El TransMALgenio vivido

18 de febrero del 2015

Caro, carísimo para lo que toca. Y a todas estas… ¿el K-23 para en Fucha?

Eduardo Posada Carbó escribió un libro sobre la construcción de la nación. Me apropiaré del título para escribir esta bloGumna -denominación del trabajo del bloguero que se distingue del columnista por la informal foto y por sus escasos lectores-.

Transmilenio soñado.

Uso ese medio de transporte. Entiendo la palabra masivo cuando trato de ingresar a la estación, montarme en el bus, acomodarme, bajarme del bus, largarme de la estación. Rememoro, con esa trivial felicidad colombiana, la trasformación de la Caracas pastranista, llena de carteristas y chuzos y la apresurada inauguración peñalosista del sistema en diciembre de 2000.

El tiempo, ¡15 añitos!, señala la tristeza que corrobora lo que significa en el país la palabra esperanza. Esperábamos que la obra fuera ejemplo un salto del subdesarrollo citadino, que creara una cultura basada en el respeto, la tolerancia, el “amor” por Bogotá. Pero, al igual que lo acontecido con los Moreno y su delincuenciales compinches, o en este momento con la contratación y caída del puente peatonal de la 11°, la historia de Trasmilenio es la de la perpetua decadencia institucional.

Narrarlo es repetir el dolor que padecemos y que muestra este Estadito.

Ver pasar buses vacíos, saber que el que llegará estará atestado hasta las tetas (las del bus o las de las sujetas pasivas de contravenciones que no significan nada para cacos o pervertidos, quienes, como las elites imitadas, se cagan de la risa). Gente corriendo como alma que lleva el diablo y usuarios esquivando a los patanes que corren. Puertas en mal estado, burladas por vivos que nos dejan como idiotas cumplidores. Tarjetas de colores con intereses contractuales de pillos e incapacidades gubernamentales petristas. Pisos hundidos y basura. En el bus, en medio de movilizaciones que envidiarían políticos, apretaditos (delicia para rentable cosquilleo y morboso manoseo). Sentarse es milagro (que vuelve insensible: nadie me para). Las charlas versan sobre oficina, noviazgos o rumba. Mentirosos hacen su habitual demostración, estoy en la 72, voy llegando. La mayoría chatea o mira su Facebook. Generalmente tienen pegados audífonos. Evadiendo la realidad al usar las obras de nuestros gobernantes a los que recordamos sus mamitas y reelegimos en la próxima, con P. Algunos viajeros, muy pocos, leyendo: ADN, Publimetro, algún libro, o fotocopias para la de 7. Como siempre las azules agotadas (aunque los carteles engañan: XX sentados, XX de pie, capacidad: XX -sin cumplir la sentencia del Consejo de Estado, Consejera María Claudia Rojas, Exp. 25000231500020020168501, 2011 y nosotros sin instaurar acción de cumplimiento-).

El funcionamiento del bus es otra historia.

Los letreros que avisan de las paradas no funcionan. Vendedores, cantantes, mendigos comparten el bus. El fuelle marca la diferencia. Amenazando desde que toman la palabra con el buenos días, tardes, noches. Viene el discurso recordándonos que no es político, que nos salvamos del atraco, que debemos agradecerles y darles. Afuera la venta ambulante hace su agosto (pa´ la poli capitalina dizque bajó, seguro se montaron con el alcalde en el bus de la fantasía). Los choferes esquivando huecos en las destruidas troncales, trochas de municipio perdido y plato fuerte de la corrupción, afuera obreros con el letrero: “en mantenimiento”. Lo de la hora normal y valle es galimatías parecido a la rota cabeza del Distrito:

tarifas_2014

Caro, carísimo para lo que toca. Y a todas estas… ¿el K-23 para en Fucha?

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