En busca de la fuente de la juventud

31 de mayo del 2011

El capitán Jack Sparrow (Johnny Depp), quien se enorgullece de su capacidad innata de improvisación y su supuesta “sobriedad”, llega a Londres para salvar a su amigo Gibbs de actuar en un número de ahorcamiento de piratas. Ya después de haber perdido por incontable vez a su amado Perla Negra, no iba a permitir que le quitaran la cabeza a su mano derecha de aventuras. Todo marcha bien: Sparrow amarra al juez, le quita su peluca, se hace pasar por él frente a la corte circense y condena al pobre Gibbs a cadena perpetua como parte del “plan”. El escape es perfecto hasta que el cochero que conduce el carruaje-calabozo en el que van este par de piratas es comprado por la guardia inglesa —que es caracterizada por ser completamente ineficaz— y llega al corazón de la Corona. Ahí comienza, de nuevo, una aventura que al parecer había terminado en 2007 cuando Will Turner (Orlando Bloom), quien burló a la muerte gracias a la maldición de Davy Jones, regresa después de 10 años a pisar la tierra para visitar a Elizabeth Swann (Keira Knightley) y a su hijo.

En la cuarta entrega de Piratas del Caribe: navegando en aguas misteriosas, dirigida por el director de teatro y coreógrafo estadounidense Rob Marshall, la historia cambia su curso. Esta vez entran en el mapa nuevos personajes, nacen historias de amor y se revive la leyenda apócrifa sobre Ponce de León y su expedición para encontrar la fuente de la juventud.

El capitán Jack Sparrow buscando los elementos para el ritual de la Fuente de la Juventud, Disney (c)

Además de descubrir que su enemigo íntimo Barbossa (Geoffrey Rush) está con una pata de palo y ron y que se ha vendido para trabajar con los ingleses, Sparrow se enfrenta a un amor pasado, Angélica Malon (Penélope Cruz), y a su padre Barbanegra (Ian McShane), el pirata más temido de todos, en una carrera imperial en la que se cruzan la fe católica, los anglosajones, los fantasmas del amor y la persecución de intereses propios. Todos ellos con un fin: ya sea por la sed insaciable de probar el agua de la fuente para burlar profecías; de asaltarle los cáliz a la momia de Ponce de León, a quien se le mueve la cabeza cuando se toca su mapa en las ruinas de su barco a punto de caer a un abismo; de robarle una lágrima a una mortífera sirena, o de destruir todo como cuando se estalla una botella.

La saga continúa siendo entretenida, pero por la esencia de sus personajes más que por el fin de la historia: el viaje es más divertido que la llegada al destino. El final queda relegado a una especie de moraleja sobre los piratas y resulta más contundente la escena que todos los espectadores se pierden, pues es la que aparece después de los créditos. Jack Sparrow sigue siendo ese pirata errante, amante del ron, quien deja amantes en cada puerto y creen que libertad es su amante eterna. Sigue siendo imagen y semejanza de su padre, el capitán Teague, quien lo interpreta Keith Richards —en quien se inspiró Depp para caracterizar su personaje—.

En esta oportunidad solo algo cambia: brota en él un romanticismo que sólo se pudo ver como un relámpago en un beso fingido que le dio Elizabeth cuando lo entregó a las fauces del Kraken. Angélica, brava, audaz, mujer, logra moverle “sentimientos”, similares a los que siente el creyente por la sirena capturada, a los que siente el rey de Inglaterra para ganarle la carrera a los españoles, a los que sienten los españoles para destruir templos profanos que atenten contra su empresa de sacralización. Se parece a una odisea que Ulises no llegó a sentir cuando se enfrento a las sirenas durante su regreso a Ítaca, por lo menos éstas encantaban con su voz y no parecía pirañas tamaño familiar que comían hombres apenas les daban un beso.

Director: Rob Marshall
Reparto: Johnny Depp, Penélope Cruz e Ian McShane.
Duración: 136 minutos.
Año: 2011

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