La autoridad siempre marcará la diferencia

15 de julio del 2019

Opinión Grupo Valdivieso

La autoridad siempre marcará la diferencia

Foto: Freepik

Cuántos padres nos preguntamos a diario sobre cuál será la mejor herramienta para formar hijos exitosos y de bien. Cuestionamos permanentemente nuestros métodos y por ende los resultados de los mismos. Nos sumergimos en dudas interminables. Debatimos frente al espejo si somos un verdadero ejemplo a seguir para los hijos. Tenemos sentimientos de culpa por la falta o el exceso de acciones en su cuidado. Pasamos de la alegría absoluta a la ira casi incontrolable por sus acciones en instantes. La respuesta: TODOS. Sin importar la clase social, el nivel de escolaridad o el número de hijos, los padres y madres que habitamos este mundo, hemos enfrentado, si no todas, alguna de esas incertidumbres y miedos.

Somos afortunados, nos ha sido encomendada una tarea enorme: entregarle a la sociedad buenas personas. Más allá de profesionales con 20 idiomas, seis carreras y un currículum extraordinario, el mundo necesita de excelentes seres humanos. ¿De dónde sacarlos? Del hogar, del amor con exigencia, de una crianza basada en autoridad. Ahí estuvo, está y estará la diferencia. Un niño que respeta la autoridad de sus padres, será un adulto coherente, sano, digno, virtuoso. 

Pero ¿qué es la autoridad?, es esa cualidad que lleva a que los juicios, recomendaciones y decisiones de los padres, sean aceptados “voluntariamente” por los hijos. Ahí está el secreto. La autoridad no se impone, se imparte y se acepta, punto final. Por supuesto que no siempre es recibida con alegría y entusiasmo, pero se da de una manera tan natural y respetuosa, que pese a la inconformidad y frustración que causa, es aceptada.

Históricamente este concepto se ha visto opacado por extremos que nada tienen que ver con su fin principal. Miles de familias funcionan por medio del maltrato, gritos y amenazas que se traducen en autoritarismo. Padres que ofenden, golpean o utilizan el miedo como su principal herramienta para amedrentar a sus hijos y conseguir que sigan sus directrices.  

¿Cómo se puede entender que quien más me ama, es quien más me maltrata? Primer grave error, los niños y jóvenes que viven y sufren estas situaciones, casi con seguridad, llegarán a ser  adultos inseguros, agresivos, rebeldes; personas repletas de odio y lo peor, buscarán refugio en situaciones peligrosas: drogas, grupos delincuenciales, tribus urbanas y hasta el suicidio. 

Por otro lado están quienes en una onda de “mejores amigos de sus hijos” entregan las banderas del hogar a sus subordinados, o esos padres que por falta de tiempo o con aires de hippies setenteros, apoyan ciento por ciento, una forma anómala de entender el concepto  de libre desarrollo de la personalidad, cuando en realidad ocultan su incapacidad para decir NO. La permisividad no establece normas, no controla horarios y llega al peligroso ridículo de producir adolescentes de 50 y 60 años saliendo de fiesta extrema con sus hijos, o apoyando el consumo de alcohol, cigarrillo y hasta drogas, en casa, porque “mejor que lo haga conmigo y no por fuera con desconocidos”. 

Segundo error. El exceso de tolerancia tampoco educa. Estos niños que crecen con abundancia de consentimiento, serán adultos caprichosos, inconformes permanentes ante las vicisitudes cotidianas. Sentirán que la vida se acaba al no conseguir un empleo, al no poder comprar un carro, ante la negativa de una posible conquista. El NO forma personas resistentes a la frustración. Los niños y jóvenes deben oír centenas de veces esta mágica palabra en sus hogares, y no por castigo, porque así es la vida real. Está llena de situaciones incómodas e injustas, que sólo se enfrentarán correctamente si en casa nos muestran que el NO también es una respuesta.

Y ni qué hablar de los padres sobreprotectores. Son aquellos que por evitar cualquier dolor, queja o el conflicto mismo, quisieran encerrar a sus hijos en una cúpula de cristal. Estos padres corren al rescate frente a cualquier olvido, hablan por ellos, solucionan sus problemas. Y al ser adultos, pagarán sus cuentas, los colegios de sus nietos e intercederán en los conflictos con sus nueras y yernos. Es poco alentador ver  niños de 10 años que no saben amarrarse los cordones, vestirse o comer solos. Y esto nada tiene que ver son el nivel socioeconómico de la Familia. Sin importar el número de personas de servicio que ayuden en casa, existen tres hábitos básicos que forman hijos responsables e independientes: 1. Tender la cama. 2. Recoger sus juguetes. 3. Hacer sus tareas. En todas podemos guiarlos y acompañarlos, pero no hacer su trabajo. Tercer error. El exceso de cuidado hará de nuestros hijos, seres egocéntricos, dependientes, inútiles, e insatisfechos.

Ninguno de los extremos expuestos tiene que ver con Autoridad. Y es tan complicada la situación que la mayoría de familias van de un lado para otro. Pasan de una palmada y un grito por un berrinche en pleno centro comercial, a ceder por pena porque la gente está mirando y terminan el día con pijamada en la casa, porque está castigado, pero es un niño y cómo quitarle sus amiguitos. 

La Familia es un campo de entrenamiento para la vida que funciona 24 horas, 7 días a la semana. Nunca para, no tiene horario para la siesta, no descansa. Los padres somos los primeros y principales educadores de los hijos. De nuestra labor depende el mundo entero, sin exagerar. ¿Qué personas le estamos entregando a la sociedad? ¿Qué gobernantes estamos guiando para nuestros países? ¿Qué padres estamos formando para nuestros nietos? Todo está conectado. 

La Familia es la base, es el centro, es el todo. De allí han nacido los más grandes líderes, pero también los seres más despreciables y peligrosos. ¿Qué hijos estamos formando? ¿En qué bolsa los estamos metiendo? Lejos se trata de buscar perfección, pero ya es tiempo de entender que la crianza exige Autoridad. No somos los amigos con experiencia de nuestros hijos. No bajemos de categoría, somos PAPÁS.

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