Elogio a la conversación

25 de junio del 2017

¡Cómo hace falta conversar! Hoy más que nunca, cuando es una práctica tan escasa.

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Anoche tuve la grata visita de dos amigas a quienes estimo mucho; durante varias horas conversamos acerca de diversos temas que nos preocupan y también preocupan al mundo de hoy.

¡Cómo hace falta conversar! Hoy más que nunca, cuando es una práctica tan escasa. Recuerdo que, de niña, observaba a los viejos que se reunían en los parques de los pueblos a sostener animadas pláticas sobre los acontecimientos del día, a discutir con vehemencia sobre la situación política, o a las mujeres que se sentaban en las terrazas de sus casas, en mecedoras o taburetes, a conversar con las vecinas, o lo hacían mientras lavaban en el río. Los indígenas se reunían en sus malocas a conversar durante horas y horas, sin ninguna clase de limitación en el tiempo. El espíritu de la conversación caminaba por las calles de los pueblos, donde todos se conocían con todos. La palabra no sólo transmitía ideas, emociones, sino que era un instrumento para reconfortar los espíritus.

En tiempos ya pasados la conversación tuvo gran categoría, hasta llegar a ser una actividad considerada incluso como conspirativa; en la Francia del siglo XVII, en plena decadencia feudal, al monarca le inquietaban las tertulias que hacían las mujeres en los grandes salones de su casa -no sin razón porque por ese medio se transmitieron muchas de las ideas de la Ilustración, la revolución cultural que precedió a la abolición del absolutismo-. Pinochet tenía prohibido la reunión pública de más de dos personas y Fidel tenía espías por todas partes para enterarse de lo que hablaban los ciudadanos.

Hoy en día es difícil mantener una conversación, o encontrar buenos conversadores; es más fácil mirar al lado y ver a las personas de todas las generaciones, desde niños hasta adultos, envilecidas por los celulares y las tabletas digitales. Hoy no hace falta que nos espíen, simplemente entregamos toda nuestra información, todo lo que pensamos y sentimos, a las redes, y los servicios de seguridad de las grandes potencias no tienen necesidad de colocar micrófonos en los sitios de reunión de posibles conspiradores, la información de todos los individuos del planeta les llega a sus centros de recopilación de datos, pues tienen el control de los más avanzados medios de comunicación a través de sistemas satelitales que manejan a su arbitrio. Tampoco hace falta que nos prohíban conversar, sencillamente ya no lo hacemos. Habrá quienes sostengan que no, que la conversación se mantiene, ahora facilitada por la tecnología, que nos permite comunicarnos con las demás personas en tiempo real, así se encuentren al otro lado del mundo. Pero nunca será lo mismo comunicarse con alguien a través de WhatsApp, o Messenger, no sólo por audio sino también visualmente, que hacerlo de cuerpo presente, pudiendo medir las emociones, palpar las palabras y los sentimientos, sentir las vibraciones que emanan de nuestro interlocutor.

Ante el individualismo que campea en la sociedad, la conversación es un remedio porque crea lo que los viejos llamaban camaradería, de tal manera que es una parte esencial de la amistad, otra faceta importante de las relaciones entre los seres humanos que parece estar también en vías de extinción. Decía Zygmunt Bauman “Hemos perdido el arte de las relaciones sociales”. Y los amigos, tan necesarios en la vida, se forjan y se mantienen no sólo bebiendo, como suele decir una amiga, sino también en esas charlas en las que se intercambian opiniones, se cruzan informaciones, se habla de los demás, se confiesan penas, se comparten alegrías, en fin, a manera de una agradable terapia, se ahuyentan los males que nos aquejan y se dispone el ánimo para continuar adelante en la brega de la vida. Con sobrada razón cantaba Alberto Cortez “A mis amigos les adeudo la ternura y las palabras de aliento y el abrazo; el compartir con todos ellos la factura que nos presenta la vida, paso a paso”.

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