ESCOBAR, EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

10 de junio del 2012

Hasta dónde tiene que estar aterrorizada una sociedad para permitir semejantes humillaciones: el presidente rendía cuentas a Pablo Escobar. Y de ahí para abajo.

Escalofriante.  Espeluznante. Macabro.  Pongámosle el adjetivo que queramos (inventémoslo) y aún así nos quedaremos cortos.  Borges tenía la esperanza de que algún día habría una palabra precisa para designar cada aspecto de la vida (digamos el aspecto lúgubre y amenazador de las calles en la madrugada).  Así que “escobarizante” puede ser lo que estamos viendo por las noches en la TV con la transmisión de la serie Escobar, el Patrón del Mal.  Y a pesar de que no he visto prácticamente nada nuevo, nada que ya no supiera, no deja de ser escobarizante para mí tratar de asimilar –sin éxito, una vez más- cómo fue que todo un país, una nación entera, con sus tres poderes, su cuarto poder, sus instituciones deportivas, sus industrias, su comercio, sus símbolos, sus instituciones militares y policiales, sus costumbres, su gente, y hasta sus relaciones internacionales, sucumbieron ante la figura tenebrosa de un solo hombre; un omnipotente príncipe de las tinieblas ante quien hasta el mismísimo Yaveh, el colérico dios del Antiguo Testamento, se habría visto en las delgaditas para derrotarlo. Y eso que en la serie sólo hemos visto la punta del iceberg.

Nos acostumbramos, en aquella época siniestra, a que la muerte nos aguardara a la vuelta de la esquina, donde podría explotar una de las bombas caprichosas con las que el capo transmitía sus sutiles mensajes a quienes estuvieran mínimamente en contra de sus devaneos  (y que cayera el que fuera).  Nos acostumbramos a que una generosa porción de la agenda del presidente de la república –del presidente de la república– tuviera que ver con uno solo de sus treinta y cinco millones de gobernados. Nos acostumbramos a que acribillaran a vecinos honestos de nuestra ciudad por pretender vivir como ciudadanos y no como marionetas. Nos acostumbramos a que un asesino diseñara su propia cárcel, en un terreno de su propiedad, a su gusto… ¡y sin rejas!  Hasta dónde tiene que estar aterrorizada una sociedad para permitir semejantes humillaciones: el presidente rendía cuentas a Pablo Escobar. Y de ahí para abajo.

Sé que nunca lo hemos comprendido a cabalidad. De hecho, ni aún después de que termine la serie de TV, que se encarga por estos días de refrescarnos la memoria, lo habremos hecho. Sé que a lo sumo tendremos flashes de lucidez que se nos antojarán de una irrealidad desconcertante.  Sé que ese capítulo tétrico, funesto, de nuestra historia, ese horror inenarrable, es el equivalente a la Segunda Guerra Mundial para la humanidad.  Las otras guerras fratricidas que hemos tenido por cargas –y que seguimos teniendo- son lo de mostrar; son los salvadores desmanes que distraen al resto del mundo y a nosotros mismos de aquel despropósito de delirio; los disfraces que esconden nuestro verdadero esqueleto en el armario: son la inofensiva desobediencia en el edén que desvía la atención del verdadero crimen: el asesinato de Abel a manos de Caín.

Obvio que no voy a caer en la ingenuidad de creer que todo es cuestión de mala suerte y que, qué vaina, nos tocó Pablo Escobar.  Soy de la corriente que piensa que si no hay un terreno abonado las semillas –buenas o malas- no nacen. O por lo menos no tan fácil.  El culto al éxito, que prima en el mundo contemporáneo sobre otros componentes de la vida (la cultura, la inteligencia, la grandeza, la honorabilidad), juega a favor de las probabilidades de que surjan este tipo de figuras maquiavélicas.

Y si a esa tendencia mundial sumamos una particular proclividad de nuestra sociedad colombiana por la trampa y el dinero, obtendremos un coctel explosivo de las proporciones nucleares que representó la escobarización del país de las décadas del 80 y del 90, y cuyas radiaciones aún sufrimos. Hay que ver cómo en la serie de TV -y no hay motivos para pensar que no hubiese ocurrido así en la vida real- su propia madre lo incita a pasar por encima de las reglas; y cómo él mismo tiene un solo dios: la plata. El Divino Niño de Atocha es sólo su coartada ética y moral; su cómplice imaginario.

En nombre de dios (vaya variedad) y del pueblo aquel cacao de la muerte sentaba cátedra de derechos humanos ante otros asesinos a quienes, segundos más tarde, despedazaba sin la menor vacilación (“despresemos a este pollo”, le ordena en la serie a su lugarteniente para que éste dé, a su vez, la orden para que avancen dos carros dispuestos en sentido contrario, a cada uno de los cuales están amarradas las extremidades de uno de sus prisioneros).

Confieso que, a pesar de mi predilección por películas de mafiosos, en las que los niveles de violencia son harto más altos que en otro tipo de películas, mientras veo la serie me sorprendo a mí mismo pegado contra el espaldar del sofá, lo más alejado posible del televisor. Sorprendente el efecto de la serie, máxime si tenemos en cuenta que en ella la violencia no es tan explícita, y que, por lo demás, podría ser la versión de Walt Disney de lo que realmente ocurrió (la serie está clasificada como “familiar”, habida cuenta –supongo- de la ausencia de sangre y otras manifestaciones visuales escandalosas).

No puedo evitar que todo esto me recuerde los tiempos en que leí El Corazón de las Tinieblas, novela de Joseph Conrad en la que un comerciante de marfil -el señor Kurtz- se interna en las selvas del Congo, enloquece y se convierte para los nativos (tal como Escobar para muchos antioqueños) en una especie de dios venerado, temido y respetado. La explotación del marfil, el componente equivalente al dinero en la parábola de Escobar, se convierte en la justificación para que Kurtz lleve a cabo una verdadera carnicería humana que arrasa con cualquiera que se interponga en su camino. Las semejanzas entre Kurtz y Escobar serían interminables, pero anoto esta advertencia que uno de los personajes hace de Kurtz: “Con ese hombre no se habla, se le escucha”.

Hay sin embargo una diferencia que nos puede ilustrar la dimensión de la maldad de nuestro Kurtz doméstico. Mientras el Kurtz de Conrad -la maldad por antonomasia- alcanza a visualizar las atrocidades que le ha tocado presenciar, pero que también él mismo ha propiciado (“el horror, el horror”, repite mientras agoniza), al nuestro sólo le interesaba escapar de sus perseguidores para seguir conquistando los pocos terrenos vírgenes que le quedaban a la humanidad en los dominios de la brutalidad. “El horror”, parecemos decir, en cambio,  todos los demás cuando apagamos la pesadilla del televisor y volvemos a esta sosegada realidad de paracos, guerrilleros, estafadores, ladrones y narcotraficantes (por una vez anhelada). Y nos decimos que gracias a dios estamos aquí y no allá, escobarizados.

Y nos decimos que gracias a dios aquello ya sólo es parte de un mal sueño.

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