Las derrotas de Iván Duque y EE. UU. en la OEA

3 de julio del 2019

Opinión de Amaury Núñez

Las derrotas de Iván Duque y EE. UU. en la OEA

Medellín fue sede de la 49ª Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la que las pretensiones de Iván Duque no lograron concretarse. Los dos puntos de la agenda que mayor preponderancia recibieron —tal y como fue anunciado meses atrás— era encontrar una fórmula multilateral para enfrentar la crisis económica, migratoria y de gobernabilidad en Venezuela y la represión desatada por Daniel Ortega en Nicaragua. En ambos casos, más allá de las declaraciones de intenciones y lugares comunes, no hubo puntos de encuentro.

Antes de la inauguración, y frente a la afirmación de Luis Almagro, secretario general del organismo, en respaldo al presidente Duque por haber hecho todo “por mantener la paz, por profundizar la paz con justicia”, una respuesta contundente: la del movimiento Defendamos la paz. “Entendemos que esta contradicción entre lo que se dice afuera y lo que se hace adentro puede llevar a los espectadores internacionales a conclusiones erradas”, dijeron los firmantes.

Se suman las otras derrotas que sufrió Duque. Por un lado, la aspiración de Everth Bustamante, militante del Centro Democrático, para integrar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Además de no tener los votos suficientes, fue cuestionado por el panel de expertos que previamente emite un concepto sobre los candidatos. El panel señaló que Bustamante no tenía suficientes competencias intelectuales para el cargo, ni era garantía de independencia frente al gobierno y su partido.

Por otro, la pretensión de Colombia que, junto a Chile y Paraguay, buscó reformar el sistema de defensa de los Derechos Humanos de la OEA, parte vital del sistema interamericano. Con ello se intentaba limitar el alcance de las resoluciones de ese organismo multilateral en cuanto a leyes de amnistía, investigar denuncias de desaparición forzada o tortura y ataques a la libertad de expresión donde estuviesen involucrados los Estados.

Ante la intención de reconocer al representante de Juan Guaidó ocurrieron manifestaciones de rechazo, considerables, en el seno del organismo. México presentó reserva anticipada ante cualquier acto de la Asamblea General porque considera que la acreditación del “gobierno” de Juan Guaidó es ilegal. Por su parte, Bolivia calificó de “ilegalidad hemisférica” el hecho y se reservó el derecho a reconocer las resoluciones adoptadas. Y se retiró la delegación de Uruguay de la cumbre como símbolo de rechazo a su presencia.

Pero en la audiencia de decisiones de la Asamblea General no se atrevieron —o no le dieron suficiente importancia— a temas clave, como lo son regular y dotar de garantías a los migrantes y organizar la movilidad migratoria en la región y aprobar un documento de tránsito para ellos. Mientras esa omisión sucede, países como Perú y Chile siguen obstaculizando, a través de exigir trámites imposibles de surtir por parte de los venezolanos, la movilidad de estos entre los países de la región. 

Teresa Alarcón, vocera de la Red de Salud de las Mujeres, le dijo a El Espectador que además de estos asuntos quedaron otros pendientes, como abordar las tasas más altas de feminicidios, embarazo infantil y adolescente, o las infecciones de transmisión sexual en adolescentes y jóvenes, que en la región son las más altas del mundo, y no encontraron espacio en el foro. Sucumbieron ante el intento de imponer una agenda neoconservadora para presionar al gobierno de Venezuela y en menor medida al de Nicaragua.

En la agenda internacional que ha desarrollado durante todo el año la coalición de países liderada por el Grupo de Lima, Venezuela ha sido del primer orden de la agenda. Así fue cuando, en enero, el tema se trató en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde tampoco encontró un acuerdo multilateral.

Rusia señaló que era un abuso de los Estados Unidos intentar imponer como tema un asunto interno de otra nación. Uruguay insistió en que antes debió agotarse un mecanismo de discusión regional, y abogó por un mecanismo de solución pacífica de controversias a nivel regional.

En su libro ¿Por qué somos tan parroquiales? Sandra Borda califica como introversión de la política exterior colombiana el paso de una consistente en el balance de poder que permitía contener intereses europeos y estadounidenses a todo lo contrario: asegurar, para los últimos, toda clase de ventajas. 

“En aras de convertirse en un actor mejor acomodado, menos conflictivo y, por tanto, poco notorio y casi invulnerable frente al poder de Estados Unidos, Colombia había decidido renunciar a la construcción de una política exterior propia y autónoma y, peor aún, el país decidió voluntaria y unilateralmente, limitar de manera sustancial el ejercicio de su soberanía”, señala Borda en su libro. Y agrega que la creación de la Organización de Estados Americanos fue “otro espacio de influencia de Estados Unidos sobre el hemisferio y otra forma de institucionalización de su bando en la confrontación global”.

Entre tanto, Duque prefirió centrar su atención en los asuntos internos de Venezuela y priorizarlos ante los asuntos colombianos en su intervención en el foro.

Con Almagro la OEA se ha sacrificado: en lugar de ser un actor con capacidad mediadora prefirió uno orientado por la agenda regional de Donald Trump y el Partido Republicano, aunque delegaciones como la mexicana, uruguaya y boliviana han opuesto resistencia. “La OEA es lo que los Estados quieren que sea”, decía Alberto Lleras Camargo. Sería preciso, tal vez, sugerir un cambio, un pequeño adjetivo para los Estados: unidos.

Amaury Núñez González | @AmauryNG

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