¡Ey cabezón!

¡Ey cabezón!

9 de junio del 2018

Este viernes, en Barranquilla, la Policía Nacional capturó al cantante de música urbana “Mosta Man”, sindicado de concierto para delinquir, homicidio y microtráfico. Es decir, que este señor es más malo que tomar leche entera después de los 40 años.

Pero más malo, aún, es el nombre artístico del cantante. Confieso mi total ignorancia ante el significado de tal mote. Se que man, traducido al español, significa hombre. ¿Pero, Mosta? Averígüelo, Vargas.

Si nos dejamos llevar por el universo de las noticias, nos vamos a encontrar con un sub mundo que le ha dado vigorosidad a un “nombre que se da a una persona en vez del suyo propio y que, generalmente, hace referencia a algún defecto, cualidad o característica particular que lo distingue”. Me estoy refiriendo al ‘apodo’.

Hagamos contexto.

Desde hace siglos los apodos son utilizados para identificar, de buena o mala forma y como alternativa, a cualquier tipo de personaje. El ser humano tiende a caracterizar a sus coterráneos con palabras alusivas a sus defectos, sus virtudes, su ternura, su cariño, su genio o por molestia.

Existen apodos famosos y para famosos, por montones. Acá algunos:

  • ‘El manco de Lepanto’ (Miguel de Cervantes Saavedra).
  • ‘El Ché’ (Ernesto Guevara).
  • ‘Billy the kid’ (Henry McCarty).
  • ‘Platón’ (el nombre de este filósofo era Aristocles).
  • ‘Calígula’ (El emperador romano Cayo Julio César Augusto Germánico).
  • ‘Iván “El Terrible” (El zar Iván IV de Rusia).
  • ‘Scareface’ (Al Capone).

En Colombia, y basándome en mi experticia, los sobrenombres son usados para el deporte nacional por excelencia: ‘la mamadera de gallo’. El colegio, la universidad, el trabajo, la casa, el barrio y demás sitios de trascendencia ‘chibchombiana’ son los escenarios en los que los alias son creados, estipulados y enmarcados para goce y diversión de muchos.

Mis amigos de infancia y yo hacemos parte de ese grupo de ‘apodados y apodadores’. Por allá, a finales de los 80, nos dio por llamarnos con apelativos. Entre muchos, bautizamos al Perezas, al Sopas, al Orejas, al Muelas, al Gigio, al Frijol, al Chiqui, al Negro, al Lexis 22, al Flaco, al Ojón, al Kiko, al Cún Cún, al Lucho y al Yeyé. Pero uno de estos caballeros de esquina redonda nos hizo pasar vergüenzas, por no preguntarle, y risas cuando lo rebautizamos. Se llama Galo Molina; y todos, al conocerlo, asumimos que ‘Galo’ era su apodo. Es más, nos atrevimos a hacerle la siguiente pregunta:

– Galo, ¿y cuál es su nombre?

La risa no lo dejó contestar. En el momento de los seudónimos, colocarle uno fue difícil. Pero la genialidad de otro de estos quinceañeros exhaló, en mi concepto, el remoquete más brillante. Volvimos a preguntarnos:

– ¿Y qué apodo le vamos a poner a Galo? Porque qué nombrecito…
– Carlos Chávez contestó: algo diferente. ¿Qué les parece ¡ANDRÉS MAURICIO¡?

Las carcajadas no pararon. Días después, al verlo a los lejos caminando por las calles bogotanas, todos, al unísono, comprobamos la efectividad del calificativo. Él, Andrés Mauricio, simplemente giró y nos saludó al mejor estilo de un candidato político, con brazo erguido y sonrisa adolescente.

En época de colegio, sobraron: Chiquidrácula, Yoda, El Mono, Chiche e’ perro, Chiti, El Loco, Marranita y Tyson, entre muchos otros. Y en la Universidad, ni se diga.

Esta herramienta de identificación no ha sido exclusividad de tomadores de pelo. También ha sido virtud, por ejemplo, del grupo creativo de la Policía Nacional, a la hora de identificar bandidos y bandas criminales.

Muchas personas que le han hecho daño al país han sido reconocidas como Tirofijo, Timochenko, El Águila, Jorge 40, Monoleche, Don Berna, El Zarco, El Pija, El Paisa, Guacho, Nano, El Mago, El Indio, Tres Pelos, El Cojo y Popeye.

Los uniformados le han dado identificación a muchos de los grupos que estos malhechores integraron y que han sido la comidilla de los reporteros nocturnos. La lista está compuesta por una gran variedad de epítetos: Las Cabras, Los Callejeros, Los Llaveros, Los Tinteros, Los Taquilleros, Los Tercos, Las Arpías, Las Yayitas, Las Gatúbelas, Los Veguetas, Los Panguanos y Los Topos. Esperemos a que al redactor de motes no se le vaya la inspiración porque todos los días, en Colombia, un grupo es desarticulado o un ladrón atrapado.

Apodos hay de todos los tipos: positivos, negativos, buenos o malos. A mí me siguen llamando El Flaco, a pesar de mis 75 kilos de peso y una papada cuarentona que no se disimula ni con un cuello de tortuga. Mis hijas se apodan Lupe y Manu Chau; a mi esposa le digo More; a mi hermana, Mona; y a mi abuela, Cucha.

Además, su poder de recordación es destacable. Es más fácil identificar a Ricky Martin, que a Enrique José Martín Morales, como en realidad se llama; o a Chayanne, que a Elmer Figueroa Arce, como aparece en la cédula. El remoquete, definitivamente, nos da una mano.

¿Cuál es el verdadero nombre del capturado ‘Mosta Man’?
Les dejo la tarea de averiguarlo…

@HernanLopezAya

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