La Pesadilla de la Versión Libre

29 de agosto del 2011

Fue como una pesadilla. Como si te vieras forzado a realizar algún tipo de regresión hipnótica, retornar a algún recuerdo de tú pasado, que habías decidido olvidar. Volvía, y lo hacía con la misma vehemencia de sus tiempos mejores. Aquellos en los que fue dueño absoluto de un poder, que nunca le pareció efímero. Como […]

Fue como una pesadilla. Como si te vieras forzado a realizar algún tipo de regresión hipnótica, retornar a algún recuerdo de tú pasado, que habías decidido olvidar. Volvía, y lo hacía con la misma vehemencia de sus tiempos mejores. Aquellos en los que fue dueño absoluto de un poder, que nunca le pareció efímero. Como cuando hacía la parodia del mejor líder, en sus Concejos Comunales: lanzando ordenes a diestra y siniestra, falacias, que nunca cumpliría. Con su voz de capataz de hacienda y ese delirio persistente de mesías. Un neurótico: ávido de poder, ambicioso de tierras, lleno de mentiras, pertinente con la corrupción – ¿pero si todos lo han sido?-. Llegó, revestido con el rotulo de intocable, dispuesto a defender su cohorte de “hombres probos”, aquellos que cabalgaron a su lado, en el periodo nefasto de su administración.  

De nuevo el país –no se si entero-, se paralizo. Todos esperaban la verdad. Pero la verdad no es absoluta y de los labios del ex – presidente Uribe mucho menos. Qué esperaban de un prontuario de corrupción, escándalos, de deterioro de relaciones bilaterales, de falsas desmovilizaciones y falsos positivos, y la lista, “la olla podrida”, es todavía más grande. Esperaban verdades: si la única verdad de la que está convencido el ex – presidente, es que todo no es más que un complot en contra de su gobierno. Oírlo hablar de nuevo, con esa vocecilla a veces claudica, con la que supo llegarle a ese común denominador de personas, que hoy –vaya a saberse por qué-, lo consideran como el mejor presidente que ha tenido el país, no es otra cosa que una pesadilla. Y no una pesadilla común: como las que algunas veces tenemos cuando dormimos, esta es aun peor. Lo es, porque primero ha sucedido en el plano de la realidad, aunque sepamos de sobra que la realidad colombiana es caótica. Lo es, porque se repitió durante ocho años, y al no ser, por el escándalo de la primera reelección, aun la estuviéramos padeciendo. Ahora, la pesadilla solo es virtual, pero sigue haciendo daño.

Se sentó a rendir su versión libre. Y fue tan libre: que dijo solo lo que le quería decir, como se dice en la jerga coloquial: dijo lo que le dio la gana. Acaso alguna vez, el acusado a la hora de rendir declaratoria, se ha declarado culpable. Y si llegase a hacerlo, sobra decir que lo hace solo porque esto lo beneficia en la rebaja de la pena. Pero que Álvaro Uribe, que ha sido un magnifico contradictor de la justicia colombiana, un defensor acérrimo de la mano dura y un obstinado en su criterio político. Asuma su responsabilidad, no es para nada un escenario posible. Y hay euforia: por lo menos entre todos sus seguidores, aquellos que aun deliran con él, aquellos que tragaron entero el cuento de la seguridad democrática. Aquellos que vieron en la “mano dura, corazón grande”, el espejismo de un cambio anhelado.

Somos unos insensatos. Todos. Sin ninguna excepción: los somos por seguir creyendo en imposibles, por jugar inmisericordemente con nuestra dignidad, por no tener el más mínimo impulso hacía lo crítico. Por ese masoquismo atroz, de entregar el poder a manos equivocadas y luego, durante el periodo de las administraciones (locales, nacionales, departamentales), sufrir. Esa es la palabra correcta. Padecer un sufrimiento: viendo como las oportunidades son cada vez más escasas, como el rezago económico cada ves se hace más evidente, como el tejido social se fractura en miles de pedazos irrecuperables, como la dignidad del ser humano se arrastra, porque al final es la única manera de subsistir.

Pronto volverá a rendir versión libre. Esta vez lo hará por la “Yidispolítica”. Y de nuevo, se sentará en el banquillo de acusados. Que el se encargará de transformar en un trono, luego con su vehemencia se defenderá, hablara de la perdida de institucionalidad del Estado colombiano, por delegar estos oficios a órganos sin competencias para el caso. Él hablará de perdida de institucionalidad. Mentiroso. Si él tampoco respeto la institucionalidad. Si él fue una especie de dictador: que puso sus intereses y los de sus cómplices, por encima de los intereses del pueblo, que envilecido por él, le dio poder.

Pero esto es Colombia. Y aunque se quiera pensar que en el país, el único riesgo posible es el querer quedarse. La verdad, es que el riesgo más grande que se corre: es que por fin, la clase política, los ricos, se adueñen de una vez por todas de los restos agonizantes de esta patria, para que esta vez el desplazamiento, de los pobres, sea de una vez por todas definitivo.

 

    

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