Las Vueltas De La Vida

26 de diciembre del 2012

El viejo Abel vivía de mal genio gran parte de las veinticuatro horas del día.

Dicen que el viejo Abel siempre ha querido a su mamá, así no lo demuestre tanto como un buen hijo debería. Lo que pasa es que desde que la vieja Maye cayó postrada en una cama él no ha podido volverla a ver a los ojos. No por ella, sino por la rabia y la impotencia que verla así se le genera, con ella, consigo mismo y tal vez con el que él jura responsable, Dios.

La vieja Maye debe tener unos 75 años. Tiene la cara llenade pecas y el pelo canoso, una combinación que la hacen ver con lastimosa apariencia, aunque siempre haya sido una mujer fuerte. Sacó adelante a sus once hijos sola, después de que el viejo Fonso la dejó por irse tras una visitadora que arribó al puerto ya hace más de 30 años con motivo de la bonanza aurífera. Desde entonces la Maye nunca se ha quejado. Ni siquiera el día que su hijo Abel la encontró postrada en el patio de la casa, supuestamente por un derrame cerebral, emitió un solo sonido de dolor. Claro está que desde ese mismo día no ha vuelto a hablar. Ya van más de seis años.

¿Para dónde vas con esa hamaca Abel? – Pues para el mismo sitio para el que me has visto salir desde hace veinte años después de almuerzo mujer. Que preguntas tan pendejas las que haces tú.

El viejo Abel vivía de mal genio gran parte de las veinticuatro horas del día. No era su culpa, era culpa de la enfermedad de su mamá, de la estupidez de su mujer y de los seis hijos que no hacían más que joderle la vida con más preguntas estúpidas y un hambre voraz que le obligaba a multiplicarse por mil todos los días en el río tratando de robarle, en un turno de ocho horas, lo que los demás hacían en dieciséis: arrancarle un punto de brillo a la profundidad del agua barrosa, o mejor, arrancarle oro al mismo río del que su papá, antes de irse con la puta y sus hermanos, antes de que su mamá cayera enferma, derivaban su sustento.

Después de partirse el lomo al sol y de no sentir las piernas por estar tanto tiempo dentro del agua, corría a su casa a almorzar, no sin antes pasar por la escuela a recoger a sus hijos hambrientos y con miles de preguntas estúpidas. Comía casi siempre pescado con patacón, que era lo único que podía obtener gratis, pues el dinero se le iba en las medicinas de su mamá y en una deuda contraída para hacerse a un lote. Lote que dicho sea de paso terminó siendo del agrado de un paraco de la región y que perdió sin poder llorarlo, pues ni siquiera pudo gritar que era suyo cuando el matón llegó a poseerlo por su cuenta.

En fin, podría decirse que la vida de Abel era bastante pesada de sobrellevar. Sólo había algo que él podía considerar su momento de gloria. Una vez terminado el almuerzo, no había nada que disfrutara más que una siesta colgado de su hamaca. Lo hacía religiosamente todos los días, sin excepción alguna. Sin importarle siquiera si el mismísimo mundo se estaba acabando, Abel se acostaba todos los días desde la una de la tarde hasta las cuatro. Lo hacía en el patio de su casa entre dos árboles que él mismo había sembrado de niño. Siempre supo que de algo le servirían. Hoy más que nunca agradecía esa tarea de biología.

Yo sé que te vas a dormir, pero es que el patio no queda yendo hacia allá. ¿Para dónde carajos es que te vas?, te lo pregunto nuevamente – Voy a dormir al patio de mi mamá. ¿Acaso es que no puedo moverme por este puto pueblo con libertad o qué, mujer? – Mira Abelino de la mierda, tú y tu mal genio se pueden ir al mismo infierno si lo quisieran, lo único que te pido es que mientras ese glorioso día llega me avises dónde coños vas a estar, por si te mueres, irte a recoger pronto, a ver si por fin se acaba este suplicio.

