Lingüística bancaria

1 de julio del 2011

Agotados los lugares comunes por los publicistas, languidecidas las frases hechas que prometían cumplir los sueños de los ciudadanos de a pie –editados en tecnicolor y con casting extranjero-, los creativos de un banco con nombre de ciudad de tierra fría resolvieron inventarse una palabra para definir las acciones que gobiernan sus relaciones comerciales con […]

Agotados los lugares comunes por los publicistas, languidecidas las frases hechas que prometían cumplir los sueños de los ciudadanos de a pie –editados en tecnicolor y con casting extranjero-, los creativos de un banco con nombre de ciudad de tierra fría resolvieron inventarse una palabra para definir las acciones que gobiernan sus relaciones comerciales con los clientes: “banquear”. Como si no hubiera en el hermoso idioma de Castilla  suficientes palabras para definir sus intenciones.

Palabra horrorosa esta de “banquear”, que, por fortuna, como dicen los mismos publicistas, no existe en ningún diccionario. Y es que “banquear” no puede llegar a significar nada bueno, ya que suena como a obligación de permanecer en la banca sentado, impotente y sin poder participar en el juego mientras los otros, los banqueros, disfrutan de las mieles de la victoria. Saquen sus propias conclusiones.

Desde que se dijo: “errare humanun est”, son muchos los disparates que se han cometido en nombre del latín, y por extensión, en nombre del castellano. Con todo, si la intención de los creativos era buscar una palabra que hiciera más amable la cara adusta de los bancos, hubiera sido más sensato utilizar palabras parecidas, pero que sí existen en nuestro idioma. Se me ocurre, por ejemplo, barquear, que significa atravesar en barca un río o un lago. Esta palabra me sugiere una tabla de salvación. ¿Qué más podría necesitar un cliente -de un verdadero amigo- en momentos de necesidad?. También existe, pongamos por caso, la palabra bancar, que en Argentina y Uruguay significa respaldar a alguien.  Contundente. Pero al parecer tales palabras no reflejarían el querer de los bancos. De allí vino a resultar “banquear”.  Así las cosas, yo les recomiendo que más bien continúen utilizando la palabra bancarizar que, figurando en el diccionario de la academia de la lengua, refleja de manera más verosímil la actividad financiera de tales instituciones.

Espero, sin embargo, por el bien de las letras, que los bancos que ya se quedaron con los bienes de algunos “banqueados” morosos, no quieran apoderarse también del idioma. Deberían prohibirle a los banqueros, so pena de excomunión, incursionar en la lingüística. ¿Se imaginan ustedes una poética de la banca? ¡Dios nos libre!

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