“Disculpen señores, es que a un amigo se le quedó el saco dentro y quisiera saber si me lo pueden…”
…
No pude terminar la frase. En ese momento caí al piso producto de un fuerte empujón en mi dirección propinado a un borracho por el monumental moreno que vigilaba la entrada. La ley de Murphy en este caso me dio en la jeta por tratar de recuperar lo imposible en el nido de ratas que es la 85…
Tendida en el piso, yacía inmóvil por el dolor, el dolor de darme cuenta que la burbuja en la que cuidadosamente me habían criado en Barranquilla había explotado. Y de qué manera. Sentí que el mundo me decía BIENVENIDA A BOGOTÁ cuando postrada en el lúgubre piso, los entes erguidos alrededor me observaban en silencio, pero nadie presto a ayudar. Fue aún más fuerte ese sentimiento cuando -minutos después- al ser levantada del piso por un amigo, me di cuenta que en el golpe solté mis llaves, billetera y celular y en cuestión de segundos, mientras estaba privada, algún vivo ya me había tumbado. Para rematar la vida me terminó de cachetear cuando el bouncer no fue capaz de ayudarme, ni de pedirme perdón por lo sucedido, pues entre sus gritos y ofensas me rugió que no era su problema ya que me encontraba fuera del sitio en el que minutos antes había estado parada hablando cordialmente con los vigilantes. Esta sucesión de eventos me llevó a darme cuenta que había creído inocentemente que las devotas oraciones de protección de mi madre iban a ser suficientes para protegerme en esta ciudad.
En ese momento, con la nariz hinchada, sin llaves ni papeles, lloré…lloré inconsolable.
Llena de una naciente ira y frustración en contra del gorila de la entrada y la vida, arremetí contra la puerta del sitio que ya me habían cerrado, la pateaba fuertemente ignorando en el momento que probablemente ese hombre fue contratado por su desafiante físico más que por sus notables modales. Mientras el grueso vidrio vibraba bruscamente con cada golpe, mientras les gritaba frustraciones propias de una mujer que por primera vez le pegan y le roban en una ciudad ajena a ella, alguien me observaba.
Los oscuros ojos de esa persona pertenecían a Rosa y en su mirada no había sorpresa, más bien reflejaban la serenidad propia de la costumbre. Para una madre de tres hijos (uno de ellos en la cárcel por robo) que lleva desde el punto de vista de nuestro Presidente, varios años "empleada" como vendedora ambulante en frente de los rumbeaderos de la popular T y esperando la fría madrugada para conseguir algo de dinero para llevar a casa, este tipo de situaciones se repiten varias veces, diariamente. ¿Por qué ayudarme? –“Vea yo no soy mala persona, yo sé quién se llevó sus cosas y yo la voy a ayudar a recuperar sus papeles”-me decía entre aguardientes para mantener caliente el alma. Y mientras yo acallaba mis sollozos bajo la promesa de mirarle el puesto, Rosa se alejó y perdió en la oscuridad.
Varios minutos después, ella regresó con lo prometido, en sus manos traía mi colorida billetera morada y su interior estaba tal cual lo había dejado. Fue tal mi sorpresa que sin decirle nada, me abalancé sobre ella y la abracé como se abraza a un amigo, a un hermana. La abracé fuertemente sin ganas de dejarla ir, tratando de aprehender este momento: Rosa, una vendedora ambulante, con hijos ladrones y cuya naturaleza los hizo así según ella, ignoró la cotidianidad de un acto tan propio de este Sin City criollo, no le importó una posible represalia porque “aquí nadie me toca” y ayudó a esta costeña alicorada que lloraba por problemas tan triviales y distantes para ella.
Viernes, 10:30 pm. Mañana me llega mi nuevo celular y me adelantaron la mesada. Hoy me encuentro en mi cómoda cama bajo la vigilancia telefónica de mi madre cada hora para ver si su perniciosa hija no salió. En este momento, con la nariz morada e hinchada como único recuerdo de anoche, escribo esta “crónica” para ella, Rosa. Probablemente nunca la leerá, su único contacto con la tecnología más allá de su Nokia 1100 deben ser los smartphones que botan o roban a la gente que sale de la discoteca donde parquea su carrito todas las noches... Me pregunto qué debe ser de su vida a esta hora…posiblemente observa una pareja peleando, el primer borracho de la noche, el que cree que está fumando marihuana disimuladamente, los descuidados que hablan con sus iPhones por la calle… todo esto mientras ella se consume cajas de cigarrillos y toma aguardiente, esperando que en la madrugada venda todo y pueda ahorrar un poco más para la defensa de su hijo en la cárcel, esperando que algún estudiante de derecho que le compre algo le de su concepto sobre su situación, porque a pesar de ser “malo”, de haberla cascado en varias oportunidades, ella es su madre y lo ama de verdad.
Los héroes en Bogotá no existen
Sáb, 05/10/2013 - 01:56
“Disculpen señores, es que a un amigo se le quedó el saco dentro y quisiera saber si me lo pueden…”
…
No pude terminar la frase. En ese momento caí al piso producto de un fuerte emp
…
No pude terminar la frase. En ese momento caí al piso producto de un fuerte emp
