El robo del rayo

12 de abril del 2011

Los ladrones de las 45 obras del maestro Omar Rayo (1928-2010) aprendieron bien la lección: no les pasó lo mismo que a su dios, quien se atrevió a robarle a Zeus su bien más preciado. Hermes, el famoso dios de los ladrones y el comercio, logró arrebatarle la espada a Ares, el ceñidor a Afrodita, el tridente a Artemisa e incluso el cetro a Zeus, pero cuando intentó robarle su rayo le temió a la violencia de las llamas. Lastimosamente quienes se llevaron estas obras de 60 seleccionadas, que iban a ser trasladadas al Museo Rayo en Roldanillo (Valle del cauca), no se quemaron con el fuego y tuvieron tiempo aparente y suficiente —desde el 15 de enero hasta el fin de semana del 9 de abril— para sacar una a una las piezas de acrílico sobre lienzo de gran formato del taller ubicado en el centro de Bogotá. Este asalto, que no dejó ninguna chapa forzada, ni un túnel ni un vidrio roto, me recuerda una historia sobre el maestro una semana antes de su muerte.

Una viajera, que en la última semana de mayo de 2010 fue al pueblo para compartir un proyecto educativo con los niños de un colegio, se hospedó en La Posada, un hotel que queda por la calle 8 justo al frente del Museo Rayo. Esa tarde estaba haciendo un calor impresionante, ella llegó de una jornada intensa de enseñanza a meter los pies en agua y pensando en estrellarse contra la almohada hasta el otro día; sin embargo, miró al otro lado de la acera y se encontró con un edificio amarillo que le hacía homenaje a la geometría y al relieve. Caminó hasta allá y se dio cuenta que estaba cerrado.

Exposición “Tizón, fósil del fuego- Pinturas conmemorando el XXIX aniversario de la Fundación del Museo Rayo”

Al otro día, en el mismo estado, se acercó y entró al museo. Además de encontrarse con la atención amable del  vendedor de la tienda y con las obras de la exposición “Tizón, fósil del fuego” —que congregaba nuevamente el interés de Rayo en el sincretismo del arte latinoamericano, el intanglio o especie de grabado, y la imposición de las fuerzas contrarias del negro, blanco y rojo—, vio detrás del despacho a un hombre de edad, con una calva reluciente, unos mechones grisáceos y un bigote blanco. El maestro estaba atendiendo su hogar de forma activa, al parecer el calor no lo acongojaba sino que al contrario lo mantenía con el aura activa.

La viajera habló con Rayo, no por mucho tiempo pero si el suficiente para entender tres cosas importantes: las intenciones del maestro en exponer la semana siguiente en el Japón, la importancia de la exposición ‘Ojos’ de su amigo, el pintor guatemalteco Rodolfo Abularach, quien desde mayo de ese año tenía sus obras en exhibición, y el entendimiento de la exposición que conmemoraba los 29 años del museo —la esencialidad en el manejo de la profundidad (tercera dimensión), la fuerza, el color (tonos primarios) y las figuras geométricas sencillas que dan volumen—. Feliz, ella se tomó una foto, se despidió del maestro y le dijo que tenía que volver a Bogotá pero que la otra semana volvería a visitar el museo y a saludarlo.

Lo que no se imaginó nunca la viajera es que en esos días de haber llegado de Roldanillo iba a perder parte de las fotos que había tomado, incluyendo en la que ella aparecía con el maestro —una tristeza muy personal—, e iba a escuchar en las noticias que Omar Rayo, el mismo que desde 1947 había empezado su carrera como dibujante e ilustrador; el esposo desde 1964 de la poetisa neoyorquina con descendencia catalana y rumana, Águeda Pizarro; el amante de las culturas indígenas y el lenguaje de la geometría; el bebedor de la fuente de los ancestros, de la ilusión para crear formas de color contemporáneas; el aliado de la luz, la sombra y los juego ópticos; el también grabador y escultor, había sido sorprendido por un infarto al corazón, la materialización carnal del rojo: protagonista ancestral y hermano mayor del espectro. Rayo siempre dijo que «el color que usa un artista es una enfermedad y que la adquiere sobre todo cuando nace en el trópico, como una endemia, como una enfermedad cromosomática (con las dos connotaciones)» y que éste, el rojo, hace que los demás colores sean los fantasmas hermosos y soñados.

La iglesia de Roldanillo tiene una de las obras del maestro Rayo en una de sus paredes.

Una pena. El regreso de la viajera al pueblo ya no incluiría solamente la finalización de los talleres con los niños, a quienes ella les quería mostrar formas productivas para escapar de las garras de la violencia, sino una visita al maestro, pero en su tumba. La tarde del miércoles 9 de julio hubo una gran misa en la catedral, se hizo una procesión alrededor del parque y luego el féretro fue llevado a donde Rayo le dijo a su hermano menor Vicente que quería permanecer la eternidad como guardián: a la entrada, a la derecha del museo. Después del entierro, debajo de un cielo opaco, la tumba fue rodeada de infinidad de flores y adornos de todos los colores.

Nueves meses exactos después de la partida de Rayo, desde ese entonces el vigilante celestial de sus obras, el Ministerio de Cultura, el DAS y la Interpol tratan de encontrar por tierra, mar y aire las obras que miden entre 16×16 cm. y 1×1 m., las mismas piezas artísticas gigantes de la colección personal que más que un valor comercial tienen uno sentimental. Esta vez la reencarnación de Hermes o tal vez muchos clones de éste lograron arrebatar el rayo de las manos de su dueño.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO