Los Macheteros

27 de enero del 2013

A lo largo de la historia han sido bastante inciertos los designios de la izquierda armada latinoamericana. Inciertos en cuanto a que han sido disímiles en sus propósitos y aleatorios en sus resultados. Mientras unos buscan implantar el comunismo como sistema económico y triunfan, otros buscan la anhelada independencia que se ha refundido en quinientos […]

A lo largo de la historia han sido bastante inciertos los designios de la izquierda armada latinoamericana. Inciertos en cuanto a que han sido disímiles en sus propósitos y aleatorios en sus resultados. Mientras unos buscan implantar el comunismo como sistema económico y triunfan, otros buscan la anhelada independencia que se ha refundido en quinientos años de infortunados e intercalados colonialismos, y no lo consiguen. Y no obstante, para bien o para mal, la lucha armada ha hecho parte de nuestra historia desde que nacimos como continente, y aún hoy está en la agenda de nuestros gobiernos y en las lágrimas de nuestras familias. Vale la pena entonces reflexionar sobre casos particualares, en su contexto propio y dentro del alcance de sus propósitos. Y yo, sin intentar hacer un estudio sociológico profundo, les dejo aquí algunos pensamientos sueltos.

Dicen que a Filiberto Ojeda Ríos lo asesinaron agentes del FBI en su casa de Hormigueros, en un supuesto intento de captura para enjuiciarlo por el robo de dinero a un depósito de la Wells Fargo en 1983, veintidós años antes de su trágica muerte. No era este el único crimen que se le imputaba entonces al Ejército Popular Boricua (a.k.a. Los Macheteros), que “el comandante Filiberto” lideraba desde mediados de los años 70, cuando decidió que la única manera posible de lograr la independencia de Puerto Rico, que consideraba bajo el yugo opresor de los Estados Unidos, era por la vías de la intimidación armada. El FBI afirma que fue Ojeda Ríos, al verse rodeado, quien disparó primero, en contraposición a la versión de los vecinos y la esposa de Filiberto. Muchos dignatarios del establecimiento en Puerto Rico asistieron al funeral. El mismo gobierno de la isla se quejó de la acción federal de la que no fue informado con anticipación, pero nis siquiera esta queja oficial logró impedir que la investigación por la muerte de Ojeda Ríos fuera archivada por las cortes gringas pocos años después.

Desde entonces los Macheteros parecen haber roto sus filas, no solo militarmente, sino también en la lucha por el control de una arena política dominada por los partidos que claman ya sea la inclusión del Estado Libre Asociado de Puerto Rico como la estrella número 51 de la Unión, o la conservación del status quo, sazonado con un tinte soberanista que calme un poco las aspiraciones de los más radicales independentistas. Pero aún hoy es posible encontrar por las calles de la capital boricua a numerosos simpatizantes de la causa de los macheteros, quienes tal vez sólo esperan el momento justo para reivindicar su lucha y honrar al líder caído. Y aunque probablemente se identifican con otros grupos de la izquierda radical latinoamericana, no persiguen los mismos propósitos, ni hablan de comunismo, ni de marxismo, ni de maoismo. Hasta parecen preferir la democracia imperfecta de otros países latinoamericanos sobre su encierro electoral, en el que las leyes les vienen impuestas desde la metrópoli. Hablan sólo de independencia, de la anhelada existencia del estado libre de Puerto Rico, que pasó a manos gringas tras cuatro siglos de dominio español, sin haber conocido un sólo día de soberanía real.

De lo acertado o desacertado de usar las armas para lograr una causa política no me atreveré a opinar ahora. A estas alturas de la realidad, al fin y al cabo, parecieran todas causas perdidas, porque causas perdidas sí hay, y muchas. Parece una causa perdida el sueño independentista de los macheteros, y parece también una causa perdida la de un gobierno marxista en Bogotá. Y sin embargo, mientras en Colombia existen diálogos con un grupo armado que ya parecía haber perdido todo su capital político, lo cual parece más una concesión a su capacidad de hacer daño que un reconocimiento a la sinceridad de sus pretensiones, en Puerto Rico nadie quiere dialogar con los macheteros, pero muchos puertorriqueños guardan dentro de sí una simpatía considerable por sus ideales, o al menos así me pareció. De ser cierta, esa simpatía es el mayor triunfo de un grupo armado que tal vez está ya condenado a desaparecer, pero que se mantuvo hasta el final convencido de su lucha y fiel al palpitar de sus ideas.

@juramaga

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