La muerte de un gran estratega

26 de marzo del 2015

El nombre de Lee Kuan Yew es desconocido por la gente en Latinoamérica, no es conocido siguiera por los seguidores más o menos fieles de los medios de comunicación. Si se aclara que fue el creador del Singapur moderno se puede hacer una idea de quién se trata, pero no es hacerle suficiente justicia al […]

El nombre de Lee Kuan Yew es desconocido por la gente en Latinoamérica, no es conocido siguiera por los seguidores más o menos fieles de los medios de comunicación. Si se aclara que fue el creador del Singapur moderno se puede hacer una idea de quién se trata, pero no es hacerle suficiente justicia al personaje. El exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger dijo de él que era “el mejor estratega que he conocido”. En todo caso, su muerte supone la desaparición de un político excepcional.

La mayoría de sus conciudadanos atribuyen a su figura el asombroso desarrollo económico de Singapur, que pasó de ser un enclave colonial británico pobrísimo y sin recursos en el sureste asiático a ser uno de los mayores centros financieros del mundo. Lee condujo Singapur primero hacia la independencia y después creó un país a su medida gracias un liderazgo de más de tres décadas cuyo legado sigue vigente y sobrevivirá a su muerte.

Siempre he creído, después de vivir varios años en Asia, que lo que diferencia a aquellos países de los países occidentales es la prioridad que se da en un sitio y en otro a dos valores: la libertad individual y el bien común. Son valores primordiales que, sin embargo, no suelen ser buenos amigos. Lee Kuan Yew era el sumo sacerdote de este último y por eso en muchos países occidentales se cuestionaba su estilo autoritario. Pero ojo, no se piense que era un autoritarismo destinado a enriquecerse y practicar la corrupción como se estila en nuestros predios.

Precisamente si hay algo que deberían aprender de Lee Kuan Yew los dirigentes de un continente como el latinoamericano lastrado de corrupción desde México hasta la Patagonia, es que una sociedad solo puede funcionar si está gobernada por los mejores. Sus principios eran la meritocracia, el pragmatismo y el orden. Por eso se le acusó muchas veces de intervenir en la vida privada de los ciudadanos. “Si no lo hiciera no estaríamos hoy aquí”, solía responder.

Y al decir esto se refería a que sentó las bases para un país que actualmente lidera las calificaciones mundiales en educación, sanidad, competitividad económica y que goza de una de las tasas de criminalidad más bajas del mundo. El PIB per cápita estaba el año pasado en los 55.182 dólares, el más alto de Asia después de Catar y la región autónoma china de Macao.

Uno de los precios que la sociedad singapurense ha debido pagar es un deterioro de la libertad de prensa subordinada “a las necesidades del país”. Lee, educado en Cambridge y Harvard, era además un confuciano. De hecho la ciudad-estado de Singapur es el único país oficialmente confuciano. “Los occidentales aprecian las libertades individuales, pero mis valores como asiático de influencia cultural china, abogan por un gobierno que sea honesto, eficaz y eficiente”, declaró en cierta ocasión.

Con todas las críticas que se le puedan hacer a Lee Kuan Yew, cualquier dirigente político que piense en el bienestar de su pueblo debería aprender de él algo tan obvio como que la base de la convivencia y el progreso es la educación y que “el talento es el bien más preciado de un país”.

@Juan_Restrepo_

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