7 de marzo de 2012. Despierto como todos los días para ir a trabajar. Un recuerdo fugaz se me atraviesa de la nada en el espejo: hoy, 7 de marzo de 2012, mi prima María Luisa Botero Londoño cumpliría 25 años.
El 3 de octubre del 2005, un cáncer le arrebató el aliento. A la madrugada de ese lunes murió, rodeada de sus padres, de su hermano Miguel, de su novio, de su perro Bolombolo y de algunos otros familiares y amigos. No estuve presente en aquel duro momento para mi tía Luchi, para Mauro su papá y Miguel, su hermano, pero sí pude sentir a la crudeza de lo que es la vida, de lo que es la muerte, cuando, a las 3 de la tarde, llegamos tristes todos a la puerta de la iglesia donde sería la misa de su funeral .
Una corte de bombas blancas rodeaba el lugar repleto. No podía entender que hacían allí, en el atrio de la iglesia, donde cientos de personas aguardaban desoladas la llegada de la “Mona” como todos le decíamos. El contraste del luto con los globos inmaculados era surrealista. Nadie podía entender tampoco. Nos mirábamos unos a otros, desconfiados, incrédulos. Pero cuando Mauro llegó junto a mi tía, quien a su vez llevaba en sus manos las cenizas de Maria en una cajita, pude entender de lo que se trataba: “Vuela, Mona, ya eres libre del sufrimiento” dijo su padre, mientras todos soltábamos los globos al cielo.
Así de injusta es la vida a veces. Y así de cruda. Una niña que acababa de cumplir 18 años, con sueños de artista y músico, que tocaba la guitarra y cantaba dulcemente, que tenía un novio que adoraba y la adoraba y unas amigas con las que cantaba y pintaba, quiso planear su propio funeral. Paso a paso le indicó a su padre, días antes de morir (porque ya sabía que iba a morir, pues su médico le dio un pronóstico bárbaro y certero de un mes de vida) lo que quería que ocurriera ese día. Las bombas blancas fueron el comienzo.
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Yo supe que María Luisa había muerto porque, al despertar ese lunes, estaba el traje negro de mi papá puesto sobre la cama . Miré a mi mamá a los ojos, y sin decirme nada, me lo dijo todo. No pude decir nada , no pude llorar. Sentí el miedo de la muerte cerca de mí. Sentí dolor, sentí rabia, pero no dije nada.
A las 3 de la tarde debíamos estar allí. Luto, tristeza, remembranzas... Irónicamente, el sol alumbraba ese día .
Esa mañana, acompañé a mi hermana a recoger un trabajo de la universidad a un barrio industrial de Medellín. Mientras pasábamos por esas calles grises, invadidas de talleres mecánicos, cacharrerías, humo, ruido, basura, paredes sucias y muladar, recordaba que no hace mucho María Luisa, niña, se sentaba en piyama en la sala de mi casa a cantar con su guitarra.
“Dum dum mira como baila mi linda muchachita sobre la arena, El mar tiene que imitarla,se mueve al mismo ritmo de una sirena dum dum lalala, dum dum lalala, dum dum lalala, dum dum lalala”...
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Entramos a la iglesia. La gente se acomodaba como podía en las sillas de la pequeña iglesia (o parecía pequeña, para la cantidad de personas que allí se encontraban”. De repente, un sacerdote de no más de 30 años entraba desde la puerta hasta el altar. La estola que traía colgada al cuello tenía los 7 colores del arco iris. Aunque no sabía (y no sé) mucho sobre la moda de los curas, me pareció rara y colorida esa vestimenta para una ocasión tan sombría. También eso lo entendería después...
2003. Mis abuelos cumplen 50 años de casados. Entramos a la pequeña capilla de La Visitación. Mi abuela estaba radiante. Todos estamos allí, elegantes, contentos, felices. María Luisa y su amiga Amalia Uribe cantaron la misa. Recuerdo sólo el Ave María, ellas, y una guitarra. A mí se me estremece el alma. Al final de la misa, fotos, algunas palabras de mi abuelo que ya no recuerdo, celebración... Pocos meses después, también octubre, mi mamá irrumpe con fuerza en mi habitación. Sin medirlo, y sin pensarlo, sólo así, de golpe, entra y alcanza a decir, con la angustia a viva voz “María Luisa tiene leucemia” sin más. La miro más allá de los ojos verdes y grandes que tiene mi mamá “¿qué es eso?” pregunto yo “cáncer en la sangre” me dice ella. Tampoco esa vez digo nada. Me dejo llevar por los pensamientos.
María Luisa llevó su enfermedad con paciencia y mucho decoro por casi dos años exactos. Fueron pocas las veces que la visité en la clínica, lo confieso. De repente se me atravesaba un miedo, quizás infundado, de que al verla ella se pondría peor. No sé, no podría explicarlo con palabras, pero no pude ir las veces que quise hacerlo. La veía sí de vez en cuando en la finca de mis abuelos, en las Palmas, con sus ojos grandes y su piercing en la nariz. Recuerdo cuando recién se le había caído el pelo. Le dije yo a mi tía, casi en secreto: perdón tía por la pregunta tan superficial en medio de todo, pero, ¿no fue terrible la caída del pelo? Mi tía me dice: “nada de superficial. Fue terrible para ella. No quiso raparse, y por eso el pelo se fue cayendo poco a poco. Cuando la peinaba, me quedaba con el pelo en la mano”.
