El sexo no es pecado, la gula sí.

19 de agosto del 2011

-Tantos niños en África aguantando hambre y usted dejando la comida servida. ¡Eso es pecado! Dios me ha castigado y todo es culpa de mi madre. Fue ella quien me enseñó a ser así, la que me llenó de terror y cada vez que voy a dejar perder la comida pienso en los niños de […]

-Tantos niños en África aguantando hambre y usted dejando la comida servida. ¡Eso es pecado!

Dios me ha castigado y todo es culpa de mi madre. Fue ella quien me enseñó a ser así, la que me llenó de terror y cada vez que voy a dejar perder la comida pienso en los niños de ese continente, que ahora vuelven a estar presentes en los titulares de letra de molde a partir de sus desgracias.

El castigo divino viene, como todo lo que está enmarcado dentro lo religioso, con una inmensa culpa y una autoflagelación mental por andar de ociosa; un malestar por comer algo que de verdad no necesitaba, por hacerle caso a mi mamá y no dejar la comida servida, cuando hay tanta gente pasando hambre. (Freud se deleitaría conmigo).

Y como existen miles de frases y clichés que justifican lo que insensatez promueve, el umbral es difuso, porque entre lo bueno y lo malo, la diferencia es la sazón. Comer por comer nunca fue bien visto, pero cuando uno piensa en esos niños parece que los valores cambian, como si fuera a alimentarlos a través de mi sistema digestivo; paradójica manera de equilibrar fuerzas, seguramente Donald Trump no deja perder un negocio pensando en aquellos que no pueden hacer ni uno.

Es así como las diferentes perspectivas me torturan. No es mal visto el egoísmo de acabarse las cosas porque están generosamente dispuestas para ser consumidas mientras “los niños esos” siguen igual; eso si no está mal, según mi mamá, no importa lo maluco, lo excesivo. Al parecer para ella la gula no es pecado y allí hay algo que no me cuadra, porque cuando yo estaba en el colegio de monjas me enseñaron que sí y un grupo de mujeres célibes dedicadas a pensar en lo que es pecado o no, deben saber más cosas de ese tipo que la señora que me trajo a este mundo, con un interés sobre la cuota de arriendo por esos nueve meses de gestación más alta que el de un paga diario, dejándome ese y otros traumas.

La noche cae entre coqueteos que uno no alcanza a distinguir, las ofertas para una extensión privada de la fiesta se hacen más evidentes cuando la madrugada amenaza y aquellos que no tenemos la garantía de una nevera llena en casa, tenemos que salir a comer a la calle. Lo malo es que uno se vuelve más exquisito, ya que aunque ahora este vacía hasta la alacena las cosas no siempre han sido así.

Llevamos, más o menos, desde la adolescencia aprendiendo a cocinar al mejor estilo que nuestro paladar lo exige, por lo que las expectativas se mantienen, y volviendo a la lógica maternal, no todo lo que le ofrecen está como para comerse y pueda que uno no tenga hambre, pero en esa ley de la compensación, previamente explicada, el ocioso cae en las redes de la promoción de la oferta limitada, de ese comunismo sexual, donde lo que ves es lo que hay, lo que se cosume. Entonces la disyuntiva mental cuestiona la integridad gastronómica:

-Tanta gente que no tiene sexo y usted dejando ese miembro servido.

Pero de la misma manera que mi estómago me pasaba la peor cuenta de cobro cuando le hacía caso a mi mamá, que con seguridad me quería ver bien alimentada, la indigestión por una encamada de gula es algo que ni mil bebidas efervescentes con bicarbonato puede quitar: es una autoviolación, porque al final uno no tenía ganas y como “el diablo”, el otro le sale el catre menos alineado, menos sincronizado con sus intereses, así el ciclo de autoflagelación comienza en el momento en el que hay que huir, inventar excusas pues el otro no se ha dado cuenta de que a uno la comida no le gustó, y peor, que no es culpa y que ni es su culpa, sino de la gula por andar de ambisiosos, de comer por comer.

Moraleja vergonzante bajo las sábanas ajenas: la gula sí es un pecado.

-Pues mamá: juntemos plata y le mandamos estos fríjoles a esos niños, porque lo que es conmigo no vuelve a pasar, te juro que así se mueran de hambre los demás en este planeta, eso no me lo voy a comer. Y pues ya que andamos tan espirituales en esta casa, la comida de anoche todavía alimenta mi culpa, estoy segura que si el cielo existe, esa sopa insípida se atravesará entre mis deseos de entrar a ese club celestial y el sistema de control que lleva San pedro, así que de todos modos nos vemos en el infierno por ese u otros pecados.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO