Embajador en ciernes

8 de noviembre del 2019

Por: Juan Restrepo.

moción de censura

@GuillermoBotero

¡Sorpresa, renunció un funcionario inútil en Colombia! Guillermo Botero, ministro de Defensa, renunció esta semana después de recibir duras críticas por no revelar la muerte de varios menores durante un operativo militar contra disidentes de la guerrilla de las Farc. No se prodigan los funcionarios públicos en esta clase de gestos aquí, por lo que la cosa es destacable.

¿Y para qué perder tiempo hablando de lo que se ha tratado hasta el cansancio esta semana en la prensa colombiana? Porque me temo que a este personaje atrabiliario, como suele suceder con los amigos del gobierno con quienes no se sabe qué hacer, lo mandarán a una embajada.

Aun no hay señales de tal cosa, pero no nos sorprendamos si en las próximas semanas la cancillería hace el anuncio de su envío como embajador a representar a Colombia a cualquier parte. Salvo con alguna honrosa excepción, la cancillería colombiana ejerce de agencia de viajes de amigos del gobierno y así le va al país en sus relaciones internacionales.

Ahora bien, si el gobierno decide enviar a Botero a una embajada, un país que se respete debería negarle el plácet, esa aceptación que hacen las cancillerías antes de recibir nuevos representantes diplomáticos.

El señor Botero deja con su gestión de poco más de un año un daño irreparable. A la muerte de indígenas en el Cauca en oscuras circunstancias en este tiempo, hay que agregar episodios como la muerte de Dimar Torres, un guerrillero desmovilizado muerto a sangre fría por el ejército, planificado por los mandos y ejecutado como una operación militar, que luego se presentó camuflada ante la opinión pública. Una ejecución extrajudicial como en la época de los “falsos positivos”.

El episodio de los ocho niños muertos en un bombardeo en el mes de agosto y mantenido oculto hasta esta semana por el gobierno, aparte de un presunto delito de Estado tendrá unas consecuencias muy graves. Un niño nunca es guerrillero, por más que lo quieran justificar los defensores a ultranza de este ataque.

En Colombia está suficientemente documentado el modus operandi de los grupos armados en el reclutamiento de menores: la coacción a sus familias, las circunstancias de secuestro en que algunos llegan a esos grupos, la pertenencia a familias desestructuradas, y en algunos casos hasta el hambre.

Ahora, tras el escándalo levantado por este caso, los grupos guerrilleros tendrán más razones para incorporar menores al combate, seguros de que la presencia de niños en sus filas se convertirá en escudos de protección para su acción criminal.

La fuente, seguramente militar, que reveló al senador Roy Barreras este oscuro episodio –como ocurrió cuando se supo el caso de Dimar Torres–, indica que dentro del ejército hay mandos medios que no están dispuestos a que vuelva a caer sobre la institución un desprestigio como en la época de los “falsos positivos”, ejecuciones extrajudiciales durante el gobierno de Álvaro Uribe que pesarán como una losa sobre la historia de la milicia colombiana.

Ahí tiene Iván Duque una buena oportunidad de corregir el rumbo. Pero su reacción al día siguiente de la noticia, ante la demanda de un periodista que le pedía un comentario sobre el episodio, no deja mucho margen a la esperanza: “¿De qué me hablas, viejo?”. Como si acabara de llegar de Marte.

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