La chica de la Antártida

9 de enero del 2020

Por: Camilo Villegas.

Frío

Viendo una película en el sofá, abrazado a la cintura de una chica como el pasajero de una moto al conductor, decidió emprender un recorrido imaginario alrededor de sí mismo espalda abajo, comenzando en la nuca. Se trataba de un ejercicio habitual, que llevaba a cabo para entenderse, aunque cuando regresaba al punto de partida, después de haberse dado una vuelta, continuaba sin entender el porqué de todos aquellos accidentes corporales: las nalgas, con su fosa abisal, los testículos, con sus masas escrotales, los muslos, y las rodillas, dotadas de un engranaje llamado rótula, forrado en piel, aunque en los museos podía verse al descubierto. Más allá, bien abajo, los tobillos como un presentimiento de los pies, abiertos en cinco dedos irregulares cada uno.

Más tarde, ya en cama, repitió el ejercicio del sofá, al alcanzar la zona del vientre se equivocó de camino y rodeó el de la chica, que permanecía pegada a él como la primera página de un libro a la segunda. Notó algo raro, pero no supo qué. Y luego al llegar al pecho y extraviarse entre los senos de ella pensó que quizá había descubierto dentro de sí un continente nuevo. “He llegado a la Antártida”, se dijo, “no acaba uno jamás de recorrerse, somos inacabables, raros”. Pero le dio miedo la idea de perderse en aquellos territorios corporales, que parecían propios y ajenos a la vez, así que regresó corriendo a la nuca por el mismo camino por el que había venido y al poco tiempo se quedó dormido.

Al otro día, mientras se preparaba un café, observó el escote de aquella chica, que llevaba una pijama en bata muy amplia, y comprendió lo que había sucedido. La Antártida se encontraba entre aquellos dos pechos por los que descendía a los misterios del vientre de ella como si buscara algo suyo. Entonces supo que esta experiencia de ser uno sin dejar de ser dos constituía una forma de pasión. Pero no dijo nada, por modestia, y para saborear a solas el secreto.

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