Machismo alfabético

Machismo alfabético

10 de febrero del 2019

La RAE recomienda la expresión “violencia intrafamiliar o por razón de sexo” frente a la de “violencia de género”, porque la segunda implica una confusión entre sexo y género. El sexo es un atributo biológico, mientras que el género es un rasgo gramatical. Los seres vivos tienen sexo, y las palabras tienen género. Todo eso es cierto, pero no lo es menos que el género, que está inspirado en la distinción natural entre los sexos.

Por otro lado, entre las palabras hay violencia de género porque el lenguaje es machista y misógino, como la vida misma, y no es raro que los términos masculinos se ensañen con los femeninos. Podemos decir que Beethoven fue un genio de la música, pero no que Simone de Beauvoir fue una genia de las letras, porque genio, qué casualidad, es un sustantivo masculino. Si el ejemplo les parece demagógico y quizá lo sea, busquen ustedes mismos sus propios ejemplos: el diccionario y la gramática están llenos de casos de violencia de género como la realidad está llena de casos de “violencia intrafamiliar o por razón de sexo”. Todavía hoy sigue vigente la norma según la cual, cuando el adjetivo ha de concordar con varios sustantivos, tiene preferencia el masculino sobre el femenino y el femenino (menos mal) sobre el neutro. Por eso mismo acabamos de decir “el diccionario y la gramática están llenos…”, y no “el diccionario y la gramática están llenas…”. Parece que existe, pues, entre la violencia de género gramatical y la de sexo biológico una oscura y remota analogía. Así que, pese a la recomendación de la Academia, nosotros preferimos la expresión “violencia de género”, porque intuimos que, además de explicar la de sexo, la incluye.

Ayer mismo y como llovía demasiado, decidí ir al estudio y darme una vuelta por el diccionario para corroborar todo lo anterior. Entré por la “D”, atravesé: defraudar, desobedecer y me detuve un rato en depresión. Me enteré de que una depresión es una enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por una profunda tristeza, decaimiento anímico, baja autoestima, pérdida de interés por todo y disminución de las funciones psíquicas. Giré hacia mi derecha en dignificar, atravesé disertar, dividir y dirigí mis pasos a disparar. Las temperaturas en Bogotá continuaban descendiendo. Tropecé en debatir y en debilidad, que es una falta de fuerza o de resistencia, como cuando una persona está cansada o enferma, pero enseguida vi dependencia detrás de depender; consiste en la necesidad de alguien o de algo para vivir. Con las ideas confundidas, salí de allí, di un salto y me planté en la V; pasé sin detenerme por venera, venerable  y venéreo para alcanzar ventana: que es una abertura practicada a cierta altura del suelo en un muro o pared que sirve para proporcionar iluminación y ventilación en el interior de un edificio. Me asomé a la abertura; llovía sin pasión, como un perro aullando muchas horas solo en casa sin ser atendido. Una ráfaga de aire arrancó a un árbol un par de hojas que cayeron al suelo como manos inútiles, incapaces ya de acariciar o ser acariciadas. Los transeúntes las pisaron sin querer siquiera mirarlas. Abandoné  “ventana”, me di la vuelta y comencé a correr en dirección contraria. Como iba medio ciego, tropecé en: “muela” y me desplomé. La odontóloga me contó que la muela cordal, también llamada de juicio, es la que nace en la edad viril en las extremidades de las mandíbulas. Me acerqué un momento a “viril” y allí una periodoncista me remitió a varonil: que es lo perteneciente o relativo al varón. Deduje que las mujeres carecen de muela cordal. Estupefacto por esta muestra de machismo alfabético, abandoné el diccionario por la palabra: túmido, básicamente quiere decir que está muy hinchado, hice transferencia a túnel y salí por la “N” de mi enciclopedia favorita. Caí directamente en necrópolis, que significa cementerio. Llovía. Busqué tu tumba y también la mía. Pero aún no habíamos muerto.

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