La Colombia que ilusiona

La Colombia que ilusiona

12 de junio del 2019

Creo que la tusa por Pékerman está llegando a su final. Le estamos abriendo la posibilidad a ese paquete de caramelos que se llama ‘Copa América’, que nos va a permitir dejar el recuerdo canoso atrás y nos va a facilitar la manera decente de decirle al viejo querido: millones de gracias por lo que nos regaló; por lo que les enseñó a los jugadores colombianos que trató; y por habernos llevado a dos mundiales que serán eternos en el imaginario colombiano del fútbol.

El primer dulce, en mi concepto, lo abrimos contra Panamá. Fue ese que no es tan deseado pero que sirve para engolosinar el paladar y motiva a seguir metiendo la mano en la bolsa. Tres goles, uno del tigre; un palazo de James; y un Cardona recuperado como ese hijo errante que vuelve a la casa, comenzaron a dar luces de lo que puede ser este onceno del entrenador portugués, adepto de los anuncios en video y amante del 4 – 3 – 3.

El segundo fue contra Perú; un equipo agresivo, con jugadores fuertes que salieron dispuestos a hacer respetar su casa: el estadio Monumental, de Lima. En los primeros 20 minutos del cotejo los peruanos les metieron la mano a los cafeteros; instantes después, Colombia comenzó a acomodarse, una constante en los enfrentamientos del onceno amarillo.

El primer gol fue en el minuto 23, en una jugada polémica; los involucrados fueron James y Uribe (el bueno) quien, en mi concepto, fue el mejor del partido. No obstante, hasta ese momento, la sensación era de falta de colectividad y anhelo de individualidad para darle vuelta a la situación. Así terminaron los primeros 45.

El segundo tiempo se convirtió en el dulce de cereza del paquete, por el que todos se pelean. Cambios acertados y ganas fueron la constante. Dos centrales serios que marcaron territorio (Davinson y Mina); un Stefan Medina que se quitó la sal y cerró bocas (gran reemplazo de Santiago Arias); un James virtuoso, jugando como punta; Mateus repitió en el marcador; y Duván Zapata anotó su primer gol con la Selección.

Fueron 94 minutos que dejaron como enseñanza que Falcao, sin pases, no puede representar su mejor versión; que a Cuadrado, en ocasiones, le ganan las ‘ganas’; que Ospina es indiscutible; que Tesillo es sorpresa; que Davinson sigue siendo el más rápido; y que Queiroz empezó a meterse en el corazón de quienes somos hinchas eternos de estos ‘pelados’.

Lo otro que queda (aparte del fútbol y con mirada ‘pseudo banal’) es: que, seguramente, las boletas para ese partido fueron más baratas, porque fueron 40 mil personas a un estadio al que le caben 60 mil, sentadas; que la cancha estaba bonita, pero las tribunas feas; que la cámara multidestino de la transmisión, es decir, la que va de un lado a otro, estaba desbalanceada o el sol le estaba pegando muy duro y la imagen se veía muy blanca;  que Queiroz utiliza una camiseta de cuello en v, abrazado de un blazer de talla grande, en todos los partidos; que los peruanos siguen siendo ‘patas bravas’; que Gareca sigue cogiéndose el pelo cada vez que uno de sus jugadores la embarra; que hizo falta la foca Farfán; que Javier Hernández Bonnet sigue haciendo comentarios desacertados; y que, definitivamente, no hay nada comparado a compartir un partido con una esposa que sabe de fútbol (menos mal).

Ahora viene lo duro. Porque el primer rival de cualquier torneo es el que marca destino, ganas, genera ansiedad y sirve como termómetro para el resto del campeonato. Y lo he vivido en carne propia: recuerdo bien que, a finales de los 80, mis amigos y yo nos inscribimos en un torneo de microfútbol bajo el nombre ‘Deportes Tículo’. En el certamen debíamos   enfrentar a un equipo patrocinado por Pizzamigo (la pizzería del barrio), y en el que participaba un personaje conocido como ‘El Mogolla’: un muchacho que jugaba más que un gato con una bola de hilo y que era reconocido en la localidad de Kennedy, en Bogotá, por ser de los juveniles más destacados del equipo Saeta, insignia del balompié capitalino.

Ese día, el del enfrentamiento, les perdimos el respeto y les empacamos siete goles. Y El Mogolla jugó; sus gambetas no nos deslumbraron y se fue medio aburrido, al terminar el encuentro. Después de la victoria, como fue nuestra constante, celebramos con tercer tiempo y merengues de Wilfrido Vargas.

A la Selección Colombia, que en justas y decorosas proporciones sería el Deportes Tículo del ‘flash back’ que acabo de generar, le toca enfrentar en el primer partido de la Copa América a la Selección Argentina, integrada por el ‘marciano’ Messi y otros diez, entre los que están el Kun Agüero; Otamendi; Di María; Tagliafico; Armani; Lo Celso; y Dybala, entre otros.  

Si nosotros le ganamos a Pizzamigo, ¿por qué Colombia no le puede ganar a Argentina? Nuestros criollos ya han demostrado que, con berraquera, pueden bailar tango en Brasil; neutralizar al ‘Mogolla gaucho’; y, por qué no, ganar el torneo…

Estos ejercicios previos entusiasman. Y yo, nuevamente, me voy a dar la oportunidad de creer en estos jugadores que, desde el 2014, nos han permitido vivir momentos de alegría vestidos de amarillo, a través del televisor. Y lo mejor de todo es que va a ser en compañía de los integrantes del glorioso ‘Tículo’, que no fue campeón pero que si ganó respeto; y que, años después, salió victorioso en un torneo de banquitas bajo el nombre de La Oficina.

Ojalá que, finalizada la cita balompédica, podamos darle la nacionalidad a Carlos Queiroz y que lo hagamos sentir como un ‘chibchombiano’ más, así como lo hicimos con Pékerman; que podamos salir a la calle 26 a recibir el trofeo del evento; y que los muchachos puedan, nuevamente, bailar salsa choke en El Campín acompañados de Linda Palma y Jorge Alfredo Vargas.

¡Ánimo, pelaos!, y suerte…  

@HernanLopezAya

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