A pesar de todo, María Luisa quiso estudiar. Hizo dos semestres de diseño gráfico en la Colegiatura. La vi una vez sentada encima del billar que mi abuelo tenía en un extremo de la finca pintando con marcadores sobre una cartulina. Nadie ajeno podría creer que la niña rubia sentada allí, concentrada, dibujando, feliz, estaba siendo tentada por la muerte a cada paso. Irradió alegría y entereza hasta el final. Una lección demasiado dolorosa, una cachetada para los que la conocimos. Yo, por lo menos, la recuerdo casi siempre cuando me enfermo, cuando me quejo, cuando siento que se acaba el mundo por cualquier tontería. Ahí es que recuerdo que tenía una prima que cantaba y pintaba y sonreía a pesar de que la enfermedad se la llevaba a cada instante. Que tenía ganas de vivir. Una lección para la vida, para el resto de la vida.
La última vez que la vi fue también en la finca. Recuerdo que nos tomábamos fotos cerca de un kiosco. Ella parecía tranquila, siempre sonriente. Estaba sentada en el piso, y, al terminar, se paró y le dijo a mi abuelo, así, a quemarropa y sin pensarlo “Ay abuelito, me duele mucho el culo”.
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El padre da la bendición a todos los que nos encontramos allí. Desde el ala derecha de la iglesia miro hacia el altar. Orquídeas blancas adornan una foto grande de María Luisa en un portarretrato, justo en el centro. Todo es blanco. Quizás María Luisa entendió que la vida era un sinfín de contrastes, que no existía realmente ni el blanco ni el negro, que estaba la tristeza pero también la felicidad, el miedo y la valentía, y todos existían como una amalgama infinita de colores... por eso en la iglesia había blanco, había color, había flores, había música, a pesar de que los demás llegáramos de luto riguroso, tristes, con la pesada sombra de la tristeza inevitable, sin entender que eso estaba golpeando nuestra familia, de frente y sin pedir permiso.
Después de las lecturas de rigor, el padre Andrés explica el por qué de su traje multicolor. Días antes de morir, María Luisa fue por última vez al mar. El lugar escogido: San Andrés. Al sentarse frente al mar, sentenció a quienes la acompañaban : “el cielo es verdeazul, como el mar”. Al llegar a Medellín, cuando su sangre se tiñó definitivamente de muerte, curiosamente, los colores y la música invadieron su vida. En el último mes, dejó canciones como testamento y la promesa del cielo de 7 colores entre los que la querían. Además de eso, las condiciones específicas de lo que sería su despedida de este mundo . Por eso, el Padre Andrés la recordó así. Cambió el violeta lúgubre y riguroso de los funerales de antaño por el rojo, el amarillo, el azul celeste y el verde. No sé si por sugerencia de la propia María Luisa o como una rebeldía ante la tristeza . La misa siguió.
“Yo les tengo una sorpresa” dijo el padre Andrés al terminar la homilía. Todos, en la iglesia, cortaron la respiración. Se sintió un suspiro colectivo, un miedo intenso, pues, en el fondo, todos sabíamos de qué se trataba. Los acordes de una canción hicieron eco entre las lágrimas.
“Porque en cada sitio que estés, porque en cada sitio que esté, en las cosas que vives yo también viviré, porque en cada sitio que estés, no nos queda más que el destino, uno en brazos del otro es el destino”.
Y no, no era Laura Pausini la que cantaba. Ojalá. Era ella, María Luisa, retumbando las paredes de la iglesia con su poderosa voz grabada en un cd pocos días antes de aquel día. Ahí sí nos quebramos todos. Allí estaba, allí seguía. Era su promesa desde el cielo verde azul.
Al salir de la iglesia, el sol se escondía detrás de las montañas. El funeral de María Luisa había terminado. Nadie podía decir nada. Ya no valdría palabra alguna. Al día siguiente, después de otra misa en su nombre, pusieron sus cenizas en un osario en la Iglesia de San Lucas del barrio El Poblado, en Medellín. 7 años han pasado desde ese día.
Hoy sería su 25 cumpleaños. 7 de marzo de 2012. No hay más palabras, no hay más recuerdos. Solo un cielo verde azul para recordarla. Feliz cumple, María Luisa.
Para Mauro, Migue y mi tía Luchi, con todo el amor y respeto del mundo
Feliz cumple, María Luisa
Jue, 08/03/2012 - 03:24
7 de marzo de 2012. Despierto como todos los días para ir a trabajar. Un recuerdo fugaz se me atraviesa de la nada en el espejo: hoy, 7 de marzo de 2012, mi prima María Luisa Botero Londoño cumplir
