La leche de cantina en tiempos del TLC

16 de junio del 2013

Alcancé a vivir en una época en que la leche llegaba en grandes contenedores metálicos, conservando aún el calor de la ubre, y anunciada a golpe de campana por el conductor de un camión destartalado que la traía fresca desde la sabana cercana. La abuela salía envuelta en su chal con una olleta y un […]

Alcancé a vivir en una época en que la leche llegaba en grandes contenedores metálicos, conservando aún el calor de la ubre, y anunciada a golpe de campana por el conductor de un camión destartalado que la traía fresca desde la sabana cercana. La abuela salía envuelta en su chal con una olleta y un billete de 100 pesos, ése que mostraba en color rosado por un lado el rostro adusto de Nariño y por el otro la plaza de Villa de Leyva donde hoy se aglomeran los astrónomos taciturnos, y esperaba con paciencia el cambio, pues no se daba propina en aquellos tiempos al señor lechero. No existía en aquel entonces la leche de soya, o al menos no se comercializaba en nuestros países agrícolas, y de la generosa teta bovina, la leche pasaba casi directamente a la taza que esperaba conmigo en la mesa, con dos cucharadas bien medidas de Chocolisto vertidas antes de las 5 de la mañana. Afuera, el sol empezaba a asomarse sobre las montañas donde los muiscas enterraron a sus muertos en épocas pretéritas, y yo alcanzaba a quejarme de la nata que ya se había formado sobre la leche fresca antes de que llegara el taxista de bigotes mexicanos que nos llevaba a un colegio mucho más al norte donde curas ilustrados que veneraban a un santo francés nos enseñaban cosas útiles sólo después de la misa.

Desde entonces las cosas han cambiado, desde luego, y no podríamos pretender que fuera de otra manera, pues el precio que pagamos por la modernidad es la nostalgia de lo que ya no está. Y sin embargo vale la pena recordar de vez en cuando que veinte años antes de que terminara el siglo XX, aún crecíamos en ciudades semirurales donde los alimentos nos llegaban desde el campo y donde la producción nacional se valoraba por encima de los espejismos del consumismo. Tal vez no fue así para todo el mundo. Puede ser que en los barrios acomodados de Bogotá ya se desayunara entonces con los Corn Flakes comprados en Carulla. Ya me lo dirán ustedes. Yo por mi parte me considero afortunado de haber tomado leche de cantina (así se llamaban los grandes contenedores metálicos, ahora lo recuerdo). Ojalá hoy me llegara todavía la leche en un camión destartalado, para no tener que cuestionarme sobre las ventajas de la leche semientera (fat free) con respecto a la única leche que me ayudó a encarar los días colegiales de mi infancia en el frío cortante de las cinco de la mañana. Pero ya no me llega.

Toma leche

En la época de los tratados de libre comercio (Colombia acaba de suscribir uno más con Israel, ¿verdad?) muy probablemente estas nostalgias no son más que nimiedades insignificantes que no nos permiten vislumbrar las ventajas de un mercado abierto al mundo donde todo se puede comprar y todo se puede vender. Tal vez nuestro modelo de la leche de cantina no es compatible con la llegada del último iPhone a las tiendas de la zona T, o a sus contrapartes en San Andresito de la 38 (¿Todavía existe San Andresito?). Pero si bien estas ventajas construyen nuestra felicidad de hoy, y me permiten compartir esto hoy con ustedes, ¿quién nos compensa entonces moralmente por la pérdida de la nata fresca, la abuela en chal que sale por la leche y el billete rosado de 100 pesos que ya no compra ni media hogaza de pan en el negocio de la esquina? Probablemente nadie lo hará. Sólo nos tenemos mutuamente para recordarnos que fuimos felices mucho antes de Steve Jobs.

P.S. A 65 años de la creación del Estado de Israel, es hora de que las naciones europeas, y en particular los herederos del Imperio Británico, comiencen a asumir la responsabilidad histórica que les corresponde en un conflicto en el que sólo se han mostrado como mediadores y nunca como auspiciadores.

@juramaga

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