Y ahí, estaba él. Nuestro héroe, James Rodríguez. Ese que le devolvió la esperanza y los sueños a un país herido. Ese que nos sacó sonrisas del corazón y gritos del alma. Ese que nos regaló 6 hermosos goles después de 16 años sin que nuestro nombre apareciera si quiera en un Mundial. Ese que movió a los colombianos a sacar su bandera del baúl de los recuerdos para llevarla con orgullo, como muestra de una ilusión.
Se jalaba el cabello, lloraba, miraba al piso de la cancha, no entendía el por qué. Lo dio todo de sí, lo dio todo hasta al final del minuto 95. Por su camiseta, por su sueño, por el sueño de una nación.
Y es que tenías encima a todo un país, James. Si vos sufriste allá, no te imaginás cómo estabámos acá. Cada minuto se hizo eterno, paralizaste por completo las ciudades, aceleraste nuestro ritmo cardíaco, y nos hiciste saltar de la alegría con tu gol. Déjame decirte, que animaste hasta al más amargado y lograste contagiar de esa tal ‘fiebre amarilla’ a los que no sabíamos absolutamente nada de fútbol.
Aquí sufrimos y lloramos. Te lo juro que lo sentimos en el alma. Cuando Velasco Carballo alzó la bandera, sentimos ese vacío que te inundó de tristeza y nos dejó por unos minutos devastados, como vos.
Eso sí, celebramos hasta la derrota. Minutos después del golpe, viene la razón y junto con ella, esa seguridad que da saber que ustedes dejaron el nombre de nuestro país en alto.
Lo tuyo, es talento y del puro. Lo llevás en la sangre. Así como tu padre Wilson James y tu tío Antonio, vos sos un campeón. Aquel sueño que tenías cuando niño, se cumplió. Ese balón de plástico rojo y blanco que te regaló tu mamá Pilar, a los cuatro años, fue una premonición. En el barrio Jordán, donde aprendiste a hacer tus primeros pases, aún se acuerdan de vos.
Y quién pensaría que aquél niño fuera a ser el único capaz de arrebatarnos ese pasado oscuro de nuestro fútbol colombiano, para darnos un verdadero futuro. Un futuro prometedor, lleno alegrías y gloria para la tricolor.
Al igual que tu hija Salomé, tatuada en tu antebrazo derecho, siempre estuvimos ahí, apoyándote y creyendo en ti hasta el final. No lo olvidés James, aquí seguimos para vos.
No importa el resultado, por medio de un balón, vos, Pékerman y esos 22 hombres que te acompañaron nos demostraron que podemos ser hermanos y unirnos en un solo corazón.
En pocos años, esos mil niños que han nacido en los últimos días, y que se según la Registraduría General de la Nación, se llaman como vos, te van a homenajear y se sentirán orgullosos de llevar tu nombre y la camiseta de tu selección.
“Los hombres también lloran”, respondiste en la entrevista que diste a los medios después del partido.
Eso sí, olvidaste que vos no sos un hombre cualquiera. Para muchos de nosotros, sos un héroe, un campeón.
Nos devolviste la esperanza y las ganas de soñar con cosas grandes. Mil y mil gracias, James.
Y ahí, estaba él. Nuestro héroe, James Rodríguez. Ese que le devolvió la esperanza y los sueños a un país herido. Ese que nos sacó sonrisas del corazón y gritos del alma. Ese que nos regaló 6 hermosos goles después de 16 años sin que nuestro nombre apareciera si quiera en un Mundial. Ese que movió a los colombianos a sacar su bandera del baúl de los recuerdos para llevarla con orgullo, como muestra de una ilusión.
Se jalaba el cabello, lloraba, miraba al piso de la cancha, no entendía el por qué. Lo dio todo de sí, lo dio todo hasta al final del minuto 95. Por su camiseta, por su sueño, por el sueño de una nación.
Y es que tenías encima a todo un país, James. Si vos sufriste allá, no te imaginás cómo estabámos acá. Cada minuto se hizo eterno, paralizaste por completo las ciudades, aceleraste nuestro ritmo cardíaco, y nos hiciste saltar de la alegría con tu gol. Déjame decirte, que animaste hasta al más amargado y lograste contagiar de esa tal ‘fiebre amarilla’ a los que no sabíamos absolutamente nada de fútbol.
Aquí sufrimos y lloramos. Te lo juro que lo sentimos en el alma. Cuando Velasco Carballo alzó la bandera, sentimos ese vacío que te inundó de tristeza y nos dejó por unos minutos devastados, como vos.
Eso sí, celebramos hasta la derrota. Minutos después del golpe, viene la razón y junto con ella, esa seguridad que da saber que ustedes dejaron el nombre de nuestro país en alto.
Lo tuyo, es talento y del puro. Lo llevás en la sangre. Así como tu padre Wilson James y tu tío Antonio, vos sos un campeón. Aquel sueño que tenías cuando niño, se cumplió. Ese balón de plástico rojo y blanco que te regaló tu mamá Pilar, a los cuatro años, fue una premonición. En el barrio Jordán, donde aprendiste a hacer tus primeros pases, aún se acuerdan de vos.
Y quién pensaría que aquél niño fuera a ser el único capaz de arrebatarnos ese pasado oscuro de nuestro fútbol colombiano, para darnos un verdadero futuro. Un futuro prometedor, lleno alegrías y gloria para la tricolor.
Al igual que tu hija Salomé, tatuada en tu antebrazo derecho, siempre estuvimos ahí, apoyándote y creyendo en ti hasta el final. No lo olvidés James, aquí seguimos para vos.
No importa el resultado, por medio de un balón, vos, Pékerman y esos 22 hombres que te acompañaron nos demostraron que podemos ser hermanos y unirnos en un solo corazón.
En pocos años, esos mil niños que han nacido en los últimos días, y que se según la Registraduría General de la Nación, se llaman como vos, te van a homenajear y se sentirán orgullosos de llevar tu nombre y la camiseta de tu selección.
“Los hombres también lloran”, respondiste en la entrevista que diste a los medios después del partido.
Eso sí, olvidaste que vos no sos un hombre cualquiera. Para muchos de nosotros, sos un héroe, un campeón.
Nos devolviste la esperanza y las ganas de soñar con cosas grandes. Mil y mil gracias, James.
