Estudiar no es pensar

19 de agosto del 2011

No creo haber aprendido nada útil en la universidad. Habré tenido algunos buenos profesores que lograron despertarme interés hacia ciertos temas. Sin embargo, si algo aprendí no les doy el crédito a ellos, sino a mí mismo. El conocimiento, cuadrado y digerido como lo ofrece la academia, es explotable para fines personales solo si es […]

No creo haber aprendido nada útil en la universidad. Habré tenido algunos buenos profesores que lograron despertarme interés hacia ciertos temas. Sin embargo, si algo aprendí no les doy el crédito a ellos, sino a mí mismo.

El conocimiento, cuadrado y digerido como lo ofrece la academia, es explotable para fines personales solo si es analizado, destruido y reconstruido según las propias necesidades. De lo contrario, no es más que una herramienta de control adicional, peor que todas las demás, pues encarcela y limita desde adentro. Siempre disfruté más el momento en que desmenuzaba el contenido de una clase en mi cabeza después de que ésta hubiese terminado que ver al profesor articulando información desde su pedestal de conocimientos vacuos y libros importantes. No me gusta estudiar, nunca me ha gustado, precisamente porque me gusta mucho más aprender. Y eso no creo haberlo logrado en el contexto de la universidad.

Aunque bueno, siendo menos dramático, me pregunto: ¿se aprende algo útil en la universidad? Tal vez uno descubra que el conocimiento no puede medirse fácilmente y que toda presunción de medición del mismo es superflua. Tal vez se pueda progresar en campos técnicos, como el estilo y la rigurosidad de la escritura o del discurso, sin que esto conlleve necesariamente a “escribir o hablar bien”. Tal vez se memoricen y mecanicen normas, por ejemplo en el contexto de la música, alcanzando un nivel de ejecución muy desarrollado, por ejemplo en el reconocimiento de ciertos sonidos y acordes. Tal vez se gane agilidad en los dedos al tocar un instrumento, o se logre organizar las palabras de manera cada vez más consistente, logrando convencer ―o al menos confundir― al interlocutor por medio de “argumentos”.

Pero la universidad no enseña a crear ni a pensar. Al contrario, es una máquina que aplasta al individuo e intenta condicionarlo a la estupidez de la repetición mientras le hace creer que “aprende” muchas cosas útiles.

Tal vez la adquisición y mecanización de ciertas prácticas de carácter técnico sean las únicas “competencias” que brinda la universidad: habilidades vacías si no son puestas en tela de juicio para explotarlas con fines personales, cosa que, por el contrario, le enseñan a uno que no debe hacerse. Que el progreso es colectivo y el trabajo es en grupo, que la sociedad nos necesita como parte productiva de su maquinaria… es como si uno se valorizara en tanto dejara de ser individuo, lo que es, para mí, profundamente inconveniente.

Para una persona que considera el aprendizaje un proceso personal y necesario para su desarrollo como individuo pensante, pero sobre todo, una fuente de placer muchas veces egoísta y excluyente, la universidad constituye el peor obstáculo imaginable.

Así que, según parece, algo útil sí aprendí en la universidad.

Imagen profesor por Ben Pearce

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@nykolai_d

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