La intolerancia de los indios

19 de julio del 2012

La mayoría de nosotros está de acuerdo en que lo importante en el Cauca es que prime el diálogo entre el Gobierno y los indígenas. Aunque mucha gente no cree mucho en la conformación de las llamadas “mesas de concertación”, yo sí lo hago. Como creo que la paz es posible. Por nuestros niños. Por […]

La mayoría de nosotros está de acuerdo en que lo importante en el Cauca es que prime el diálogo entre el Gobierno y los indígenas. Aunque mucha gente no cree mucho en la conformación de las llamadas “mesas de concertación”, yo sí lo hago. Como creo que la paz es posible. Por nuestros niños. Por nuestro futuro.

El año pasado tuve la oportunidad de estar presente en algunos de estos diálogos que proponían los indígenas con gente del Gobierno en Ricaurte, Nariño. El problema en esa ocasión estaba relacionado con una carretera que el Gobierno quería trazar en un resguardo, a pesar de la reticencia de los indios. También se quejaban –¡siempre se quejan!– sobre la presencia de bases militares en lugares sagrados, como si nosotros los blancos no dejáramos que los militares acamparan en nuestras iglesias. Finalmente, planteaban la necesidad de hacer algo respecto a las minas quiebrapatas en sus territorios. Para esto último los indios querían organizaciones civiles de desminado, como si el ejército no tuviera la capacidad  y como si hubiera cometido abusos antes, cosa de seis meses o un año, lo suficiente para que cualquier persona, a menos que sea uno de estos resentiditos de piel oscura, pueda olvidar y diferenciar claramente que los soldados que vienen a desminar son distintos a los que, unos meses, unos años antes, cometieran abusos de cualquier índole: “Los otros eran manzanas podridas, señora, nosotros sí somos de los buenos, a ver, ¿dónde están las minas yo le colaboro?”

Los indios esperaban la presencia de ministros a los habían citado desde hacía varias semanas, meses, quizás, de funcionarios de la Gobernación o, por lo menos, de alguien del Gobierno central. Nadie llegó. ¡Es que Ricaurte queda muy lejos! Tanto para los funcionarios del Gobierno, que deben llegar por avión y por carretera, como para los indios, que viven a varias horas de distancia por trocha, más las varias horas por caminos alternos porque algunos de los caminos principales de sus veredas han sido minados. Minados por la guerrilla, claro… como respuesta a las patrullas del ejército que, a pesar de las múltiples peticiones de las comunidades, utilizan los mismos caminos que la población civil.

Dos días después se llevó a cabo una reunión en Pasto –un lugar más cercano para todos–, esa sí con presencia de funcionarios de la Gobernación, funcionarios de las Naciones Unidas, representantes de ONG nacionales y una funcionaria del Gobierno central. La funcionaria del Gobierno central no era un ministro. Era, más bien, una funcionaria de rango menor, algo así como el sargento García: carne de cañón. Quizás en ese momento el Presidente también estaba en San Andrés y los ministros en cualquier otro lugar, en Cúcuta, por ejemplo, ya no recuerdo.

La reunión en Pasto no era sobre los problemas de los indios. Era, simplemente, la rendición de cuentas de la Gobernación sobre aspectos relacionados con la presencia de minas antipersonal en el departamento de Nariño.

Los indios también tendrían su espacio, claro, cómo no, en ese tipo de reuniones se maneja un enfoque “diferencial” –¿no es hermosa esa palabra?–, “incluyente”, “multiétnico”. Incluso se les permitió sentarse en la misma mesa y se les dio, como a todos, unas empanaditas, almuerzo, tantos vasos de agua y tintos como quisieran.

El funcionario de la Gobernación, sonriendo siempre, simpático siempre, mostró cifras. Los de la ONU, con la diplomacia que los caracteriza, criticaron con el tacto suficiente para mostrar que no estaban de acuerdo con las cifras ni los resultados, pero sin llegar al punto de molestar a nadie. Los de las ONG nacionales, con el mismo tono y, a veces, los mismos argumentos de los grajos, dieron una perorata a la que nadie pareció prestar mayor atención. La funcionaria del Gobierno central mandó el parte de tranquilidad que saben que siempre les funciona para ganarse lo de los viáticos y el derecho a comer empanada: “Falta mucho, pero estamos mejorando”. Cuando a los indios les tocó hablar, quizás en un acto de impotencia, siguieron con el mismo sonsonete: que sus territorios estaban minados, que el cuento de la carretera, que hacía seis meses habían hablado con el Gobierno y que el Gobierno no había vuelto a aparecer, que necesitaban soluciones concretas: “Aquí se discute muy bonito, pero nosotros nos vamos a nuestros resguardos con lo mismo que hemos venido: con nada.” Es que los indios son tercos, no oyen razones.

Ante sus quejas, las respuestas de la funcionaria del Gobierno central siempre eran, con una sonrisa, claro, muy profesional ella, claro: “En realidad yo no puedo tomar esa decisión, me toca consultarlo con Bogotá.” Quizás a los indios les habría funcionado mejor traerse cientos de indios y rodear el edificio, meterle una buena arrastrada por el suelo a la funcionaria, que seguro nunca habría dejado de sonreír. Pero no lo hicieron. No esa vez, al menos.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO