Reflexiones non-sanctas

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Reflexiones non-sanctas

15 de abril del 2017

Para reflexionar en estos días en los que Colombia y otros países de tradición católica celebran la semana santa, empecemos por decir que aunque modernamente se dedica al ocio y al disfrute de los placeres mundanos, solía ser aquella que el mundo católico dedicaba a rendir culto al dogma de la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo. Paradójicamente coincide hoy con la conmemoración del intento de linchamiento, casi una nueva crucifixión, de Galileo Galilei, a quien un tribunal del Santo Oficio de Roma, en nombre de la fe, inició el 12 de abril de 1633 –hace 384 años- un juicio por haber publicado el libro “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano” en el cual refutaba la cosmología geocéntrica y geoestática predominante y se mostraba a favor del heliocentrismo copernicano. Aunque el libro fue publicado con el permiso del papa Urbano VIII y gozó del beneplácito de la mayoría de los intelectuales de la Europa de entonces, no tardó en convertirse en la causa por la cual lo enjuiciarían.

El proceso inquisidor fue dirigido por el obispo Roberto Belarmino, quien también presidió el tribunal que ordenó, 33 años atrás, quemar en la hoguera al filósofo Giordano Bruno, por profesar y difundir la tesis copernicana y otras ideas que entraban en contradicción antagónica con las enseñanzas de la Iglesia, a la que perteneció como sacerdote dominico, expulsado por sus ideas a favor de la ciencia.

El juicio contra Galileo culminó con una condena a cadena perpetua, conmutada por arresto domiciliario de por vida por el mismo Papa Urbano VIII, que había sido su amigo, pero a quien los enemigos de Galileo convencieron de que la obra del genio florentino era un velado ataque a la influencia papal, lo cual lo llevó a aprobar el juicio y condena a su antiguo contertulio. Previamente a la condena, los inquisidores romanos habían obligado a Galileo, bajo amenaza de tortura, a declarar públicamente que sus tesis eran equivocadas y que la tierra era estática y constituía el centro del universo.

Para Einstein y para Hawkins, Galileo Galilei es el padre de la ciencia moderna. En efecto, este astrónomo, filósofo, matemático, ingeniero y físico italiano, hace innumerables aportes a la ciencia en el convulsionado mundo europeo que vivió la época de transición entre la edad media y la modernidad. Algunas de sus más notorias contribuciones científicas son: haberle dado al telescopio, invento atribuido al holandés Hans Lippershey, su mejor uso: la observación de los fenómenos del universo estelar, con lo cual pudo confirmar las teorías heliocéntricas de Copérnico, al descubrir los satélites de Júpiter, las manchas lunares, las fases de Venus, las primeras observaciones de los anillos de Saturno y de la superficie de la Luna. Encontrar una clara conexión del uso de las matemáticas en el proceso de descripción de los fenómenos naturales. Descubrir la resistencia de materiales y la fricción de una manera muy cercana a la que se utiliza en la actualidad. Formular la ley de la inercia y la ley de fuerzas que posteriormente Newton llevó a su más alto desarrollo y son conocidas hoy como la primera y la segunda ley de Newton, avances importantes en el campo de la mecánica. Describir el movimiento de los cuerpos de manera precisa. Y quizás lo más importante de todo fue darle carta de ciudadanía al Método Experimental, el eje que ha permitido el desarrollo de todas las ciencias que hoy existen, en particular la Física.

En esta vieja batalla de la ciencia contra el dogma, históricamente la balanza se inclina hacia la ciencia. El dogma es irracional, se considera verdadero sin exigir verificación y es peligroso tanto para la cultura como para la sociedad. La ciencia resulta mucho más sólida al acercarse a la verdad a través de la investigación rigurosa. Para todas las religiones, se llega a la verdad por medio de la fe, la revelación o las escrituras. Para la ciencia se puede llegar a la verdad por medio de la observación, la experimentación, en suma, por el método científico.

Pero no sólo la religión ha sido enemiga de la ciencia; según Mario Bunge, en el mundo contemporáneo hay siete enemigos de la ciencia básica, de los cuales quiero resaltar dos: el neoliberalismo, que ha venido imponiendo una política de disminución, cuando no de eliminación, de los recursos estatales destinados a la investigación científica, para entregar este campo al sector privado que determina cuándo la ciencia le resulta útil al propósito central del capital de contener la disminución de la tasa de ganancia; y el posmodernismo, al que considera como el mayor fraude intelectual de todos los tiempos, una de cuyas características es que “cuando no se tiene nada nuevo ni interesante que decir, basta decirlo en forma enrevesada para ser tomado como genio por gente ingenua y de buena fe.” (Prólogo al libro de Gabriel Andrade “El posmodernismo ¡vaya timo!”)

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