Los Demoradores Profesionales

7 de junio del 2011

El universo no conoce la justicia. Es un concepto inventado por el hombre, artificial, ajeno a la armonía que hace vibrar todo lo que conocemos. No hay justicia cuando una estrella muere y arrastra consigo planetas enteros, albergues o no de vida. No hay justicia cuando un animal asesina a otro, cuando un insecto engaña a otro con sus colores para comérselo, o cuando una planta es pisoteada sin misericordia por un animal descuidado e inconsciente. No hay justicia cuando un átomo roba un electrón a otro, cambiando y sentando las bases de la vida misma. El universo no conoce lo que es justicia.

Y nosotros, una raza arrogante, creemos que podemos impartirla a diestra y siniestra, como si fuéramos los guardianes de algo verdaderamente fundamental como la gravedad. Pero no podríamos estar más equivocados. La justicia no existe, no es natural, no es parte de la fibra del espacio-tiempo. Y como tal, es una aberración suponer que debemos tener una rama del poder dedicada exclusivamente a defenderla, e instruir jóvenes en la aplicación y defensa de leyes inventadas, diseñadas y fabricadas por seres momentáneos e insignificantes como nosotros.

Desperdiciamos el tiempo buscando justicia para desplazados y víctimas de la violencia, cuando no son diferentes de los pájaros, insectos y mamíferos desplazados por el progreso. Si el universo fuera justo, les daría otras tierras con árboles y frutos, otro ecosistema dónde sobrevivir. Pero no. Eso no pasa. Porque la Justicia no existe en la naturaleza. Por eso es natural que los desplazados mueran de hambre en un semáforo o bajo un puente, bajo la indiferencia de todos. Como Darwin nos explica, en el mundo sobreviven los más fuertes.

Tampoco hay justicia cuando un león viola y asesina los hijos de un venado. No hay nada en la naturaleza que juzgue al león violador, que aprovechaba su posición de poder. Entonces, ¿por qué esperar justicia en el caso de los niños de Arauca? Si nadie juzga al camaleón que se camufló y escuchó la conversación de dos cigarras, ¿por qué juzgar a Bernardo Moreno, a María del Pilar Hurtado y a Álvaro Uribe? Si nadie juzga los macacos que robaron los frutos de un campesino, ¿por qué juzgar a los Nule? Si nadie suspende al perezoso por incapaz, ¿por qué juzgar a Sammy Moreno? Si nadie juzga a las orcas que juegan con los cuerpos de las focas antes de comérselas, ¿por qué juzgar a los militares de los falsos positivos?

Por eso valoro profundamente la labor que hoy en día llevan a cabo algunos mal llamados “abogados”. Deberíamos llamarlos demoradores profesionales, héroes del universo, protectores del espacio-tiempo, destructores de la arrogancia humana. Porque si la justicia es antinatural no debería llegar nunca a un fallo de culpabilidad o inocencia, lo natural sería no concluir nada. Y estos héroes de la patria han entregado su tiempo y sus vidas a demorar los procesos, a explotar falencias del sistema, a buscar las más mínimas dudas de prevaricato o falta de garantías y objetividad en la labor de jueces y fiscales, o simplemente a cambiar de abogado tantas veces como sea posible para que nunca caigamos en el error de impartir justicia. Porque como vemos hoy en el caso de Iván Moreno, de los Nule, del militar violador y asesino en Arauca o en el juicio de los alfiles del gobierno, es una aberración declarar a alguien culpable o inocente, sobre todo si es casi imposible declararlos inocentes. Lo ideal es que los procesos terminen sin veredicto, que la justicia nunca se imparta. Porque no es natural. Es una abominación. Así que me le quito el sombrero a los nuevos abogados como el heroico Jaime Araújo, que fue capaz de hablar 18 horas seguidas en la audiencia de Iván Moreno sin decir nada; o al carrusel de 8 abogados momentáneos de los militares en Arauca, porque nos protegen de la abominable arrogancia de creer que como sociedad merecemos esa fantasía que llamamos “justicia”.

Twitter: @viboramistica

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