El vendedor de pandequeso (cuento navideño)

19 de diciembre del 2012

Sé muy poco del protagonista de este cuento, tan poco que por no saber desconozco hasta su nombre. Lo he visto parado desde hace meses en una esquina concurrida de la plaza de su pueblo con una caja llena de rosquillas de pandequeso que tiene a la venta cubiertas con un plástico transparente para exhibir […]

Sé muy poco del protagonista de este cuento, tan poco que por no saber desconozco hasta su nombre. Lo he visto parado desde hace meses en una esquina concurrida de la plaza de su pueblo con una caja llena de rosquillas de pandequeso que tiene a la venta cubiertas con un plástico transparente para exhibir la mercancía. Su figura ha llegado a ser tan familiar que es casi invisible, como la puerta del establecimiento ante la que se planta a diario, como la ferretería cercana o como la farola que está allí a su lado. Me despierta simpatía ese empeño suyo en sacar adelante aquel negocio y con él a su familia, sobre todo porque casi nunca he visto a nadie que se le acerque a comprar algo. Tendrá clientela  -supongo- si permanece allí, pero en estos días un acontecimiento extraordinario en la vida de aquel personaje anónimo hizo que me llamase la atención más que otras veces. Hablaba con una niña de unos doce años que vestía uniforme escolar, iba cargada de mochila a la espalda y exhibía un diploma en sus manos mientras el hombre de las rosquillas  miraba complacido el falso pergamino de cartón que le mostraba la niña. Yo diría que era su hija, presumiblemente premiada en alguna modesta ceremonia académica aquel mismo día.

La escena me recordó el pasaje de un libro leído hace ya años, Viaje al fondo de la noche de Louis Ferdinand Céline. Viaje al fondo… es una novela ambientada en el tiempo de entreguerras, durante la primera mitad del siglo pasado, y escrita con un lenguaje torturado, cáustico, mordaz, que desmenuza la miseria y la estupidez humana de tal manera que terminó por convertirse en un hito de la literatura contemporánea, un verdadero diagnóstico de su tiempo, un tiempo de amarguras y de violencia inauditas. En el pasaje en cuestión un obrero se ha quedado dormido en el barracón de un campamento de trabajo en África, tras una de tantas jornadas miserables por lo deleznable de los seres humanos que han hecho aparición y apestosa por las enfermedades, los mosquitos, el calor y la humedad del ambiente. El protagonista y a la vez narrador de la obra, que acaba de enterarse de que los ahorros que guarda su colega en una vieja lata de galletas están destinados a financiar los estudios de una sobrina que vive en Europa, se dedica a observarlo con detalle tratando encontrar en aquel hombre dormido sobre un catre de lona alguna marca, un distintivo, algo que lo diferencie del resto de los mortales pues no concibe que alguien pueda pasar tantas penalidades sólo por generosidad y amor al prójimo.

Al hombre de las rosquillas de nuestra historia, parado en una esquina de un pueblo perdido de Colombia, las alegres estadísticas del gobierno sobre el crecimiento económico del país y la disminución de las cifras de violencia que enarbolan orgullosas las autoridades tratando de paliar su ineptitud en nada cambiarán su vida. La reforma fiscal en ciernes tampoco le puede afectar, si bien seguirá pagando tributos indirectos mediante el IVA aplicado a la materia prima de sus pandequesos. Quizá desconoce que las dos únicas certezas del ser humano son la muerte y el pago de impuestos, así sea de modo trasversal como en su caso. Como he dicho no sé nada de él, podría ser uno de los tantos despojados de tierra por los paramilitares y la guerrilla que andan en las mismas, vendiendo chucherías en un semáforo. A lo mejor paga “protección” para conservar su puesto en aquella esquina a una de las muchas bandas que se dedican a extorsionar indiscriminadamente a los colombianos; sí, porque desheredados como él también pagan extorsión en Colombia. Quizá aquella fuera para nuestro vendedor otra jornada de poco movimiento pero al hombre se le veía aquel día feliz, por lo menos se le veía satisfecho con el resultado académico de su niña.

Si Ferdinand Céline levantara hoy la cabeza y mirara a su alrededor no tendría muchos motivos para escribir en un tono más esperanzado. Un siglo más tarde, en estos últimos días de otro año que se nos va, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. No le sería difícil a Céline encontrar paisajes que exhalen la misma espantosa angustia de su tiempo. Se abren a plena luz abismos abominables, las guerras se suceden unas a otras como entonces y hoy, a diferencia de su tiempo, las tenemos en el salón de estar en pantalla de 40 pulgadas. En Norteamérica, para poner un ejemplo cercano, un muchacho, llevado por su madre a un polígono de tiro como parte de su formación, es capaz de matar a sangre fría a veintisiete personas, entre ellas a veinte niños; y en Colombia, para poner otro ejemplo más cercano aún, planea sobre crímenes atroces perpetrados por servidores del Estado, la sombra de la impunidad, gracias a la labor de legisladores inoculados con el vacilo de la ligereza, la mendacidad y la codicia. Seguimos viajando hacia el fondo de la noche.

Por ello el otro día, animado por el recuerdo de aquella estampa del vendedor y de su niña y por aquello de que estamos en Navidad y siempre viene bien buscar la bondad aunque sea una quimera en este tiempo, me acerqué a él de nuevo, esta vez a mirarlo detenidamente, todo lo más que la prudencia y la educación aconsejaban, a ver si aquel hombre tenía alguna marca, distinción o apéndice que lo diferenciase del resto de la humanidad. No vi nada especial, solo a un vendedor callejero que sostiene a su familia ofreciendo rosquillas de pandequeso en la esquina de una plaza de un pueblo perdido de Colombia.

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