¡Llévela a solo cinco mil!

8 de julio del 2018

Por Javier Giraldo Acosta.

¡Llévela a solo cinco mil!

Foto Santiago Giraldo G.

Casi al unísono, el anuncio se tomó los casi 10 kilómetros del recorrido de bienvenida a la Selección Colombia, luego de su participación en Rusia 2018.

Era la última oportunidad de una cifra desconocida de comerciantes informales que habían visto en el Mundial una oportunidad de negocio: vender accesorios relacionados con la fiebre del fútbol.

Como las cornetas, los gorros, las banderas y las camisetas con los colores patrios son elementos infaltables para quienes se reúnen a gritar alrededor de los partidos, en particular del equipo de Colombia, quienes están pendientes de “rebuscar” el dinero no desaprovechan.

La malicia indicó que la primera inversión debía ser moderada y más cuando Colombia se estrenó con un resultado adverso. Pero el concepto cambió con el desempeño en los dos siguientes partidos, que le valieron pasar a la segunda ronda en la cabeza del grupo.

Si hace cuatro años sin algunas de las estrellas el camino en el Mundial había sido más largo, existía la posibilidad de que ahora fuera mejor el desempeño y eso es proporcional a la emoción de la gente por celebrar, es decir, por comprar.

Por los horarios de los partidos ya había cursado una petición ante las autoridades para que el expendio de licor no estuviera restringido desde tempranas horas y, previamente, los vendedores de televisores organizaron planes para poner en manos de los aficionados los más modernos o lo más grandes, pero en todo caso los más caros aparatos.

Empatar ante Inglaterra y llevar a los inventores del fútbol a definir desde el punto de pena máxima volvió a calentar los ánimos y por eso el bus que transportó al equipo patrio desde el aeropuerto hasta el Estadio El Campín tuvo millones de saludos en su recorrido y en el estadio había aficionados desde seis horas antes de que llegaran los protagonistas.

En semejante ambiente, quienes tenían existencias de camisetas y otros elementos salieron a rematar, porque recuperaban algo o perdían todo, como en los penalties, pero sin recibimiento apoteósico. Esa es la ley de oferta y demanda en plena acción. Y no es necesario tener grandes títulos para entenderla, si es comerciante, pero sí hace falta saber de ella cuando estamos en la otra orilla, como compradores.

Un profesor de administración de empresas explicaba esta dinámica de precios en la llamada ley natural de oferta y demanda con la anécdota del hombre que tenía un pie de talla descomunal que encontró a un zapatero que era feliz fabricando zapatos grandes, pero infeliz por no venderlos. “¡Qué bueno que se dedica a esto! Pagaría lo que fuera por sus zapatos”, fue el saludo del hombre. “Pues podría regalárselos, porque llevo mucho sin poderlos vender”, respondió el zapatero.

Tres principios incluye la ley de oferta y demanda:

  • Si al precio “normal” la demanda excede la oferta, el precio sube. Si la oferta excede la demanda, el precio baja (lo vemos en la práctica con los precios de los productos que están en cosecha).
  • Cualquier aumento en el precio “normal” disminuye la demanda y aumenta la oferta. Si baja el precio, aumenta la demanda y disminuye la oferta (como en las promociones tipo ‘viernes negro’).
  • El precio tiende al punto en el cual la demanda iguala la oferta.

Como esto sigue vigente, a pesar de que está formulado desde el siglo XVIII, me he preguntado por qué razón quienes compramos contribuimos con ilusiones a que los precios aumenten.

Mientras escribo estas líneas estoy frente a un reconocido establecimiento de jugos en donde veo unos precios de los cuales dudo. El precio menor es 5 mil pesos y cuando miro la preparación, son frutas normales en licuadoras normales cuyo contenido vierten en vasos plásticos (normalmente contaminantes) a los que sellan con una tapa de aluminio que de inmediato rompen para poner un pitillo. ¿Qué están pagando quienes allí compran? ¿Pagan por un jugo o por ver cómo sellan un vaso y de una vez lo rompen? ¿No vale 5 mil pesos el jugo que venden en ciertas plazas de mercado en vasos de vidrio de 50 centímetros de alto?

Para la “amiga más gomela” que tengo, el precio del jugo en vaso con tapa sellada que rompen de inmediato se debe a las propiedades que promocionan con cada mezcla. ¿Esas mezclas son recetas exclusivas que nadie más podría preparar?

Por eso, me queda la duda si la participación de nosotros, como responsables de la demanda, está siendo tan pobre que permite desbordar los precios en vez de controlarlos. En especial cuando los productos no tienen un valor agregado que sea fácil de reconocer o que sea útil. ¿Por qué pagar más?

¿Por qué han crecido restaurantes en donde ni siquiera limpian el polvo porque la decoración terminó siendo basada en la naturalidad de nuestros cuartos en la adolescencia? ¿Es tan buena la comida allá? ¿O estamos pagando para decir que estuvimos en ese sitio y hacer unas cuantas fotos para subir a las redes sociales?

¿Por qué los servicios a los vehículos deben ser tan caros en los concesionarios, si al final uno conserva la idea de que no era necesario hacer todo lo que le dijeron que le cambiaron al vehículo, más cuando hace solo 5 mil kilómetros también lo había llevado a ese mismo sitio y pocas veces advierten sobre desgaste de piezas y en cambio siempre hablan de lo que ya está dañado?

¿Por qué toca pagarle a un banco para que guarde el dinero de alguien y le cobran por recuperarlo (cuota de manejo de las tarjetas débito)?

En medio de todo, hay una oportunidad: después de celebrar los días de la madre y del padre, pasan al menos dos meses para que los comerciantes tengan un nuevo motivo para invitar a que los consumidores los visiten. Por eso los mejores precios de muchos productos están entre julio y agosto, antes de empezar a hablar de amor y amistad, de disfraces y volver de nuevo a la Navidad. Entonces esta sería una buena temporada para ir a comprar lo que de verdad necesitamos. De hecho conozco a una persona que ya está comprando juguetes y otras cosas que sabe que necesitará como regalos de Navidad, pero que hoy encuentra a mejores precios.

Y un dato final: si creciera la demanda de contenidos de cultura del consumo, seguro los precios terminarían teniendo un freno. Y, seguro, los abusos, también.

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