La parte cula de dios

19 de julio del 2012

Lo grave de probar la existencia de dios es que pierde su carácter divino, deja de ser un acto de fe supremo, y eso ya no es lo mismo.

El bosón de Higgs es una partícula formulada en 1964 y demostrada hace un par de semanas en el Gran Colisionador de Hadrones (LHD, por su sigla en inglés) perteneciente a la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por su sigla anterior en francés) y que fue llamada, en 1993, “La partícula maldita” por el premio Nobel de física Leon M. Lederman. Por tratarse de algo –o casi nada– tan pequeño pero con el potencial de originar algo tan grande como la vida, la editorial Dell Publishing pensó que llamarla “maldita” no era una buena idea y la llamó la “partícula de Dios” en el libro que lleva ese nombre, con el subtítulo “Si el universo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?”, y que está escrito con la co-autoría de Dick Teresi. Lo interesante es que se llegó a denominar así, tan ínfimo hallazgo –en tamaño físico, me refiero– no tanto por darle una filiación directa con el altísimo sino porque en inglés causaba menos traumas el cambio de “Goddamn particle” a “God particle” que quiere decir literalmente “la partícula Dios”, o sea una partícula a la que se le puso el nombre de Dios, y no “la partícula de Dios” como se ha traducido equivocadamente, pues en inglés sería “God’s particle” y de ser así, fijo, le hubieran puesto el apelativo de Jesús, Chucho o Cristo, a secas, aunque obviamente se trata de un juego de palabras que busca tal asociación. En fin, superada la minucia semántica, de haberse descubierto realmente a Dios –o un ínfimo pedazo de éste que lo demuestra– la vida espiritual del mundo tal y como la conocemos hoy dejará de existir.

Pensemos, por un momento, que la evidencia de su existencia ya le quita gran parte de su gracia, de su razón de ser, al Todopoderoso. Como decía Andrés Holguín: “La grandeza de Dios es, precisamente, el hecho de que reina entre los mortales sin ni siquiera existir.” Si resulta, ahora, que Dios está presente en el mismísimo bosón de Higgs, o que éste es parte de él mismo, pues los apóstoles ya no serán pescadores sino físicos cuánticos e investigadores nucleares, los colisionadores de partículas se volverán oráculos y en las primeras comuniones se regalarán linternas y microscopios. Dios dejará de ser la imposible falacia de 3 entidades en una y pasará a convertirse en la realidad de una fórmula matemática. Mejor dicho, creer en un ser, o algo, superior dejará de ser un acto de fe.

Al no haber un acto de fe supremo, las creencias menores y meramente intuitivas en la bondad, en un mejor mañana, en lo pasajero de una crisis o de un dolor muy grande, se volverán una carga; el mundo será llevadero sólo para los calculadores, los netamente racionales como los contadores públicos o los odontólogos. Apostarle a Boranda o Carramplín, en las carreras de caballos, será una decisión tomada dentro del ámbito de las leyes de posibilidades matemáticas y no porque me suena bonito, o así se llama mi perro, o de tin marín de do pingüé. No se podrá esperar nada de los albures de la vida, nos sumiremos en la cojera de una existencia justificable sólo por la razón, del amor visto como una liberación planificada de feromonas y el deseo como un desajuste del sistema límbico producido por el azúcar o alguna baja de temperatura súbita e inevitable.

Dios no es solamente dios, es también la primera metáfora, el primer acto poético de nuestros más lejanos antepasados en evolución; su certeza obligaría a la negación de todas las mitologías, a la cesación automática del “podría ser” como recurso mental, sin el cual no tiene objeto levantarse a intentar algo nuevo cada día. No se podrá, entre muchas otras cosas, pensar en príncipes azules, unicornios o dragones a cargo de cuidar castillos y princesas bellas como el alabastro; la ficción perderá su sustento. Si nos quitan a dios como posibilidad y nos lo imponen como certeza se nos cercena, de un tajo, nuestra fabulación más elocuente: el origen divino de la vida. Si de plano “no pueden ser” el Olimpo y la cueva de cristales de Supermán, por ejemplo, éstos dejarían de tener ese margen mínimo de realidad que los hace pensables bajo la fórmula del “¿Por qué no?” y posibles mientras se lee un libro o se mira una película. Nada más tremendo para la humanidad que dios fuera mensurable porque, entonces, todo tendría que serlo; nada que no fuera reducible a una cuantificación tendría, ya, credibilidad.

Creer sin mayores argumentos es lo que posibilita las relaciones humanas, es lo que permite vivir a pesar de la nimiedad que cada uno significa en comparación al universo. La creencia en dios –no en la religión– es la misma para todo el mundo: esa sensación ineludible de que no todo es en vano, de que salir a recogerle el excremento al perro, tenerle paciencia al vecino sordo, hacer doble turno para ayudar a un compañero de trabajo, detener el carro mientras un rebaño de ovejas cruza la carretera, cederle el puesto del bus al anciano, pedir perdón por una ofensa cometida, entre miles de otras cosas, son actos que de alguna manera y ante alguien, o algo con mayor entidad que la nuestra, trascienden y no se quedan en el plano de lo instrumental y mecánico, de la obligación, de lo que se hace porque vivimos en sociedad y somos buenas personas y basta. Inclusive, para los que no rezamos porque nos da risa tanta carajada, tanto “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…” dios es el símbolo de esa sindéresis y de esa dignidad que les hace falta a quienes claman ser sus representantes en la Tierra. Dios es la vara que todos queremos alcanzar sin ser juzgados en el intento y en el plano de la más incorruptible igualdad, lo que obliga a una humildad a la que casi nadie, o nadie, está dispuesto.

O sea, dios es chévere. Su parte cula son, como en todo, los intermediarios. Sólo puedo hablar de los católicos que me han tocado en suerte y su insistencia en la virginidad de la virgen, en los milagros de la santidad, en los votos de pobreza y castidad, en su obstinación por prohibir el aborto y negar la naturaleza de la homosexualidad; el apego a la estructura desigual de sus instituciones en términos de poder, género y estratificación socio-económica; y, sobre todas las cosas, su malsana interpretación de la vida de Jesús el nazareno y de los textos de sus seguidores evangelistas; su absurda –y bastante inútil– necesidad de tirarse los domingos de sus feligreses con sermones viciados sino por la pederastia, sí por la excesiva masturbación mental y/o física, preferible la segunda. Me quedo con los dioses griegos: putos, arrechos, envidiosos, rabiosos y perturbados pero por lo menos creados a imagen y semejanza nuestra y no al contrario, lo que permite imitarlos sin tanta condolencia y latigazo.

En fin, la sola pretensión de mediar por él, es ya una falta de humildad que descalifica cualquier religión, cualquier iglesia, cualquier prédica, cualquier rezo y, sobre todo, cualquier investidura; lo que no incluye al bosón de Higgs pero sí a los que quiera fundar, en un futuro cercano, la Orden Bosonita del Santísimo Colisionador o algo parecido.

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