Si piensa como fantoche vivirá tranquilo en Colombia

21 de septiembre del 2013

“Si yo fuera vieja, ya tendría casa, carro y una carrera decente” Así me dijo un amigo, mientras observábamos atónitos a una joven mujer (por asumir que legalmente era adulta) hermosa, bajar de un jeep último modelo, en el bar donde estábamos. Pero lo que nos tenía fuera de nosotros, era el personaje que la […]

“Si yo fuera vieja, ya tendría casa, carro y una carrera decente”

Así me dijo un amigo, mientras observábamos atónitos a una joven mujer (por asumir que legalmente era adulta) hermosa, bajar de un jeep último modelo, en el bar donde estábamos. Pero lo que nos tenía fuera de nosotros, era el personaje que la acompañaba: Gordo, viejo, mal hablado y mal vestido. Mi cabeza trataba, por todos los medios de encontrar una razón para esto, que no fuese cuestión de dinero (Sí, necesitaba decirme a mí mismo, que no necesito dinero para obtener una mujer así). Mi cabeza entró en un bucle entre “Lo que hace la plata” y “A lo mejor lo quiere”, mientras que yo trataba de alejar la mirada de aquel hermoso espécimen.

Seguí pensando, días después de qué había sucedido para que una mujer decidiera estar con un hombre visiblemente mucho mayor y que posiblemente no podía ofrecer nada que una herencia no llenase. Entonces vi otro ejemplo: Un tipo, de más o menos mi edad, iba tomado de la mano con una mujer mucho mayor, con más operaciones que el tablero de un físico y que emanaba dinero por cada uno de sus recientemente exfoliados poros. Entonces lo entendí.

Hablando de apostura, una amiga me replicó tal como Lady Astor replicó a Churchill, cuando supuestamente, éste declaro que tener una mujer en el Parlamento era tan molesto como tener una mujer en el baño. La vizcondesa replicó rápidamente: “Usted no es tan atractivo como para tener que preocuparse por eso”. Por eso puedo llegar a una conclusión, sin estar en ninguno de los dos bandos.

Tal parece, que la juventud es un punto de valía en un mercado hoy inundado de mujeres y hombres que buscan solvencia económica entregando si no bien su cuerpo, al menos su tiempo a personas que tienen el dinero, o la posición social para pagarlo. Es un mercado en alza, donde los sitios públicos (restaurantes, bares, universidades) se han convertido en vitrinas llenas de juguetes sexuales, muñecas con cabello y cerebro igualmente muertos, y figurines de acción hinchados de hormonas, pero con cabezas vacías. Mientras los sitios de moda en cada ciudad del país se pelean por convertirse en detallados catálogos de gimnasios y salas de cirugía, las necesidades básicas se van convirtiendo gradualmente, tal vez en pocos años tendremos que incluir las extensiones de cabello y el whey protein dentro de la canasta familiar; y quién sabe, tal vez hasta un día seamos una sociedad llena de bótox y peelings, como añoramos, a lo USA.

Ya estamos dando pasos de gigante, aprendiendo rápido y adelantándonos cursos, acercándonos cada vez más a ser parte del primer mundo; por lo menos ya nos tomaron en cuenta para “The color run”. Estamos evolucionando, ya no gastamos el dinero en polvos buenos y extensos, ahora con un carrerazo y un polvo de colores nos basta. Entonces me pongo a pensar: ¿Si yo fuera mujer, tendría casa, carro y beca? Por ahora lo dejo en el aire, pero no lo descarto; porque como dice Ricardo Quevedo “uno nunca sabe, tal vez después de los cuarenta”.

Mientras tanto, nosotros, los personajes con estómago de lavadora y bolsillos vacíos, seguiremos, como reza la canción de Sting: siendo extraterrestres legales, los muchachos de intercambio, los subsidiados en ésta escuela de fantoches.

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