Abel la miró detestándola y amándola al mismo tiempo, al fin y al cabo el amor es detestable, pensó, y dando un portazo que casi acaba con las tablas que componían la humilde entrada de su casa, salió refunfuñando. Atravesó el pueblo compuesto por sesenta y cuatro viviendas, la mayoría de ellas alrededor de una cancha de fútbol, y las cuales se comunicaban entre sí por el patio.

La de su mamá daba al final de la única cuadra que tenía el pueblo, justo al borde del río. Al llegar allí tuvo la intención de salir al patio a través de la casa, pero pudo más la rabia que le albergaba y que se intensificó al recordar a su mamá postrada, que llegó hasta él dando la vuelta a la casa para no tener que contemplar una escena a la que llevaba más de 5 años sacándole el culo. Buscó dos árboles de los cuales colgar su hamaca y se dispuso a descansar. Era la una y media de la tarde y no quería ser infiel a su horario, lo único que guardaba celosamente en su vida.

Aquel día el viejo Abel pudo dormir plácidamente y decidió que desde entonces ese sería su lugar de descanso, básicamente por dos razones; estaría lejos de su mujer, sus hijos y sus preguntas estúpidas y, además, podría estar pendiente de algún grito de su mamá, ya que tenía la sensación de que la vieja Maye no viviría más allá de un par de meses.

A las cuatro de la tarde, cuando se despertó, vio que su mujer pasaba llevándole la comida a la suegra postrada.  Ella lo miró de reojo, quizás para no despertarlo con sus pensamientos, donde dicho sea de paso le deseó que ojalá no se despertara nunca. Lo que ella no supo fue que el zorro Abel le deseó que ojalá fuera ella la postrada y no su mamá, pues su mamá, aunque fuera una vieja obstinada por el abandono de su marido, era una mujer callada, prudente, que no hacía preguntas estúpidas todo el tiempo.

La mujer del Abel, aunque preguntara tanto, quizás más que sus hijos pequeños, era una santa. Se había hecho cargo de los cuidados de la suegra, bañándola, vistiéndola, haciéndole la comida y dándole los medicamentos. Lo único que no toleraba era tenerle el tabaco en la boca a la vieja todas las tardes, pero lo hacía porque era una rutina que la señora había iniciado desde el mismo día en que su marido la había abandonado por irse tras una mujer alegre. En algún momento la suegra le había dicho que en ausencia de su marido, el tabaco le brindaba la satisfacción necesaria para sobrellevar su pérdida. Por esto y solo por esto, la mujer de Abel accedía a aguantarse el olor inmundo y nauseabundo que emanaba aquel tabaco, pues no quería privar a la vieja de seguir sintiendo tal satisfacción por estar postrada en una cama.

Oye Abel, ahora que te fuiste a dormir donde tu madre, por qué no me ayudas con el baño de la tarde, el estar haciendo esa fuerza tanto tiempo me va a terminar haciendo daño – Usted bien sabe mujer que yo a mi mamá la veo el día que se muera. No quiero volver a verla, no soporto verla y creo que ella hasta piensa que yo me morí. Hace mucho tiempo que no sabe nada de mí. – No digas bobadas que yo todos los días les hablo de ustedes, de tus hermanos y de sus nietos. Cuando le hablo de ti hace un gesto que no he podido descifrar, pero que siempre me llama la atención. Justo cuando estoy hablando de ti es que me pide el tabaco. Y ya después es tanto lo que se distrae con esa joda en la boca que yo prefiero no interrumpirla. Igual, sólo me demoro un poco, pues si me quedara al tabaco completo hace rato no tendrías mujer.

Abel siguió con su vida y su vida siguió exactamente igual. Hasta el mes siguiente de haberse pasado a dormir la  siesta al patio de su madre. Desde ese día, quince minutos después de quedarse dormido, llegaba una burra, se hacía a unos pocos metros de distancia y entre mordida y mordida de yerba rebuznaba con tanta fuerza que al viejo Abel le era imposible continuar con su placentero sueño. No bastaban los gritos, las piedras y hasta el agua que tomaba del río para espantarla, tan pronto volvía a conciliar el sueño, la burra, como disfrutando de su trabajo, volvía a empezar con sus rebuznes insoportables.

