La camiseta blanca

24 de marzo del 2011

Uno de los cinco mil doscientos setenta y tres defectos que tengo es el Alzheimer. Hay quienes le llaman enfermedad, algunos creen que es un plato típico muy parecido al sancocho y otros tantos juran que es un monstruo que habita debajo de sus camas. En mi caso, como ya lo dije, es un defecto de fábrica.

No tengo la menor idea de cómo funciona el cuerpo humano, no soy doctor, y, aunque cuando chiquito quise ser veterinario, deseché esa idea al saber que era probable ser el médico de cabecera de tanto animal que hay por ahí suelto: no me imagino estar atendiendo al chandoso, pulgoso y maloliente de Andrés Felipe, a la rata de Iván o al Gorila de Hugo. A la única que atendería gustosamente es a la loba de Shakira, a ella sí le haría una valoración completa. A ella y a unas cuantas perras que andan por ahí en la televisión. Sea el momento para enviarle un afectuoso saludo a Sara.

Decía que no tengo idea del funcionamiento del cuerpo humano, pero, hablando desde la ignorancia, me atrevo a decir que mi alzheimer no es una enfermedad sino un simple defecto de fábrica. He analizado mis síntomas y no son tan graves: solamente no recuerdo donde dejo las llaves a sabiendas que siempre están en mi bolsillo trasero –como supondrán, ese es el último lugar donde las busco-; tampoco recuerdo por ahí un par de fechas importantes; me falla la memoria cuando tengo que hacer trabajos de la universidad; y en los parciales, siempre me acuerdo de lo estudiado ya cuando he salido de ellos, un poco tarde pero me acuerdo al fin y al cabo.

Fiel a este defecto, un día me acordé tardísimo que tenía que llevar una camiseta blanca al colegio. Yo cursaba grado once y la idea era estampar unas camisetas con motivo del retiro espiritual que íbamos a realizar en días próximos –que de espiritual no tuvo nada, para serles sincero-.

-¡Mierda! –grite exaltado. Así como cuando uno se acuerda que no ha comprado la camiseta que tiene que llevar al otro día al colegio, así.

Mire el reloj y vi que eran las 8:10 p.m. Me azaré de inmediato, volví a mirarlo y efectivamente seguían siendo las 8:10 de la noche –como si volviendo a ver el reloj, este fuera a marcar unas cuantas horas menos-.

Sin saber qué hacer, acudí a la única persona que suele sacarme de esta clase de eventualidades: el ‘Fi’ –se prenuncia “fai” y es un amigo que aunque me lleva 10 años, siempre me ha querido como un hermanito-. Cuando lo llamé le dije:

-Ve Fi –con ese acento caleño que yo tengo-, mañana debo llevar una camiseta blanca al colegio y aun no la he comprado. Llévame porfa ahí a HERPO –era para el retiro ese y yo no pensaba meterle más de cinco mil pesos a esa cosa.

Herpo es un almacén de Cali donde venden ropa barata, como el Malca en Bogotá.

-Venga pues lo llevo, pero al Éxito –nunca supe que parte de “llevame a Herpo” no había entendido, aun así le hice caso.

-Está bien, al fin y al cabo la que paga es mi mamá.

En esas fui a la habitación de mi mamá y lo comenté al respecto:

-Hola Má, mira que para el colegio tengo que llevar una camiseta blanca, dame y voy de una vez por eso. ¡No es para Mañana no! Pero igual yo la quiero comprar de una vez. No vaya y se me olvide después.

-Ay Julián ¿Y por qué a esta hora?

-No, no sé. Pues voy a aprovechar que César va para el  Éxito.

¿Quién me dice que el Fi no iba pal EXITO? No suelo decir mentiras, no vayan a pensar mal de mí, pero por ahí dicen que los artistas recurrimos –y me monto en ese bus- a ellas para decir la verdad.

-Bueno, saque la tarjeta del bolso –me dijo mi querida madre- la clave es 3987.

-Listo Má, ya vengo.

Cuando llegamos al EXITO de una nos dirigimos a la sección de Hombres, buscamos la camiseta y fuimos a pagar.

-Buena noche –me recibió una cajera lo más de simpática.

-Sí, buenas noches –le respondí haciendo énfasis en las eses (las letras).

