La hoguera de las exclusiones

9 de julio del 2012

          Aprovecho la indignación que nos invade por estos días, como consecuencia de la discriminación y el atropello del que fuimos objeto las mujeres por causa de nuestro peso corporal, para sumarle a esta ola de reclamos los de otras colectividades de damas. Mujeres, que de igual manera han sido excluidas […]

          Aprovecho la indignación que nos invade por estos días, como consecuencia de la discriminación y el atropello del que fuimos objeto las mujeres por causa de nuestro peso corporal, para sumarle a esta ola de reclamos los de otras colectividades de damas. Mujeres, que de igual manera han sido excluidas por no encajar dentro de los estereotipos de la aún oscurantista sociedad del siglo XXI.

       Me refiero a las mujeres que ejercen su sexualidad de manera libre y abierta, y a quienes muchos llaman “putas” aunque no reciban dinero por la franca manifestación de su vida sexual ni su oficina sea un burdel. A las mujeres que tienen una inclinación sexual distinta a la heterosexual, a quienes aún se les llama despectivamente lesbianas, y se les mira con recelo y algo de temor. Las mujeres que han optado por vivir sin un vínculo matrimonial o una pareja conyugal, y a quienes se les relega con el antipático apelativo de solteronas. Son estas mujeres las brujas modernas, las hechiceras contemporáneas, y como sus antecesoras, un peligro para la moral y las buenas costumbres. Por eso han ido a parar a la hoguera de las exclusiones. Aunque existen otros grupos de mujeres igualmente discriminadas, sólo hablaré de estos tres para no hacer muy largo mi discurso.

       Salirse de los esquemas y paradigmas no sólo es difícil, sino peligroso, cuando uno rompe los arquetipos morales  sobre los cuales se ha construido la sociedad a través de los siglos, y se sale de lo “políticamente correcto”, corre el riesgo de ser estigmatizado y convertirse en víctima de lo que el sociólogo Stanley Cohen denominó “Pánico moral”. Por mi parte me doy el lujo de contribuir a dicho pánico con varias inmoralidades simultáneamente. Para unos soy puta, para otros solterona. Hay quienes piensan que soy lesbiana. Y todos absolutamente todos coinciden en que soy bruja.

       Para muchos soy puta porque escribo y hablo de sexo sin tabúes sin tapujos y sin censura.  Porque considero la sexualidad como una más de las funciones del cuerpo humano, lo mismo que respirar. La masturbación como  la estimulación de los órganos genitales, así como se estimula cualquier otro órgano para que no se atrofie. Porque compro más juguetes sexuales que zapatos, y porque prefiero el buen cine porno a las llorosas telenovelas de la noche. Porque tengo una gran colección de literatura erótica y mi manual de supervivencia es El erotismo, de Bataille. Ya ni siquiera hay que cobrar por los servicios sexuales prestados o trabajar en un prostíbulo para que los adalides de la moral nos asignen el honroso título de puta. Agradezco a la sociedad, que sin merecérmelo, me ha ubicado al mismo nivel de las exquisitas  Hetairas griegas.

       Para otros soy lesbiana porque cuento entre mis mejores amigas a unas estupendas mujeres homosexuales, y como si esto fuera poco, le sumo a mi amistad con las chicas gay la dicha de ser soltera o si lo quieren solterona. Es por esto que algunos empiezan a dudar de mi inclinación sexual y a decirse: si no se ha casado por algo será. De inmediato entro a la clasificación de lesbiana. Distinción ésta, que tampoco merezco, pero que acepto gustosa, porque de nuevo volvemos a la Antigua Grecia, a la hermosa e inteligente Safo y a sus bellísimas discípulas de la isla de Lesbos.

       Sin embargo, el apelativo que más me gusta es el de solterona, porque es sin duda el que la gente más disfruta insinuándomelo. Las quedaditas no tenemos, por ejemplo, “La marcha del orgullo de ser soltera”, ni bares para cuarentonas solteronas, ni organizaciones en pro de la defensa de los derechos de las que nos dejó el tren. Hacemos parte de la subcultura de la lástima y sólo podemos aspirar a vestir santos o a desvestir borrachos. A la gente le encanta llamarnos solteronas, y no solteras, porque claro, la connotación no es la misma.  En el inconsciente colectivo, una mujer soltera es una mujer joven, hermosa y feliz, que aún  tiene esperanza de conseguir marido. Sin embargo, una solterona es vieja, fea y amargada, ya quemó todos sus cartuchos. No tuvo hijos, que es para lo que las mujeres, supuestamente, fuimos creadas. Yo me declaro una solterona hermosa y dichosa.

       No nos tengan tanto miedo que no comemos niños, sólo mayores de edad. Embrujamos sí, pero con la sonrisa y una buena conversación. Enloquecemos a los hombres, pero sólo en la cama. Y matamos, pero con la mirada.

Adenda:  aunque no iba a hablar de la gordura,  porque el tema está bastante trillado, no puedo despedirme sin darle mis más sinceros agradecimientos a Alejandra Azcárate, que sacó mis gordos del oscuro y apretado mundo de la faja y los puso a circular orgullosos por todas las redes sociales. ¡Ay! del que se atreva a criticarme mis “bananos”, le echo encima a twitter y a la W.

También puede leerme en :     http://elblogdegato.blogspot.com

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