Entrevista a Aileen El – Kadi y Diego Fonseca. Editores de Sam no es mi tío.

6 de julio del 2012

Entrevista a Aileen El – Kadi y Diego Fonseca. Editores de Sam no es mi tío. Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano. (Alfaguara, 2012) Responde Aileen El -Kadi. ¿Cómo sortearon la decisión de ser arte y parte, es decir, de ser antologadores y a la vez tener una crónica de su autoría en Sam […]

Entrevista a Aileen El – Kadi y Diego Fonseca. Editores de Sam no es mi tío. Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano. (Alfaguara, 2012)

Responde Aileen El -Kadi.

¿Cómo sortearon la decisión de ser arte y parte, es decir, de ser antologadores y a la vez tener una crónica de su autoría en Sam no es mi tío?

Dos actividades que no nos eran desconocidas. Ambos escribíamos crónicas. Ambos editábamos. Pudimos trabajar conjunta e individualmente. Además, yo estaba en medio de otros proyectos de edición de textos literarios. Por otro lado ya venía escribiendo crónicas sobre Egipto e Israel y mi investigación académica se centra, en gran parte, en temas relacionados con la inmigración.

¿Qué autores o textos quedaron fuera de la publicación y por qué?

Muchos o ninguno. El proyecto podría duplicarse o triplicarse. Creamos un equipo heterogéneo (con periodistas, cronistas, intelectuales, escritores, académicos latinoamericanos) de personas que considerábamos representativas del proyecto Sam no es mi tío. Gente audaz, cuya prosa –filosa y muchas veces polémica- podría ofrecer interesantes versiones sobre el tema inmigración latinoamericana a Estados Unidos.

¿Qué proyectos editoriales tiene entre manos?

Actualmente trabajo con dos antologías de literatura contemporánea de Brasil traducidas al inglés y español y un proyecto literario con Ilan Stavans sobre clásicos luso-hispánicos.

¿Cuál es la salud del periodismo y la crónica en Brasil?, ¿qué rasgos y firmas se destacan?

Brasil ya tuvo sus épocas doradas de grandes cronistas, empezando con el gran cronista del Brasil, Euclides da Cunha. Actualmente la crónica política se destaca como voz crítica frente al gobierno, subrayo, por ejemplo el trabajo de la periodista Eliane Brum. Mencionaría además de reconocidos nombres como Arnaldo Jabor, Luis Fernando Verissimo, Boris Fausto, Carlos Heitor Cony y el recientemente fallecido Millôr Fernandes, a Mario Prata, Martha Medeiros, Rosane de Oliveira y David Coimbra.

Responde Diego Fonseca.

¿Cómo concibieron el proyecto del libro?

En 2008, a poco de llegar a Miami, el proyecto editorial que iba a dirigir cae cuando la crisis económica suelta rienda. Quise escribir sobre eso pero no dí con revistas que publicasen crónica en español y supe que otros cronistas latinoamericanos en Estados Unidos atravesaban una situación similar. De allí surgió la idea de un libro como canal para ciertas lecturas sobre la convivencia entre el país y los latinos. Dos años después, cuando comenzamos a trabajar con Aileen en otro proyecto, lo reactivo. La idea fue, entonces, que el libro fuera una plataforma para un diálogo: una mirada inteligente y madura sobre lo que un grupo de intelectuales relativamente jóvenes pensamos de esa dinámica latino-gringo. Un mensaje en una botella para la orilla sajona: esto vemos, así vemos algunas de las agendas, así creemos que nos ven.

¿Cuáles de las crónicas incluidas fueron escritas por encargo para Sam no es mi tío y cuáles ya habían sido publicadas en medios?

Todas, excepto dos, son historias inéditas, pedidas exclusivamente para Sam no es mi tío. Tierra de libertad, de Santiago Roncagliolo, fue parte del proyecto Bogotá39 y Juan Pablo Meneses publicó una versión de Esto te costará diez dólares en Colombia. Yo no tengo especial interés por publicar en una antología textos ya publicados en medios u otras antologías. No me atrae. Esos dos casos son excepcionales. Me interesa, siempre, producir lecturas nuevas. El esfuerzo de los cronistas para participar en Sam es loable. Por ejemplo, Jon Lee Anderson envió su crónica, El sueño americano, sobre el cierre y a apenas unos días de que fuera hallado Gaddafi escondido dentro de una tubería en el desierto sirio. Jon Lee venía de allí y terminó ese texto entre los viajes de esa cobertura. Fantástico.

¿Qué proyectos editoriales tiene entre manos?

Un libro de catorce perfiles sobre cómo cambió la vida de personas gracias a los recursos prestados por un organismo multilateral. Allí hay emprendedores, pequeños empresarios, un caminero, una fabricante de tortillas, una maestra que dirige una cooperativa de cafetaleros. Hay sueños, pequeñas victorias, resbalones y derrotas en el camino. Hay esfuerzo, inteligencia, disciplina. Y hay catorce de los mejores cronistas latinoamericanos y me acompañarán dos de los mejores editores, también, de la región. También está en carpeta un libro mío, una larga crónica en Washington DC sobre la crisis en Estados Unidos, con una editorial española y en 2013. Y tal vez una novela a fin de año y un libro de relatos el año próximo.

El libro incluye al ciudadano estadounidense Jon Lee Anderson con el texto El sueño americano. ¿Por qué lo incluyeron?

