Las Flores De Mi Vida

2 de julio del 2012

Si el día de hoy me preguntaran qué es lo que sé hacer en la vida, sólo tendría una respuesta: creo que sé robar historias. No sé hacer más. De vez en cuando, una vez me las he robado, cuento con la suerte de poder escribirlas medianamente bien. Hasta hace un tiempo siempre las contaba […]

Si el día de hoy me preguntaran qué es lo que sé hacer en la vida, sólo tendría una respuesta: creo que sé robar historias. No sé hacer más. De vez en cuando, una vez me las he robado, cuento con la suerte de poder escribirlas medianamente bien. Hasta hace un tiempo siempre las contaba con un tono que viraba del placer al dolor. Placer de sentirlas mías, así no lo fueran. Y dolor por no poder contarlas de otra manera que no fuera denotando sufrimiento. Herencia de un Bukowski mal leído. Ahora estoy pasando por un período bajo de inspiración. No quiero ser ni el Bukowski criollo al estilo Efraím Medina ni el Héctor Abad Faciolince con algo qué criticar siempre. Tampoco quiero ser Coelho, mucho menos Chopra, quienes con su visión de la vida en torno a la felicidad y sus consejos sin fundamento que para ser realizados necesitan de media herencia de Bill Gates, sólo logran robarme una frase que con mil escritores he repetido, menos con Borges: “yo podría escribir mejor que ellos”. Pero como no hay un nombre para lo que hago, pasaré por la vida sin ser recordado. Sólo unos cuantos sabrán de mí. Sólo unos cuantos sabrán que existió una vez una flor que ante los ojos causaba la mejor impresión posible, pero que por dentro moría por la fetidez del agua que alimentaba su existencia. Así soy yo. Creo que me veo bien, pero el agua de donde me nutro está podrida y nadie se acerca porque no tolera el olor que emana. Una flor. Una flor que huele a mierda. Una flor que se niega a morir porque quiere ser adorno de algún hogar. Un hogar que no existe ni podrá existir. Un hogar que le es tan esquivo como la posibilidad de ser parte de un ramo más amplio. Una flor que como todas las flores de mi vida ya está podrida en su raíz. ¿Y entonces qué, John Manolesco? ¡Nada! Tan sencillo como eso.

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