Gracias Petro por quedarme mal

27 de diciembre del 2012

Que el periodista debe andarse con pies de plomo con los políticos es un hecho sabido y comprobado, seguramente los políticos deben también andarse con mucho tiento con los periodistas pero ese es su problema. Digo esto porque en época electoral se me ocurrió comentar con amigos bogotanos la simpatía que me despertaba, entre los […]

Que el periodista debe andarse con pies de plomo con los políticos es un hecho sabido y comprobado, seguramente los políticos deben también andarse con mucho tiento con los periodistas pero ese es su problema. Digo esto porque en época electoral se me ocurrió comentar con amigos bogotanos la simpatía que me despertaba, entre los candidatos a la alcaldía de Bogotá, Gustavo Petro. Lo había entrevistado en alguna ocasión y me parecía un buen parlamentario; además, tenía otra característica muy interesante desde mi punto de vista. La posibilidad de que llegase al segundo cargo del país alguien procedente de la izquierda, en un país en donde la izquierda ha sido estigmatizada por la guerrilla, me parecía un signo de normalidad, de madurez democrática. Pero a la vista de su primer año de gestión y del absurdo embrollo en que metió a Bogotá en plena época navideña, convirtiendo innecesariamente la basura en un drama colectivo, no se me caen los anillos por reconocer que me equivoqué al pensar que Petro podría ser un buen alcalde.

A mayor abundamiento de lo que digo sobre los pies de plomo con que se debe pisar el campo de la política desde el periodismo, recuerdo aquí la presentación que me correspondió hacer de Samuel Moreno en Madrid. Acababa de ser elegido el candidato del Polo Democrático Alternativo y visitaba la capital española, cuando de la Casa de América en Madrid me pidieron que presentase al futuro alcalde de Bogotá. Procuré documentarme sobre el personaje y las referencias que obtuve de antiguos compañeros suyos en la Universidad de El Rosario no fueron las mejores.  Como tampoco era para hacerle el feo a la Casa de América, dependiente del ministerio español de Exteriores, y negarme a la invitación presenté a Samuel Moreno haciendo, como diría un taurino, una faena de aliño. Pude imaginarme que sería un mal alcalde, nunca que terminaría en la cárcel  por su desastrosa gestión.

Moreno, que fue duramente fustigado por Petro durante su mandato, además de varios delitos cometió en su infinita codicia (quizá más de su hermano que de él) el pecado de avaricia. Petro, además de sus muchos errores y por ahora presuntos delitos, en su ilimitada prepotencia ha pecado por soberbia. Por agnóstico que uno sea hay normas de conducta que son universales y que algunas religiones han delimitado muy bien. Ojalá los cinco pecados que restan de los enumerados por la iglesia católica como los mayores extravíos de los que hay que huir, no sean el distintivo de futuros alcaldes bogotanos, pues aviados van los sufridos habitantes de la capital colombiana si sus próximos gobernantes terminan empapelados por pereza, gula, lujuria, envidia o por la ira que, por cierto, es el más colombiano de los siete pecados capitales.

Yo por mi parte, debo dar las gracias a Gustavo Petro por acrecentar mi desconfianza en los políticos y encuentro ésta una buena oportunidad para evocar al gran Walter Cronkit, maestro de periodistas, icono de la televisión de todos los tiempos en Norteamérica. Se cuenta que fue tal su prestigio y ecuanimidad que, para muchos norteamericanos, Cronkite pudo haberse presentado perfectamente a las elecciones presidenciales de Estados Unidos y ganarlas…, sólo que nadie pudo decir nunca si se habría presentado por los demócratas o por los republicanos.

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