mi mejor amigo. Me salvé de que nos muñequearan y nos enterraran a los dos juntos porque esa noche inexplicablemente no me dio la gana de ir a tomar cerveza con él al bar al que asistíamos los chicos de bien de Medallo. Llegaron los que llegaron, ordenaron apagar la música y, aunque no lo he preguntado, entiendo que le dispararon por la espalda al lado de los otros amigos que tambiém pensaron que esa noche no pasaría nada.

A las pocas horas lo enterramos pero yo todavía no entierro su recuerdo, ni el vuelo en cometa que finalmente no hicimos ni los ataques de pánico que soporto desde entonces, ni las palabras que no alcancé a decirle. Ese muerto lo tengo en el pecho, no necesariamente por cuenta de Pablo pero sí por obra de esos capítulos que ahora disparan el rating de un canal de televisión que por suerte no se sintoniza en estas latitudes.

Pero no es ésta una protesta contra la gran producción que ahora está en las pantallas. Al contrario. Sostengo que las historias deben contarse, superarse y hasta cantarse.

Pero no estoy tan seguro de que deban celebrarse. Por ello, prefiero que éste sea el testimonio silencioso de esa minoría que definitivamente no encendería el televisor.

Al fin y al cabo, yo soy de aquellos que no se arrimaban a ver el muerto. Y seguro que así me quedaré.

Tel Aviv, Israel, Junio de 2012

@azurychamah

azurychamah@gmail.com

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