El tonto más tonto del mundo

23 de septiembre del 2019

Por: Camilo Villegas.

El tonto más tonto del mundo

La primera vez en la vida que realmente pensé que yo era un tonto me atacó en el colegio, porque los chicos listos me observaban de manera extraña. Tenía que llevar a cabo unos esfuerzos heroicos para ocultar mi estupidez, así que me pasaba la vida observándolos para imitar su comportamiento y no me quedaba tiempo para dedicarme al estudio. Suspendía todo, lo que me volvía más tonto. Mi familia, a primera vista, no parecía tonta, por lo que deduje enseguida que era adoptado, un adoptado idiota, obvio, hasta que tropecé en la televisión con un programa de tontos y me reconocí en el protagonista porque parecía una copia de mí o yo de él.

Mis padres, que estaban a mi lado, no se dieron cuenta de nada. Papá, que es un hombre muy listo, dijo que menos mal que el hombre había logrado escapar de aquella condición.

-¿Por qué? -pregunté yo.

-Porque los tontos -dijo él- carecían de capacidad simbólica.

No me atreví a preguntarle en qué consistía la capacidad simbólica, pero consulté una enciclopedia antigua que había en casa y aprendí lo que era un símbolo. Banderas, partidos políticos, selecciones de fútbol, banqueros, por ejemplo. A mí me parecían unos símbolos estúpidos, pero fingí interesarme por ellos para hacerme pasar por listo. Estábamos rodeados de símbolos. El anillo de oro de mi tía, por poner otro ejemplo, también era un símbolo (de estatus).

Averigüé asimismo que los tontos y los listos habían intercambiado todo tipo de materiales, incluido el genético. Al principio, los listos daban a los tontos collares de vidrio a cambio de comida porque a los listos les gustaba la gastronomía mientras que a los tontos les fascinaba el resplandor. Al carecer de capacidad simbólica, ignoraban el significado de ese resplandor, pero se quedaban encandilados con él. El caso es que de tanto intercambiar objetos, y como el roce hace el cariño, los tontos y los listos empezaron a meterse en la cama juntos. Los listos, que eran muy inteligentes, lo hacían por vicio, mientras que los tontos, más ingenuos, se acostaban por amor. Y ahí es donde comenzó el intercambio genético.

En mi condición de tonto pasé una adolescencia muy dura, pues no quería a las chicas por su dinero (la ausencia de capacidad simbólica me impedía apreciar el valor de los billetes), sino por su resplandor. Pero a ellas les gustaban los chicos con capacidad simbólica, es decir, que conocieran el significado de poseer un Mercedes Benz. No había manera, en fin, de intercambiar material genético con ninguna. Aceptaban que las invitara a merendar, pero cuando les ofrecía una porción de semen salían corriendo.

Fue duro, todavía lo es. Continúo fingiendo que entiendo a los listos, que poseo sus habilidades simbólicas, pero la verdad es que sufro como un perro porque el listo ha llevado sus capacidades intelectuales hasta extremos difíciles de imitar. Así que mientras hago la fila en el banco para pagar la cuota de administración del conjunto en el que vivo, también pienso en Luis Carlos Sarmiento Angulo, un tipo muy listo que me hace sentir como el tonto más tonto del mundo.

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