La ciencia contra el mito: ¿una batalla política?

La ciencia contra el mito: ¿una batalla política?

6 de abril del 2017

Un rasgo común a los filósofos que los tratadistas agrupan como “los presocráticos”, es el rompimiento con la concepción mítica del mundo que predominaba en la antigüedad y que los aedos (poetas que componían sus propios versos), como Homero y Hesíodo, esparcieron por el vasto territorio que los griegos colonizaron en su época de esplendor. Todavía tenemos a nuestro alcance las grandes tragedias griegas, donde los Dioses más que espectadores viven las historias de los humanos. La Ilíada es un ejemplo claro de ello: la batalla no sólo se libra entre los hombres sino también entre los Dioses.
Contra esa forma de narrar la historia se rebelaron los filósofos presocráticos. Tal divorcio permitió, primero, que estos filósofos pensaran más allá de los mitos y las glorias surgidos de las guerras; y segundo, que avizoraran la posibilidad de encontrar el conocimiento de la realidad. Su preocupación fundamental fue encontrar la sustancia de la cual estaba compuesto todo lo que hay: Heráclito dijo que el fuego; Anaximandro señaló que el principio de los seres es indefinido; Anaxímenes propuso que el aire, y Tales de Mileto planteó que el principio vital era el agua, pero además fue el primero en explicar científicamente el fenómeno del eclipse solar, como un ocultamiento del sol por la luna y no como un hecho mágico-religioso.

Este alejamiento del mito que hicieron los presocráticos abrió camino para que filósofos tales como los sofistas, Sócrates, Epicuro, Platón y Aristóteles, entre otros, se plantearan nuevas inquietudes. Casi contemporáneo con Sócrates, mucho antes que Aristóteles, ya Epicuro con sus estudios e investigaciones sentó cátedra alrededor de planteamientos que pretendían explicar los fenómenos de la naturaleza con base en la observación, para sacarlos del ámbito de la astrología, la superchería y la religión y acercarlos al terreno de la razón, sentando las bases de lo que más adelante sería la investigación científica. En lo relativo al conocimiento, el filósofo señala que investigar los fenómenos naturales y llegar a una explicación sobre sus orígenes, es lo que proporciona la felicidad al hombre.
El pensamiento crítico supera a todas las doctrinas basadas en el dogma. Antes de que surgiera, las personas creían y obedecían, no osaban dudar de las afirmaciones venidas de sus gobernantes o de sus líderes religiosos.

Pero, ¿a qué viene esta reflexión? A señalar que aunque hemos cambiado mucho desde la antigüedad hasta la época presente, hay un rasgo que todavía sobrevive en estas sociedades donde escasea el pensamiento crítico y es que todavía un gran número de personas cree a pie juntilla en lo que los gobernantes, los líderes religiosos y los jefes políticos les dicen. Y el gran negocio para esta élite de “manejadores de opinión” es mantener a la población lo más alejada posible de la realidad. Así es como logran perpetuarse en el poder, pues en cada elección, que le da a esta nueva forma de esclavitud la apariencia de una democracia, las mayorías alienadas votan por los mismos personajes o sus sucesores, que aplican idénticas políticas económicas y sociales para favorecer a unos pocos y acrecentar la desigualdad.

Mantener a la mayoría en la ignorancia, va de la mano del menosprecio por la ciencia, que en nuestro país sigue siendo la eterna cenicienta: el escaso presupuesto que se destina a las políticas oficiales de fomento y desarrollo de la ciencia y la técnica se reduce cada año, como se evidenció en el reciente anuncio que hizo muy orondo el Presidente Santos sobre el desvío hacia la construcción de vías terciarias de 1.3 billones de pesos destinados a ciencia y tecnología; y de contera, los escasos recursos que aún quedan para fines científicos resultan siendo invertidos en asaderos de pollo y “spas”, como lo denunciaron recientemente diversos diarios.

En la sociedad del conocimiento, la inversión en las personas, lo que se denomina capital humano, fomenta el crecimiento económico y el bienestar social. El conocimiento científico sirve para disminuir la desigualdad y la pobreza, para combatir enfermedades, para prevenir muertes y pérdidas económicas por desastres naturales, como los acontecidos hace poco en el Perú y en Colombia (Mocoa); también ayuda a la emancipación en sociedades opresoras, como ocurrió con la Expedición Botánica en la época de la Colonia. Por eso, muchas veces, hay líderes políticos que se enfrentan a su divulgación y desarrollo; la célebre neurobióloga italiana Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina, trabajaba en la clandestinidad en la época del fascismo italiano. En la sociedad del conocimiento no sólo se requieren profesionales bien formados sino también la tecnología adecuada que les permita estudiar mejor la realidad. La importancia económica del conocimiento en estas sociedades es esencial.
Las políticas científicas y tecnológicas deberían ser un eje principal del modelo socio- económico en nuestro país, si se pretende salir del subdesarrollo. Además, debe ser una política científica que tenga una perspectiva social y democrática. Seguir apostándole a una sociedad de la ignorancia nos aniquilará totalmente como país. Los desastrosos resultados de la acción de nuestros gobiernos, que además de malos son corruptos, los estamos viviendo en carne propia. Y no hace falta enumerar la eterna lista que ya todos conocemos.

Mi pregunta final es ¿A quién le darán su voto, a los mismos enemigos de la ciencia y el progreso, a los corruptos de siempre? O, como dijo el periodista Juan Gossain “En las elecciones del año entrante sigan vendiendo su voto; sigan vendiéndole el alma al diablo. Yo, por mi parte, seguiré cantándole la tabla al lucero del alba porque sé muy bien que el palo no está para cucharas.”

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