James P. Allison y Tasuku

27 de octubre del 2018

Por Camilo Villegas

James P. Allison y Tasuku

El Grupo Éxito es El Grupo Éxito porque lo sabe todo acerca de sí mismo. Sería absurdo que un empleado de esos que te pregunta que si ya tienes la tarjeta éxito recibiera un Nobel por averiguar el número de tiendas que tienen sus jefes repartidas por todo Colombia. Lo mismo podríamos decir del Grupo Nutresa, Avianca Holdings o Cementos Argos, empresas complejísimas, pero cuyo funcionamiento es de sobra conocido por sus gestores.

De ahí que no padezcan problemas de identidad. Sería muy difícil que Chevrolet se despertara un día creyendo que es la Renault, mientras que cualquiera de nosotros puede, en cambio, amanecer convencido de que es Álvaro Uribe. Muchas de esas empresas están repartidas por la geografía nacional e internacional sin que las diferencias de lengua o de sistemas políticos les afecten lo más mínimo.

Una vez hice un cálculo de los metros cuadrados del Grupo Éxito y resultó que, una vez sumados los de todos sus establecimientos y grandes superficies, tenía el tamaño de una localidad como la de Usaquén cuya geografía se encuentra minuciosamente dosificada por aquí y por allá. Pese a ello, no sufría esquizofrenia alguna. ¿Por qué? Porque sabe quién es.

Digo yo que si nosotros fuéramos nosotros deberíamos estar al tanto de cómo funciona el cuerpo humano y como contrarresta las infecciones. Pues no, ni idea. De hecho, acaban de dar el Nobel de medicina a un par de señores: James P. Allison y Tasuku Honjo que han descubierto un montón de cosas nuevas, entre ellas cómo aprovechar el sistema inmunológico del cuerpo para combatir el cáncer. Y quien habla del cáncer habla del aparato respiratorio o del circulatorio. No sabemos qué se enciende cuando se activa o se desactiva un gen, que es como no saber dónde están los interruptores de la luz de tu propia casa. El hígado es un misterio, el riñón son dos misterios, el trigémino son tres misterios, lo que viene a ser como si Google ignorara a qué se dedica. Así las cosas, resulta patético que yo pretenda ser yo, o que nosotros estemos convencidos de ser nosotros.

Es tan evidente que somos otros que ya da pereza repetirlo. Y si estoy seguro de ser otro, pues aún no he logrado averiguar por qué me dan ganas de rumbear los miércoles ni por qué me enamoro ni por qué me produce asco la política, quién me manda a mí ser colombiano o brasilero o mexicano. La pregunta correcta no es quién somos, sino de quién somos, para quién vamos, para quién venimos. Qué raro es todo esto.

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