La peor enfermedad es la pobreza

21 de julio del 2012

Mientras el país se sumerge en un bucle de corrupción en la salud, los actores del verdadero drama continúan siendo los pacientes.

Hace un tiempo, al hospital donde trabajaba llegó un niño de unos 8 años remitido desde Putumayo con un cáncer de evolución muy rápida. En su pueblo había un puesto de salud precario, atendido por un promotor que con buen criterio le aconsejó al padre que lo llevara al hospital de Mocoa para que se determinara la causa de la palidez que venía sufriendo. No lo pensó dos veces, cogió en una mano una bolsa de plástico con dos camisas, un peine, un fajo de billetes dentro de un paquete de cigarrillos y con la otra se echó el niño al hombro, y emprendió su viacrucis dejando a su mujer embarazada, con dos retoños más, en su casita con piso de tierra. De Mocoa lo enviaron a Bogotá para que fuera tratado por especialistas, en un viaje en ambulancia que duró más de 16 horas. Después de varios días de pruebas y tratamientos, el cáncer ganó la batalla y el niño murió. Tenía que regresar con el cadáver de su hijo a casa pero no había como; la ambulancia había regresado al Putumayo y no volvería a menos que tuviese otro paciente que llevar a la capital, un servicio de transporte funerario era imposible de pagar y enterrarlo en Bogotá y dejar a la madre sin la posibilidad de despedir a su primogénito, no era una opción. Mientras las enfermeras hacían miles de llamadas buscando alternativas, el cuerpecito yacía en la morgue y las horas pasaban. Finalmente, el padre desesperado y consumido por el dolor pidió que le entregaran el cadáver, lo vistió con la única muda que llevaba, lo peinó meticulosamente, cargó el cuerpo como si estuviera dormido y marchó a la terminal de transportes. Pagó dos sillas en un Expreso Bolivariano y sentó al niño lo más erguido que pudo para hacerlo pasar por vivo. No supimos más de él, pero su historia es tan solo una de miles en un país donde la peor enfermedad es la pobreza.

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