Escepticismo Democrático

13 de junio del 2011

No es una simple cuestión de duda. No es aplicar diferentes teorías o principios filosóficos, que aunque bien estructurados, dispersan la verdadera esencia de los hechos.

Se trata de una deuda. Histórica. De una patria, de una bandera que tanto rato dejo de otear. Se trata de la construcción de memoria. De fijar la mirada en el tiempo pasado. De obligarnos a recordar. A posarnos, por lo menos algunos instantes, en lo que hemos sido. No para encontrar el camino. Las migajas de pan se las comieron los cuervos. Es para entendernos. Para reflexionar acerca de nosotros mismos. Para de alguna manera definirnos.

Fuimos el producto de una imposición. Un choque. Dos fuerzas contrarias, en una pugna que no ha terminado. Identidad perdida. Disolutos en el tiempo y el espacio. Sumidos en un anacronismo histórico, que tanto daño nos ha hecho.

El subdesarrollo toco las puertas desde que fuimos descubiertos. Más que el saqueo material. Más que el hurto, que la ignominia de la usurpación. Fue la pérdida de saber quienes éramos en realidad. De no sabernos existentes, en una tierra que jamás ha sido nuestra. O a la que quizás, no hemos querido pertenecer.

Pero la historia. El tiempo en su persistencia lineal, sigue. Y estamos nosotros: trozos, retazos, mezcla heterogénea, razas, un solo gentilicio. Colombianos. Somos un sinfín de culturas. Dialectos diversos. Quizás varios países en uno solo, como dirían algunos. Marcados con la misma tinta indeleble: la de las desigualdades sociales, la de la violencia, la del desplazamiento, la de la corrupción. Somos un país, donde muchas veces reina la desesperanza, el sufrimiento, que algunas veces es feliz. Una utopía tal vez.

¿Podemos creer? ¿Podemos cambiar? Los interrogantes están ahí, planteados desde hace tiempo. Las dos fuerzas disputándose el poder, continúan enfrentadas. Y mientras eso sucede, algunos claman democracia. ¿Qué es en realidad la democracia? Es la voz del pueblo. La participación activa de cada ciudadano. O es el producto que los dueños del poder siempre nos han querido vender. A lo mejor, solo es eso: publicidad, el gancho publicitario que puede elevar las ventas (los votos para el poder), donde el comprador es visto como un sujeto ingenuo (los ciudadanos). Y cuando estas en la casa, dándote cuenta que nada cambió, que aunque te decidiste por aquel producto, que se mostraba diferente, todo sigue igual. La próxima vez, decides no comprar. Y esa decisión, también te perjudica. Porque aunque tú no salgas a comprar. Otros lo harán por ti. Y el círculo volverá a repetirse. Indefinidas veces.

No es cerrar los ojos. No es abrirse paso por la multitud sin levantar la mirada. La democracia, no es un juego. Es la oportunidad de participación. Es la necesidad de salir a la calle. De mirar a nuestro alrededor. De entender y entendernos. Es la ocasión que se tiene para escuchar, mirar a las personas a los ojos, de ser responsables, de propiciar espacios para la reflexión, para el compromiso. La participación ciudadana, ya no es un grito revolucionario, las revoluciones ya dejaron de serlo. No es instar a la sublevación, a la toma del poder por medio de la fuerza, no es un llamado a empuñar armas, que solo destruyen, que solo nos han destruido.

El llamado, es a crearnos una identidad. A sentirnos participes, habitantes. A hurgar en el pasado. A comprendernos en distintos aspectos: culturales, gastronómicos, sociales, económicos. Entender que por encima de cualquier cosa, somos colombianos. Y todos estamos padeciendo la necesidad de una democracia. Que sea del pueblo y para el pueblo. El escéptico, no es aquel que no cree. Porque cada ser, se aferra de alguna manera a una creencia. Es cuestión de indagar, de preguntarse, de no tragar entero. De buscar diversas respuestas, soluciones. De mirar más allá del horizonte. No se trata de rodear la piedra que obstruye el camino, es quitarla del camino.

El escepticismo democrático. Debe ser el motor que nos impulse, en la búsqueda de la democracia. Aun queda mucho por hacer. No es tiempo de encerrarnos en casa, a mirar la televisión, dejarnos distraer por un entretenimiento disfrazado de adicción. Es tiempo de levantar la mirada, y generar una visión correcta del país que somos y del que seremos.

“La capacidad del hombre para la justicia hace la democracia posible, pero la inclinación del hombre hacia la injusticia hace a la democracia necesaria”. (Reinhold Niebuhr)

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