La mala imagen del país

12 de febrero del 2015

En los años en que fui corresponsal de prensa extranjera en Colombia recibí algunas cartas de protesta y fui recriminado personalmente por dar fuera una “imagen negativa” del país. Recuerdo particulamente una carta que me llegó un 31 de octubre y no olvido la fecha porque ese día los periódicos traían algunas alertas a los […]

La mala imagen del país

En los años en que fui corresponsal de prensa extranjera en Colombia recibí algunas cartas de protesta y fui recriminado personalmente por dar fuera una “imagen negativa” del país. Recuerdo particulamente una carta que me llegó un 31 de octubre y no olvido la fecha porque ese día los periódicos traían algunas alertas a los padres de familia, particularmente en el Eje Cafetero, para que estuviesen atentos a la posible desaparición de niños la noche de Halloween destinados a prácticas satánicas.

Aquel día, un ataque de la guerrilla a una estación de policía había semidestruido la plaza de un pueblo al sur del país y en un barrio marginal de Cali una mujer embarazada había muerto víctima de una bala perdida. La buena noticia fue que el bebé que aquella madre llevaba en su vientre fue salvado por los médicos que la atendieron. Y yo recibía una carta pidiéndome que contara las cosas buenas que se producen en Colombia.

La gente no tiene por qué saberlo pero las cosas buenas no suelen ser noticia; a no ser de que se trate de un hecho extraordinario del tipo “honesto taxista devuelve cartera con 4.000 dólares”. A los editores y redactores jefes no les interesa mucho el lado amable de la vida, por eso países como Suiza, Noruega o Nueva Zelandia casi nunca aparecen en los medios de comunicación. Sus ciudadanos viven en comunidades en donde la existencia transcurre en medio del respeto y protegidos por estados responsables.

Puede que a muchos les repugne esta realidad pero es lo que hay. Y si Colombia produce infamias como la muerte de cuatro niños rematados de un tiro en la cabeza sus gentes deben estar preparadas para aparecer ante los ojos del mundo como un país de cafres irremediables, por más que les pese a los nacionalistas furibundos que amanecen envueltos en la bandera y a los sones del himno nacional.

Este episodio de los niños acribillados por un presunto pleito de tierras en Caquetá, tiene dos vertientes lamentables sobre las que ya ni vale la pena llamar a la reflexión porque, pasados unos días se habrá olvidado y nadie habrá sacado lecciones y los necesarios correctivos.

La primera, la iracundia tan colombiana que produce hechos de violencia tan lamentables y dolorosos como este, protagonizados por gentes siempre dispuestas a arreglar los pleitos a tiros, no importando que de por medio se vayan vidas inocentes. Y la segunda, el abandono del Estado, la incuria de la justicia y la soledad de los más desfavorecidos.

Ahora se sabe que los padres de estos niños estaban amenazados desde hace tiempo, que ya habían sufrido un atentado que quemó su casa y dejó heridas en una familiar discapacitada el pasado diciembre y que habían pedido protección a la Fiscalía y nadie les hizo caso.

Qué indignación produce, con estos antecedentes, el desgarro de vestiduras del Presidente, de la Fiscalía, de la Policía. Que se sienten los nacionalistas a esperar que la prensa internacional hable bien de Colombia por un jugador de fútbol, una reina de belleza o una cantante. Que se sienten a esperar y que se armen de paciencia.

@Juan_Restrepo_

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