De por qué las gordas usamos burkas en Latinoamérica

De por qué las gordas usamos burkas en Latinoamérica

3 de febrero del 2016

Aunque Barbie haya cambiado de cuerpo obedeciendo a la visión del siglo XXI, al parecer en Latinoamérica esa revolución no pasa de los píxeles. Soy una mujer gorda, como muchas. Y una también a la que le enseñaron a odiarse por no tener una figura que incluso la muñeca más famosa del mundo ya cambió.

Ya de por sí ser mujer en Latinoamérica es muy difícil, si hablamos de violencia de género. Pero esta también se ejerce sin golpes: la mujer que trate de destacar, así tenga una voz, inevitablemente será juzgada por su aspecto. Le pasa a Michelle Bachelet y a Valeria Mazza. Y también a las mujeres que obedecemos al fenotipo latinoamericano común , al ser objeto de burla constante y ridiculización por sus grandes caderas o su trasero. Somos miradas con doble rasero: condenan a las que no tienen “nada”, pero las que tienen todo, son catalogadas de “vulgares” en una visión asquerosamente neocolonialista. Por supuesto, el “gorda” como insulto es la fórmula más usada, porque eres bonita, pero gorda. Eres gorda y no vas a triunfar en la vida. Ser gorda es el tabú que se interpone en que seas “apta” para la sociedad.

A pesar de que exista la asociación “Stop Gordofobia” y obras tan inteligentes como “Gorda”, en la estrecha visión latinoamericana, la que lo es es un sujeto moral condenado al fracaso y al ostracismo. En la triste mentalidad masculina latina, donde el diformismo sexual es más que evidente, los hombres feos suelen ser expertos en reinas de belleza y categorizan a las mujeres por su grado de atractivo. Así sean Naomi Campbell las desecharán por tener los dientes muy grandes. Así sean mil veces más bellas que ellos, si no tienen “cuerpazo”, jamás “las tocarían con un palo”. Si una mujer no cumple con las exigencias que ellos jamás podrían reunir por sí mismos, es “desechable”.

Esto pasa en mi oficina, donde hay un sexismo rampante. Debo aclarar que vivo en México, un país machista por naturaleza, tanto como Colombia. Un par de compañeros siempre critican a las mujeres por sus cuerpos y en un paseo de finca llegó a tal punto el juzgamiento, que mis complejos pudieron más: tuve que nadar prácticamente cubierta, como la mujer de un talibán, por temor a que sus críticas despiadadas se cerniesen sobre mi cuerpo . Yo nadé en burka en una piscina latinoamericana, tan reprimida como una afgana, solo por el hecho de no ser el “ideal” restrictivo de sujetos con estrechos criterios de apreciación.

Irónicamente, donde más presumimos de libertades, es donde hay represiones más tácitas y excluyentes que un pedazo de tela. El mito de “la belleza latina” es como un yugo que ,aunque sea válido para la mujer que quiera seguirlo, para la que no, se cierne como una carga brutal que tendrá que sortear con inteligencia y  gracia en una sociedad donde la Barbie delgada será despreciada cuando esté hastiada de buscar la belleza para  agradar a alguien que quizás dista mucho de ser un Ken.

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