A la semana de estar padeciendo a ese infeliz animal, Abel, que tenía pocos amigos, decidió contarle a Gustavo, otro de los trabajadores que, junto a él, le robaban oro al río y con el que más que una amistad, había construido una relación por la costumbre de tener que verse todos los días. De vez en cuando se cruzaban palabras, sobre todo cuando el uno o el otro necesitaba de un cigarrillo. Lo que importa es que se conocían de antaño y quizás por tal motivo, Abel sintió la confianza para comentarle lo que le venía sucediendo.

Gustavo, quisiera comentarte algo que me está pasando. Podrá sonar ridículo mi hermano, pero ya no lo soporto. Es que la verdad hasta me da pena decírtelo, pero bueno, ahí voy. Creo que me está persiguiendo una burra – ¿Una burra? ¿Cómo así? – Pues sí mi llave, como le digo, una burra. Desde que me fui a dormir al patio de mi vieja no es sino que me duerma y ahí aparece, como de la nada, ese puto animal, y rebuzna y rebuzna hasta que yo la espanto. Pero tan pronto pienso que se ha marchado, vuelve y aparece con más fuerzas, al punto que  me tengo que ir porque mi pobre vieja ahí en la casa no debe descansar con ese animal jodiéndome la vida a mí. – Ay mi viejo, pero eso sí es muy claro, eso no es una burra, eso es una bruja. Más claro no canta un gallo. Vea, la solución, igual no perdemos nada, es que usted ahora, tan pronto se vaya a dormir donde su mamá, se lleve un palo, bien fuerte, que no se le vaya a partir, y cuando ese animal aparezca, usted le salta encima y le da una paliza tal, que solo le deje las fuerzas necesarias para irse y nunca más volver. Cuando termine y la burra se haya ido, entre a cada casa de su pueblo y mire cuál de las mujeres está golpeada. A la que vea vuelta nada, es la que se la tenía montada. Mi hermano, seguro a usted le están cobrando algo. ¿Qué sea? solo usted lo sabrá, pero de que es una bruja se lo puedo jurar.

Tan pronto llegaron las 12 del medio día, hora en la que el viejo Abel terminaba su turno en el río, salió corriendo en busca de sus hijos a la escuela y al llegar a casa miró a su mujer como si le estuviera advirtiendo que la había descubierto y que le era mejor no aparecerse esa tarde con sus rebuznes. En el fondo de su corazón, si era ella, no quería hacerle daño.

Tomó uno de los palos que atravesaba su techo y que sostenía las láminas de zinc y se marchó adonde su mamá a esperar a su burra-bruja. Aunque no lograba conciliar el sueño por la excitación que lo albergaba, lentamente se fue quedando dormido y bastaron cinco minutos de placer para que, efectivamente, la burra apareciera. Casi como un sapo, de un brinco, le cayó encima al animal y empezando por los pies, no dejó un solo  milímetro de su cuerpo sin ser castigado. Cuando la burra inició casi que un vuelo al huir, iba sangrando y Abel no podía sostenerse en pie por la energía consumida en tal golpiza.

Casi arrastrándose empezó su pesquisa, casa por casa, arrancando por la suya, donde encontró a su mujer dándole de comer al menor de sus hijos. Sorprendido, fue entrando a patadas a las demás casas, preguntando por las “putas viejas brujas” que vivían en aquel pueblo. Una a una las inspeccionó todas. Cuando finalizaba su allanamiento en las casas de aquel pueblo, traía tras de sí un ejército de maridos que como si se tratase ahora él de la bruja misma, venían dispuestos a molerlo a palazos. No tuvo más remedio y casi que aun deseando morir bajo el yugo de aquellos leños, que entrar a la casa de su madre. Bastaron tres segundo para contemplarla envuelta en sangre y llena de moretones.

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