¿Está muriendo la filosofía?

9 de mayo del 2017

Con los avances de la ciencia y la tecnología que hoy nos acompañan, discutir sobre filosofía en el mundo contemporáneo puede resultar, para muchos, menos emocionante y de pronto menos importante que como debió serlo para el mundo que se asomaba a la modernidad, la época que les tocó vivir, por ejemplo, a Rousseau, a […]

¿Está muriendo la filosofía?

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Con los avances de la ciencia y la tecnología que hoy nos acompañan, discutir sobre filosofía en el mundo contemporáneo puede resultar, para muchos, menos emocionante y de pronto menos importante que como debió serlo para el mundo que se asomaba a la modernidad, la época que les tocó vivir, por ejemplo, a Rousseau, a Descartes, a Kant, la que despuntaba sacudiéndose el pesado lastre medieval de un control casi total de la Iglesia sobre las ideas acerca del universo, de la naturaleza, del hombre, de las relaciones entre ellos, y sobre la forma como estas ideas se presentaban en sociedad.

El rompimiento con esta hegemonía eclesial en el mundo de las ideas fue una condición central para el advenimiento de una nueva sociedad, en la que el pensamiento no era ya de propiedad exclusiva de una institución que había dejado de ser la mediadora entre la divinidad y los hombres -que querían alcanzar al morir las delicias del paraíso celestial-, para convertirse en el mayor sustento y justificación de las cada vez más aberrantes condiciones de dominación de las caducas monarquías.

En otras palabras, liberar las ideas del control feudal monárquico-eclesial fue una revolución cultural necesaria para sentar las bases de la revolución política que logró la caída del viejo régimen. Sin embargo, no sólo las revoluciones políticas van precedidas de grandes ideas en el plano de la filosofía sino también las científicas, aunque no aparezca a simple vista ante los ojos de todos.

La ciencia está profundamente enraizada con la filosofía; algunos siglos atrás, no había separación entre la filosofía y la ciencia. Además, la investigación científica está cimentada en principios filosóficos. Es innegable que todo lo que el hombre actual disfruta para hacer más agradable su existencia, está relacionado con el proceso de avance del pensamiento, con la profundización del conocimiento, que es en últimas el objeto de estudio y la razón de ser de una de las ramas de la filosofía.

Pero también encontramos que la tecnología -que no es otra cosa que la ciencia aplicada con fines prácticos-, transforma la realidad, modifica la manera en que la conocemos y puede llegar a incidir en el cambio de nuestros valores éticos, lo que la sitúa en otro campo de interés para la filosofía.

Registremos además el hecho de que los avances del conocimiento, los innegables y vertiginosos logros de la ciencia y la tecnología no puedan ser disfrutados por todos los seres humanos, pues buena parte de ellos están diseñados y reservados para quienes pueden pagar, en términos monetarios, sus costos, lo cual nos remite a otras cuestiones que puede abordar también la filosofía, a través de aquella rama que debe dar respuestas a los interrogantes de por qué existen la desigualdad social y la injusticia en el mundo, el porqué de la riqueza y el porqué de su antónimo, la pobreza.

En pocas líneas hemos descrito el objeto de estudio de cuatro áreas de la filosofía: epistemología, ontología, filosofía política y ética. La filosofía puede ayudar a transformar la realidad material en la que vivimos; eso lo entendieron los filósofos de la Ilustración que no sólo escribieron para ellos mismos sino para un circulo culto de la época y es innegable que esas ideas también, aunque tardíamente, llegaron a América y empujaron las revoluciones independentistas.

Las ideas tienen sus cajas de resonancia, algo que percibía Pinochet cuando en la época de la dictadura prohibió en Chile reuniones de más de dos personas, sabedor de que en las conversaciones circulan y se debaten las ideas, como sucede en las universidades, en los cafés, en reuniones gremiales y otros escenarios, incluso cuando tenemos los diálogos con nosotros mismos. Sin embargo, esto es algo que ninguna dictadura puede detener. Lo afirmaba Napoleón, poniéndolo en práctica “el que oprime las ideas trabaja en su daño”.

Si aplicamos estos conceptos a la situación actual de nuestro país, si miramos los acontecimientos nacionales con la lupa de la filosofía y de su papel transformador, sería conveniente adoptar una máxima planteada en varias oportunidades por el senador Jorge Enrique Robledo para responder a la pregunta de ¿cómo cambiar la situación de inequidad, de pobreza, de atraso, de corrupción a todos los niveles en Colombia?; ha dicho Robledo: “Los países cambian cuando los pueblos cambian y estos a su vez se deciden a cambiar a sus dirigentes”. Y es indudable que estos cambios se producen primero en las mentes de las personas, es decir, tienen lugar en las revoluciones culturales, las que se producen en la superestructura, en el terreno de las ideas.

Son las mismas transformaciones de las que hablamos al comienzo, las que preceden a las revoluciones políticas y a las revoluciones científicas. Por todo lo anterior, no resulta anacrónico, ni más faltaba, ocuparnos de la filosofía. Aunque sus enemigos, que no son pocos, denigren de ella tanto en la academia como fuera de ésta.

Donde quiera que el hombre esté, ahí estará la filosofía. Y donde quiera que haya cambios sociales y políticos, ahí estará la huella de las transformaciones en el pensamiento, las revoluciones filosóficas.

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