¿Dónde queda el paraíso?

¿Dónde queda el paraíso?

22 de abril del 2017

Por varias razones quiero hablar de Flora Tristán antes que nos cierre la puerta el mes de abril. Pero mencionaré dos: para recordarla porque nació en este mes, y porque he visto los recientes casos de feminicidios asociados a la decisión de la mujer de terminar con una relación conyugal, en un país que ha firmado casi todos los tratados internacionales en lo concerniente a los derechos de la mujer; quizás las leyes, aunque merman un poco los efectos de la violencia contra la mujer, no son suficientes. Estoy convencida que en un sistema económico generador de desigualdades es muy complicado luchar por la igualdad.

Hay una novela de Mario Vargas Llosa que se llama, “El paraíso en la otra esquina”. En él describe los rasgos esenciales de la vida de dos importantes personajes, Flora Tristán y Paul Gauguin, que comparten lazos de sangre, pero que tienen de la vida concepciones muy diferentes, aunque al final se encuentren en la idea de luchar por un mismo ideal, la libertad.

El título tiene gran sentido en esa búsqueda de la libertad como un bien esquivo, que siempre estamos a punto de encontrar, pero lo perdemos en el último instante; en efecto, el título se relaciona con un juego infantil que Flora solía jugar con sus compañeras de infancia, en el cual una de ellas se tapaba los ojos y otra le preguntaba: “¿dónde queda el paraíso?”, y la respuesta era: “en la otra esquina”; hacia allá se iba la niña que hacía la pregunta y el ciclo se repetía: los ojos tapados, la misma pregunta, la misma respuesta, sin encontrar el paraíso al que creían cercano. Como si jugaran ese juego, los protagonistas pasaron buena parte de su vida buscando la libertad, que tampoco encontraron, aunque muchas veces creyeron estar a pocos pasos de ella.

La vida de Flora Tristán tiene casi un sentido épico. Es la historia de alguien que lucha contra la corriente, contra todos los rezagos del mundo feudal que la Europa en la que nace y muere está dejando atrás, y en forma simultánea contra los excesos del capitalismo salvaje que está haciendo su aparición en forma desaforada. A Flora la obligaron a casarse con un hombre que no quería. Su vida sexual estuvo determinada por los afanes y los impulsos de un marido alcohólico que la violentaba a su antojo; hijos concebidos por fuerza y criados bajo un régimen de penuria y muy escasa afectividad. Y al igual que muchas de las jóvenes de su época, no tenía acceso a la educación, al arte, a la cultura. Su vida estaba supeditada a los oficios de servidumbre y la crianza.

El trato denigrante que le daba su esposo llevó a Flora a hacer algo que en su época era un grave delito: abandonar a su marido, lo que desató una persecución que sólo terminó con la muerte del “ofendido” varón; el acoso incluyó agresiones físicas, juicio ante los tribunales, cárcel e intento de asesinato que dejó como saldo una bala alojada en la humanidad de Flora.

Flora, es un personaje que se sobrepone a sus circunstancias y mejor no lo puede decir Virginia Vargas “Dio nombre a lo que no tenía nombre: violencia doméstica y sexual, violación en el matrimonio, derecho a una maternidad decidida, derecho al divorcio. Y también le puso nombre y rostro a la explotación de la naciente clase obrera del capitalismo industrial europeo de comienzos del siglo XIX”.

Pero Flora no sólo le dio nombre a lo que antes hacía parte del común vivir de la gente, sino que también luchó por transformar la sociedad en la que vivía; y entendió que ese cambio era con los que en ese momento también estaban siendo explotados, los obreros. Defendió la igualdad de hombres y mujeres e invitaba a la sublevación contra el sistema capitalista.

Flora murió sin ver totalmente culminado su trabajo, pero dejó sentadas las bases del movimiento de las mujeres por sus derechos, con la idea de que su liberación está unida estrechamente a la lucha de los trabajadores por su emancipación.
Casi dos siglos después su bandera sigue viva, pero la lucha no es sólo con los obreros, es con el conjunto de la población maltratada por los excesos de un sistema que favorece a un pequeño número de personas; sólo un 1% de la población tiene acumulada más de la mitad de la riqueza mundial. Si no nos tapáramos los ojos, el juego podría tener final, encontraríamos el paraíso en la otra esquina.

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