-Buena noche –con sus ojotes abiertos me volvió a decir la muy-muy, dizque corrigiéndome.

Gracias a los libros y revistas que me devoro, al Profesor SúperO y a una que otra lectura que hago por ahí, puedo decir que mi ortografía es sobresaliente en el sentido de que sé cómo se dicen las cosas. Por ejemplo, queridos amigos, ¿ustedes sabían que el participio pasado del verbo imprimir es irregular? Por lo tanto se puede decir: “aun no he imprimido el trabajo”, frase por la que siempre me gano un par de abucheos de algunos ignorantes que estudian conmigo. Podría quedarme aquí diciéndoles un poco de gazapos idiomáticos que cometen algunos –los cuales los aprendí viendo el Profesor SúperO- pero no quiero desviarme del tema, tampoco es mi intención quedar aquí como el más entendido del idioma, sabiendo que me falta muchísimo pelo para la moña.

Volviendo a la cajera, no tuve más opción que decirle:

-Vea, corríjame cuando sepa ¿bueno?. No sea ignorante, “buena noche” está mal dicho. Así la noche sea solo una, la salutación correcta es “buenas noches”.

Al ver que no tenía ni idea de que le estaba hablando, al ver que no sabía el significado de ignorante y mucho menos de salutación, no hice más que pasarle la camiseta para que la registrara.

-Son $17.500 –me dijo la cajera, a quien de ahora en adelante la identificaremos como “la ojona”.

Le pasé la tarjeta.

-¿Y la cedula?

-¿Cuál cedula? –le dije a “la ojona”.

-Pues la del titular de la cuenta, ¿No la trajistesss?

-No, ¿pero para qué la cedula? No es tarjeta de crédito.

-Si, vea, aquí dice -me señaló con el dedo.

-Sí, ahí dice: Banco de Crédito (ahora Helm Bank), pero la cuenta es de ahorro.

-Bueno, igual necesito la cedula.

-No, ¿cómo así? –ya me estaba exaltando- ¿a usted que le está pasando? ¿Cedula pa’que? Eso es de mi mamá, ella me la dio, yo me sé la clave y todo.

Por fortuna el Éxito estaba un poco vacío, lo cual ayudó para que el supervisor de cajas me ecuchara.

-Buenas noches –me saludó.

-Buenas –le contesté-

-¿Cuál es el inconveniente?

-Lo que pasa es que aquí la señorita –lo cual siempre estará en duda- no me quiere recibir la tarjeta dizque porque no tengo la cedula.

El supervisor, un poco barrigón el hombre, revisó la tarjeta minuciosamente -como si nunca hubiera visto una-.

-Recíbale la tarjeta –le dijo a “la ojona”.

-Muchas gracias, señor, usted si es muy amable.

Sacando pecho miré a mi alrededor para constatar si aquella feroz batalla también había tenido otros testigos presenciales. Pero no, casi no había gente.

-Ay vea, no tiene fondos –dijo “la ojo” con una risita mal disimulada.

-¿Qué?

-Espere la paso otra vez –me dijo- fondos insuficientes.

No me crean tan marica. Tanto que me exalté, tanto que peleé, todo el show que hice para defender mis derechos y ahora resulta que esa bendita tarjeta no tenía ni siquiera diecisiete mil quinientos pesos. El colmo.

Que ridículo el que me hizo pasar mi mamá. Lo malo no fue hacerme quedar como un culo, lo grave es hacerme quedar como un culo frente a “la ojona”.

Gracias a Dios el Fi tenía $20.000 en el carro. Fue por la plata, volvió y le pagó a “la ojona”.
Cuando llegué a la casa recordé que yo también me he equivocado con mi mami, y al preguntarme cómo nos había ido, no tuve más que respirar hondo y responderle que bien. Que le debíamos veinte mil pesos al Fi y que esa doble-triple-catre-setenta-hijadesumadre tarjeta no tenía plata.

-Jajaja –soltó la carcajada- que pena papi, eso fue que te di la tarjeta equivocada. Tome, vaya llévele a César –así se llama el Fi- y dígale que muchas gracias.

-Eso hice, le llevé la plata al Fi y le dije que muchas gracias.
Lo peor es que aquí tengo la camiseta al lado, nunca estampamos nada y hoy en día la utilizo para sonarme los mocos.

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