Con ganas de lanzarse por el inodoro

17 de julio del 2013

No me hablen de la academia. De cuánto debo hacer y de cuánto debo esperar para graduarme. Tampoco de maestrías, diplomados, TOEFL, DELF, TKT, C1, C2, puntajes, becas, el extranjero, aquí o en el sur, o allá donde la recesión amenaza. Menos acerca de trabajo, de experiencia, hojas de vida, certificaciones, $11.000 la página editada, la hora dando clase, con suerte quizá $25.000. Resulta aterrador, contradictorio y dan ganas de lanzarse por el inodoro.

Tampoco me hablen de literatura. De sus personajes indelebles, sus citas precisas, autores de Rumania, Hungría, Lajos Zilahy, el presumible Shakespeare, el asqueado Benedetti, el mal leído Cortázar y su Maga. Ella me lleva a Amélie y los tracks de Yann Tiersen: Deben saber, niñas, que ustedes no son ni la Maga ni Amélie y que no es cool, culto o hipster escuchar a Tiersen. Tampoco ––en medios hipster–– quiero saber qué comics leen, han leído, les recuerda a su papá, son buenos, innovadores, hechos por un pequeñito del Perú o por un sorprendente barbudo de Argentina. O acerca de sus viajes: Villa de Leyva, San Andrés, el atestado Carmen de Apícala, sus quintas de baldosas que no se calientan ––“las trajimos de Cartagena”––, sus paseos en lancha, en pony, en avión, sobre sus píes, caminatas seudo-hippies, qué rudos, no lo quiero saber.

O si son geeks, gamers, sus gadgets, iPhone, Samsung, Lumia, PS3, Xbox; intelectuales, aprendices, ni lo uno ni lo otro; cristianos, ateos, agnósticos, de mente Zen, del año del mono o la rata; amantes de la cerveza, del vino, del inevitable whiskey, de la leche antes de irse a dormir; de la ecología sostenible, de la ingeniería sostenible, de la explotación sostenible; de lo insostenible como la poesía o ese millar de Legos que nunca tendré; no deseo saberlo.

Dads are the original hipsters, Tumblr, Kienyke

Nada sobre marchas, pedreas, gas lacrimógeno, molotov, pliegos, parlantes averiados, mequetrefes, saltimbanquis universitarios, la Mane y aquel mechudo que NO me representa.

Ni siquiera de Sharapova, ¡cómo grita ella!, o de Kaya Scodelario, pasarelas con ángeles, y ese repetido bamboleo de una perfección que no debe ser nuestra. Esto resulta doloroso e impotente.

Sobre sus hijos, ¡oh, las fotos de sus hijos!, cuando “hablan” por ellos en las dichosas fotos, “Acá estoy comiéndome un helado”, qué alegría, pero no quiero saberlo. O sus planes a futuro, el hombre decente, atlético y conservador que espero; la mujer tipo She Walks in Beauty (poema de Lord Byron, pero no me hablen de literatura) que no sea indecisa, inestable, llena de miedo, selectiva hasta el hastío y, sobretodo, que no dé cantaleta; la casa de interés social en los limítrofes de una ciudad que se esparce como la sangre, el perro blanco y crespo, y sus dos genéticamente perfectos niños que, si tienen suerte, nunca llegarán a escribir algo como esto. O el reverso que no indica contrariedad, mejor aún dicotomía: El futuro “viajero”, quizá adopte un niño, quiero pocos muebles, un apartamento en el Park Way, Chapinero Alto, si acaso logro sobrevivir en este país, porque sería perfecto vivir en hoteles. Y aunque lo comparto, ni siquiera quiero oírlo.

Es suficiente fastidio en un escrito. Un fastidio que ya en esta línea sobra aclarar, pero para evitar confundir al lector –uno sobre el que tampoco deseo saber–, expreso que este post no fue hecho con odio: solo con un fastidio tan grande que alcanzaría para, repito, lanzarse por el inodoro.

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