La idea era tener a Juan Villoro en el inicio y a Jon Lee en el cierre. Trazar un arco: ambos como “hermanos mayores”, generacionalmente hablando. Juan no pudo pues al momento del cierre inicial estaba preparando el inicio de su cátedra en Nueva York. Jon Lee fue un deseo personal: el gringo menos gringo y más global de los cronistas americanos. Ha vivido y conoce América Latina, tiene cariño por la región y es una síntesis del sincretismo regional: su español es una colección viva de palabras y frases de varios países, una babel al cabo comprensible. Le dije que me interesaba que un gringo contase cómo era tener el patio lleno de latinos bullangueros y la idea le gustó desde el comienzo. La historia de Jon Lee cuenta cómo, cuando era joven, se dio con la dinámica misma de la vida: él, queriendo defender su idea liberal del sueño americano —inclusiva, igualitaria—, se dio con el anverso, la salvación individual, el superviviente que sigue a como dé lugar. Su texto traza un espacio entre fronteras: ni los “buenos” son los pobres latinos emigrados ni los “malos” son los gringos que explotan. La verdad es una gama de matices amplia y bastante revuelta.

Hay en Sam crónicas de editores latinoamericanos quienes usualmente no figuran con sus textos en revistas, periódicos u otros medios como Diego Enrique Osorno (autor de la crónica Un escritor de mierda en Park Avenue), Camilo Jiménez Estrada (autor de la crónica El país de nunca jamás), y uno de su autoría- Y entonces Dios- usted es editor de Etiqueta Negra. ¿Cómo justifica esto?

La primera respuesta es: ¿por qué no? Una precisión importante: Diego Osorno es cronista y escribe muchísimo. El libro pretende reunir muchas voces que tampoco escriben mucho en medios, como académicos y escritores de ficción. Rulfo no escribía demasiado; tampoco Sábato. Y, si pudiera, los invitaría sin dudar a una antología. De hecho, yo creo cada vez más en las multiplataformas y menos en que publicar en medios tradicionales sea una medida de lo “publicable” y “publicado”. En mi nuevo proyecto hay otros escritores y editores que no publican en medios a menudo, como Julio Villanueva Chang o Graciela Mochkofsky. El criterio de selección es la calidad de la idea y el texto, no la frecuencia o la plataforma en que se publica.

¿Cuál ha sido la recepción del libro en su versión impresa y en libro digital?

No tengo cifras de ventas pero le va bien. Las reseñas son auspiciosas. En general, lo ven como un libro bastante equilibrado y novedoso que llega en un momento justo: la crisis, las elecciones presidenciales de Estados Unidos, las leyes antimigratorias, el peso hispano creciente en el país, la ausencia de una voz única, agendas múltiples y desintegradas, una integración social compleja… En el caso de la edición digital, que a mí me interesa cada vez más, Amazon lanzó una promoción para comprar la versión para Kindle con descuento el fin de semana del Cinco de Mayo. La gente de marketing de Alfaguara me comentó que fue la primera vez que lanzaban una campaña enfocada en Kindle en español, y Sam no es mi tío fue la cabeza de la misma. Yo seguí la evolución en esos días y el libro fue #1 en todas las categorías de ventas, por encima de La civilización del espectáculo de Vargas Llosa, que se lanzaba casi para la misma época. Creo que hay una oportunidad todavía no explorada convenientemente en eBooks, y Sam podría tener gran potencial allí.

¿Cuál es la salud del periodismo y de la crónica en Latinoamérica?, ¿qué rasgos y firmas se destacan?

Internet y las redes sociales han quitado a los medios, por primera vez desde su surgimiento, el monopolio de la producción masiva y omnipresente de sentido. No creo que el periodismo esté en crisis, per se. La capacidad de selección y redacción profesional de historias sigue siendo un arte que exige tiempo y esfuerzo, más allá del talento. Es un debate largo, en proceso. La crónica, creo, se encuentra en una etapa de madurez. La oferta de contenido de calidad es enorme, la mayor de las últimas décadas. Mi generación ha logrado capitalizar un largo periodo de desafíos y aprendizajes, desde Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez y Alma Guillermopietro hasta la generación intermedia de Martín Caparrós, Villoro o Jon Lee, por citar a algunos y quedar mal con los que no menciono. Se están dando experiencias nuevas de producir largo formato, a nivel formal en la escritura y en el cruce de plataformas, especialmente digitales. Pero creo que se deben renovar los temas. A mí, personalmente, la crónica marginal, carcelaria, barriobajera y políticamente correcta me aburre. Son pocos los textos que me tocan, y cuando lo hacen es porque renuevan el enfoque. Hace tiempo que me enfoco en temas del poder y de la vida dentro del poder, pues vengo del periodismo de economía. Y hace unos días, en un café en Buenos Aires, conversábamos con Leila Guerriero sobre ese interés común: la necesidad de renovar el aire, de mirar por encima de los muros elevados al patio de los ricos y famosos. A mí me interesa entender y explicar sus lógicas internas. Y luego me interesará otra cosa, claro. ¿Nombres? Me escudaré en “son demasiados” para no herir susceptibilidades. La otra opción: lee Sam, la antología de Darío Jaramillo Agudelo, la de Jordi Carrión y Los malditos de Leila y tendrás allí una buena cantidad de esos nombres. Lo mejor: no son todos.

¿Quién es el Sam de la portada del libro?

Se llama Jesús, es cubano, dice haber sido escritor y actor en La Habana. Me corrijo: poeta, no escritor. Y fue un hallazgo de Casandra Badillo, editora en Alfaguara. Jesús no está caracterizado para la portada: así estaba vestido el día que le tomaron la foto que decidió que sería nuestro Sam. Estaba en la Calle 8 de Little Havana, en Miami, haciendo su trabajo de hombre sándwich, promocionando con un cartel a un abogado de impuestos de la Florida. Digo “estaba” porque ya no está más. Está desempleado. A nuestro Sam, que es Jesús, lo vencieron las pocas monedas. Esa es una gran síntesis, ¿no?

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