Elogio a los despistados

27 de julio del 2011

–          La moto tiene un ruido extraño, ¿será que tiene algún daño? Una pregunta preocupada que rápidamente perdió todos sus propósitos al descubrir que tal ruido no tenía nada de nuevo: así se oye la moto cuando olvidas ponerte el caso.  Una escena común, repetida hasta el infinito con diferentes locaciones y protagonistas en el […]

–          La moto tiene un ruido extraño, ¿será que tiene algún daño?

Una pregunta preocupada que rápidamente perdió todos sus propósitos al descubrir que tal ruido no tenía nada de nuevo: así se oye la moto cuando olvidas ponerte el caso.  Una escena común, repetida hasta el infinito con diferentes locaciones y protagonistas en el mundo de los despistados.

Nunca voy a defender un descuido porque sí, pero cambiarle la rutina a los despistados puede ser un acto mortal, y como vemos el mundo desde otra perspectiva, necesitamos la misma consideración que un histérico por el orden o un artista que necesita canalizar de la mejor manera sus actos creativos.

La persona que por más de 4 años se ha montado en la misma moto y se ha puesto ese casco cientos de veces es una de las mujeres más inteligentes que conozco y admiro, por lo tanto, sin dar ejemplos propios para bañarme con el agua rosada de la auto-compasión, ser despistado no es ser menos inteligente, simplemente es la capacidad de priorizar las cosas de una manera aun indescifrable, es ser alguien que no pierde nunca sus cosas, solo que a estas se les olvido salir de casa al tiempo que uno está preguntándose qué se le podría quedar para no tener que devolverse.

Si los despistados no existiéramos muchos inventos perderían su significado, como las alarmas, las cadenas, los cierres con imán y los recordatorios, pero lo peor es que la mitad de los chistes y el humor negro no existirían, ya que lo mejor es disfrutar en tercera persona las desaventurazas de personas que como yo viven en el umbral de las aventuras ilógicas.

A pesar de mi condición de despistada siempre he cuestionado la validez de algunos sucesos que en medio de situaciones de pura ficción parecen absurdos, mucho más cuando son relatados en medio de un contexto real, pero mi escepticismo nunca será superado por la interminable lista de ridículos que ambientan mis hazañas condimentadas por la mencionada característica que mi mamá le atribuye a mi personalidad desde la siguiente definición:

-Siempre pensando en los huevos del gallo. (Léase con cara seria, el ceño fruncido, meneando al tiempo la cabeza y el dedo índice de la mano derecha)

Con el respeto que se merece mi paisa madre, solo tengo una respuesta: cómo voy a pensar en cosas que no existen, en esos fregados huevos, si llevo dos días tratando de saber en qué bolso dejé mi cédula.

Asimismo la idea de dejar ropa interior en lugares donde se tuvo sexo, escena típica de una película donde las mujeres luchan para quitarle a la otra un común pero codiciado hombre, siempre me había sido inverosímil, yo ni siquiera cuestiono la estrategia que desde el comienzo me parece patética, sino el hecho de que alguien crea que uno puede salir sin ropa interior como en medio de una táctica publicitaria liderada por el parpadeo de las piernas de mis fiesteras favoritas de Hollywood.

Yo, Juliana Uribe he salido sin calzones de mi casa, no para mostrar mis partes personales al bajarme del bus (por que es obvio que no monto en limosina), sino porque en medio de todo lo que tengo que pensar a la hora de encontrar el mejor atuendo para salir, entre medirme mil veces algo, se me olvida, POR DIOS SANTO, ponerme los benditos calzones, que claramente deben coordinar con el tipo de prenda que va por encima de los mismos, porque la prisa es el peor enemigo de un despistado.

Me ha pasado que en medio del vuelo Bogotá-Medellín de las seis de la mañana, una sensación extraña me lleva a pensar: hoy están como incómodos estos pantalones, pero claro, ¡Vida hijue#$%&a! No me puse calzones.

Pero lo más importante, el despistado, que nunca puede ser confundido con un desordenado, es de una personalidad humilde, está acostumbrado a equivocarse (no por eso es un perdedor y nunca será su excusa), sabe que es posible que las cosas no salgan de acuerdo al detallado plan y no le agrega pasiones a situaciones elementales de la mecánica doméstica y cotidiana.

A diferencia de aquellos que todo lo tienen calculado, los despistados carecen de la arrogancia y la intolerancia al error, son expertos en encontrar nuevas alternativas y no existe ningún problema si hay que devolverse por toda la Séptima antes de que comience el contra-flujo por un casco; caminan hasta la casa de nuevo a recoger el trabajo por el que trasnocharon dos días, ya que varias cuadras después de hacer la lista de todo lo que no podían olvidar, descubrieron que este se había quedado en la mesa del comedor, el mismo lugar donde ahora el hermanito se termina el chocolate espumoso; y saben que sería mejor si estas cosas no ocurrieran nuevamente, pero no condenan al otro por salirse del apretado cronograma de sus ideas.

Que quede claro, el drama lo ponen aquellos que en medio de la promiscuidad de las ideas sobre el mundo no comprenden que existen muchas formas de llegar al mismo punto y aunque suene redundante con algún párrafo previo, ser olvidadizo no es sinónimo de fracasado o de falta de interés en la cosas y será mi batalla personal con todos los cuadriculados que creen que es un manera de sabotaje. Así que póngase la mano en la parte del cuerpo que le permita pensar mejor  y pregúntese si alguna o varias veces le ha pasado algo parecido y la próxima vez que sea testigo de un accionar despistado, respire profundo y encuentre la manera de hacerlo un muy buen chiste.

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